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Prof. Alberto Vaccaro |
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Mi último libro se titula:
“Reflexiones en la Cueva de Pan de Azúcar”. Fue presentado en 2008.
EL LIBRO "Tu
hijo, mi alumno" es reciente. En los próximos años será también cargado en
Internet. Por ahora se puede conseguir en librerías de Piriápolis, Pan de
Azúcar, Maldonado y San Carlos.
En imágenes,
una de las presentaciones realizadas. En este caso, en el CEI, con el auspicio
de la Junta Departamental, y en el marco de los festejos de los 250 años de la
Ciudad de San Fernando de Maldonado.
El grupo
"Apostamos por la Poesía", ampliado, realizó la parte artística de la
presentación, en los cuatro escenarios utilizados hasta el momento. (Liceo
Alvaro Figueredo, Casa de la Cultura de Pan de Azúcar, Casa de la Cultura de
Gregorio Aznárez y CEI).
"Tu
hijo, Mi Alumno" se refiere a la experiencia de 26 años de docencia y
trato con los jóvenes


El Cerro
desde cada Esquina, mi primer
libro, es un compendio de crónicas sobre la realidad de Pan de Azúcar al año
1994. Muchas cosas planteadas en él ya se han corregido, otras no.

El Telón
Azul del Cielo es un libro de introducción a la Astronomía. La tapa de la
primera edición fue diseñada por mí. Es un arco, un pórtico, que deja ver al
fondo el Cerro Pan de Azúcar, con su Cruz, y por ercima la constelación de la
Cruz del Sur.-

Para la
segunda edición de "El Telón Azul del Cielo", hubo que hacer varias
correcciones. De paso, se cambió la tapa, que fue diseñada por un especialista.
Alude a la constelación de Orión, con las famisas "Tres Marías".-
El libro
procura llegar a todo lector con un texto simple y accesible, sin descuidar lo
emocional.-

"En los Rieles del Tiempo" incluye varias "historias"
de Pan de Azúcar (NO la historia de Pan de Azúcar, sino algunos relatos).

EN LOS RIELES DEL TIEMPO
(AGOTADO EN LIBRERÍAS)
ÍNDICE
El Pan de
Azúcar que guardo en el alma
Mi último
libro se llama “Reflexiones en la Cueva de Pan de Pan de Azúcar”. Aún está a la
venta. Pronto colocaré algunas referencias.
Un tren imaginario corre por los rieles del
tiempo y toca sólo algunas estaciones. Así me siento como hurgador de ayeres.
Miro el cerro, escucho el ruido de motores
veloces que me hablan del presente, busco referencias del pasado en mi memoria,
o evoco el recuerdo colectivo de mis mayores.
Entonces los años se presentan como postales vivas
pobladas de personajes irrepetibles, de lugares cambiantes, de modas breves, de
sueños que murieron con la gente.
Son, quizás, postales sueltas y desordenadas, más
que la prolija cronología que no persigo. Yo busco abrir ventanas, retroceder
relojes, rescatar algunas de las raíces de mi pueblo.
Si recorro todas las calles, pasaré un mínimo de
dos veces por cada esquina. Las historias se cruzan como las calles y a veces
de modo más intrincado. Por eso, en este camino que va y viene por las
coordenadas del tiempo, algunas caras se repiten... y me entusiasman esas
coincidencias que aparecen sin querer.
Esta no es la historia de Pan de Azúcar: Es apenas
una sencilla contribución, un aporte más, que se suma a lo ya escrito, para
darle una justa batalla al olvido.
Hoy quiero retroceder en el tiempo. Despojo al
paisaje de su actual diseño humano y veo esta colina de mi pueblo, las
mismas piedras, el mismo cerro, el arroyo, las serranías... El rumor de las
olas se escucha detrás del cerro en medio del profundo silencio. Suena leve el
aleteo de los pájaros y florece la vida silvestre entre pastos altos, chircas y
coronillas.
Quiero ver el mundo más allá de esta cara tierra...
y pienso en los sumerios, Creta, Troya. Aquí, un puma acecha a su presa en la
espesura y nada tiene prisa. Pienso en el Egipto faraónico. Ignorantes de tanto
verde virgen, miles de esclavos levantan una pirámide más. El Nilo divide el
árido desierto y lo alimenta. En estas praderas, un venado salta ramas y corre
por su vida. Intuyo los poemas homéricos, los profetas hebreos, Esparta, las
Olimpíadas griegas. En las ramas de un ombú parece dormir un jaguar mientras el
arroyo limpio musicaliza el monte. Nace Roma con destino de glorias. En Grecia
Tales de Mileto piensa. Pitágoras dibuja triángulos en la arena. Confucio
medita allá en China. Pericles domina en la democracia de Atenas. En este
lugar la loma exhibe piedras gastadas y pasto ralo, y sólo cada tanto, pasan
hombres silenciosos con sus familias, buscando un campamento provisorio. Las
mujeres arman chozas con palos y ramas y los hombres cazan y pescan. Alguna
fruta se les ofrece en la arboleda y el agua es clara.
Lejos, el mundo corre. Guerras. Invasiones. Luchas
de poder. Sócrates es condenado a muerte. Platón, Aristóteles y conceptos que
se arrastrarán por siglos. Julio César gobierna Roma y reforma el calendario.
Marco Antonio y Cleopatra mueren en Egipto. Jesús de Nazaret es crucificado...
Pero nada trasciende en esta colina, que simplemente vive su libertad en
permanente paleolítico.
La Edad Media sumerge al mundo en oscuridad y la
luz asoma en el Renacimiento. Hasta aquí, nada afecta al paisaje que adivino en
el ayer. Colón convence a la Reina Isabel y tiende un puente de carabelas
por el océano, para que un mundo se derrame sobre el otro con su sino de
adelantos y flaquezas.
Entonces sí, todo cambia. Mientras en Italia
Leonardo Da Vinci pinta la Gioconda, españoles y portugueses se adueñan de
estas tierras.
Al principio eran caballos que galopaban sobre
campo virgen, tirando de aquella diligencia que se hamacaba en el terreno
desparejo. Buscaba zonas bajas del arroyo para cruzar con cuidado y se detenía.
Abrevaban los animales en la orilla recién revuelta y barrosa mientras los
pasajeros hacían una pausa impostergable. Las ruedas fueron marcando un camino
y la ruta tuvo sus paréntesis más organizados en las Postas. Pan de Azúcar tuvo
razones para nacer.
Había pasado mucho tiempo desde que el amerindio
deambulara libre las costas del Plata. Pasaron épocas de dominio extranjero y
llegó la Independencia. Artigas murió en Paraguay (1850). La "Triple
Alianza" que integraron Brasil, Argentina y Uruguay vencía en la guerra
con Paraguay (1865 - 1868). El 6 abril de 1872 finalizó la "Guerra de
Aparicio", que comenzó el 5 de marzo de 1870 cuando el coronel Timoteo
Aparicio invadió el país al frente de un grupo de revolucionarios. En 1873
Montevideo vivió el fantasma de la fiebre amarilla. El Presidente de la
República Oriental del Uruguay era el Dr. José E. Ellauri, destacado por su
escrupuloso manejo de los dineros públicos y su afán de tutelar los derechos de
los ciudadanos. Pese a que no tuvo suficiente energía como para neutralizar las
efervescentes pasiones políticas, su gobierno regresó al país a la vida
civilizada y de progreso. En 1873 se fundaron Sayago, La Paz y Sarandí Grande.
En 1874, Nuevo Berlín, Porvenir, 25 de Mayo y Pan de Azúcar.
Había llegado el año 1874, y desde tiempo antes,
hubo pobladores en la zona. El Mundo no se detenía. En España Alfonso XII, hijo
de Isabel II, fue proclamado Rey. El General Grant presidía los Estados Unidos
de Norteamérica. Chile y Argentina firmaron su tratado de límites. Acá cerca,
Joaquín C. Márquez compraba los terrenos y encomendaba a Félix de Lizarza el
fraccionamiento que transformaría la colina en pueblo. El Canal de Suez tenía
cinco años, la Cruz Roja Internacional diez.
El nacimiento oficial de Pan de Azúcar ocurría en
épocas políticamente difíciles, y el año 74 terminó con una fallida
intentona de alzamiento del coronel Máximo Pérez. En enero del 75 hubo
incidentes en la elección de Alcalde Ordinario de Montevideo (con funciones de
Juez Letrado) y del primer día del año se suspendió para el 10. La nueva
fecha no fue mejor y los tumultos terminaron con catorce muertos y más de
ochenta heridos. El 15 de enero un motín militar derrocó al Presidente Ellauri
y dio el mando a Pedro Varela. Las revoluciones no cesaron y la crisis
financiera se hizo tan aguda que se recuerda al 75 como "año
terrible". Finalmente, el coronel Latorre asumió el gobierno como dictador.
En ese entorno, Pan de Azúcar daba sus primeros
pasos. Los habitantes del pueblo carecían, además, de muchas comodidades que el
tiempo fue trayendo. La energía eléctrica llegó recién en 1919 y desaparecieron
los "faroleros". La gente de entonces recuera a Milano (italiano, de
profesión hojalatero) y a Aparicio Beovídez (un hombre mayor, alto y
canoso), personajes que llegaban entre dos luces a la plaza y a las esquinas
con la escalera al hombro para encender los faroles del alumbrado público, que
funcionaban a gas de queroseno. En 1874 Alexander Graham Bell experimentaba, y
construyó el primer prototipo de teléfono en 1875. En Pan de Azúcar la primera
línea telefónica se habilitó allá por 1925 en el comercio de un vecino de
apellido Zabala. El agua se repartía en latas rebosantes puerta a puerta, hasta
que entre los años 1928 y 1930 "Aguas Corrientes" comenzó a instalar
su servicio. El tanque se pensaba instalar cerca del cementerio como punto más
alto del pueblo, o en la zona donde hoy está el hospital, por la proximidad a
pozos surgentes. Finalmente se colocó en la Plaza, donde estaba la bomba
pública.
Más que imaginar el paisaje de ranchos pobres y
casas coloniales, trato de pensar en una época sin radio ni televisión, y sin
diarios (que sólo podrían llegar con varios días de atraso). Los primeros
intentos radiotelefónicos se emprendieron en Uruguay allá por 1921. El acceso a
la información era difícil y las noticias se conocían, con suerte, mucho tiempo
después. No había automóviles. En 1874 había experimentos en Francia, Alemania
e Inglaterra con motores de combustión interna, y la producción en serie de
vehículos con esa propulsión data de las cercanías del 1900. El tren recién
pasó en 1910. Las diligencias siguieron pasando hasta 1911.
No existían tampoco los aviones. Casualmente en
1874 se estrelló y murió el belga Vincent De Groof, tripulando un experimento
aéreo de propulsión a fuerza de músculo humano.
Pan de Azúcar fue declarado "Pueblo
Oficial" el 20 de abril de 1887. El 25 de mayo del mismo año la Junta
Económica Administrativa de Maldonado (órgano que precedió a la Junta
Departamental) creó la primera Comisión Auxiliar de Pan de Azúcar (antecesora
de la Junta Local). La Iglesia, que era al principio sólo una capilla, fue
consagrada el 18 de febrero de 1877 por el Cura Pedro Podestá.
Me instalo en el año de la fundación de Pan de
Azúcar, y veo el cerro sin cruz. Pocas casas en la comarca. Ovejas y algunas
vacas en los campos y plantíos pobres. Muchas personas acabaron su vida sin ir
a la escuela ni comprender demasiado un mundo distante de cuya existencia algo
escucharon. Para algunos que jamás viajaron siquiera a otros pueblos, el mundo
conocido terminaba en los límites de su rancho, un trozo de campo, un boliche
de campaña y algunos relatos.
1874. Los pobladores que ya tenían estas tierras y
otros que llegaron, mayoritariamente desde San Carlos, fueron los primeros
habitantes de Pan de Azúcar.
Imagino días de trabajo, noches largas y
silenciosas, mate y pan casero, carne ovina, algún paseíto dominguero, una caña
en el boliche, algunos cuentos coloridos, fiestas de tabas y acordeonas no muy
frecuentes y la tranquila vida familiar. Veo el caballo atado del palenque, la
pava en el fogón, y el Sol anunciándose por Oriente.
Sin prisa y sin pausa ha transcurrido el tiempo. El
pueblo ha cambiado desde aquel 1874. Mi abuelo nació treinta y un años después,
yo ochenta y cuatro. Los años que no viví se entreveran e intento descifrarlos,
los alejo del olvido, porque el presente es la piedra más alta de una pirámide
en permanente construcción que sólo se sostiene sobre las piedras anteriores.
El Pan de Azúcar que guardo en el alma...
Hay algunos recuerdos de mi ciudad, que los
foráneos quizás nos entiendan y los mayores tal vez consideren demasiado
recientes. Pan de Azúcar tenía otro color, seguramente por el cristal más joven
de mis ojos.
El Colegio San José, los futbolitos de Zacarías,
los ómnibus de Rimpax y Copap, la parada edn la Junta Local con una bolsita de
mandarinas. Los partidos de fútbol sobre pedregullo en el patio de abajo o
sobre baldosas en el de arriba. El agujero en el codo de la túnica... las
bolitas contra el portón de lata, las hamacas y el tobogán.
Recuerdo a la hermana Blanca en Jardinera:
hacía bailar a Pinocho si nos portábamos bien... y aquel primer día de clase
entre lágrimas y soledad, salvada por mi prima Laura, que estaba en 4° año.
Allí están, edn la memoria, tantos compañeros, las
monjas, los recreos. Tampoco olvidé mi primera bicicleta, pequeñita y con
ruedas de apoyo que mi padre quitó cuando cumplí tres años.
Recuerdo con lujo de detalles el día que nació mi
hermana, algunos juguetes, los autos que arreglaba mi padre en el taller; los
paszeos en bicicleta por el barrio "La Viviana" y los campitos que
trillábamos detrás de la pelota.
Aquella imagen es un sentimiento: el cerro dibujado
en la ventana, el almacén del Nene, la Tota, la fábrica Mar y Sierra, el
puente, y los jinetes arreando vacas para el abasto y la feria del cuatro.
A todo pedal, curva a la derecha, la casa de los
Núñez, los Sosa a la izquierda, una cuneta que atravesaba la calle, el almacén
del Tocho, Hernández y Suárez; Elisa allá abajo donde después rellenaron para
la fábrica, Elena, los González, los Marrero y Maristela, Juanita, la Sociedad
los Amigos, los Techera, los Alvarez, los Márquez. Wilder y Néstor, Beltyrán,
Amanda con su paraguas por sombrilla, Clavero, Castro y Groposso, El Chiche, la
cañada, Roque, los Alvira, Evergista y Tomás, Lucía, Iris y Violeta, y Salomé,
la uva, Celia y mi amigo Wilson.
El Colombes y los emocionantes domingos de mañana.
El Profesor Rebello en el Albion y la iglesia del Padre Isabelino Pérez.
La fábrica de baldosas, Ortusar y la radio
"valijita" de plástico, Hilario y el Chiche Cuadrado caídos en
cualquier esquina. Y la "vieja de la Mancha" con un carrito redondo
de lata.
Así era Pan de Azúcar. El Quiosco de Sureda en la
plaza, tapizado de rervistas y claveles, el almacén de Eguren, el minimercado
de Molina, la farmacia de Menafra, la papelería de Amengual, la mueblería de
Montes de Oca y las bolitas en lo de Parodi. El cine, la tienda Quintela, y una
fuente en el centro de la plaza.
Los hermosos desfiles cívico militares en los que
participábamos todos, una poesía de memoria en el púlpito de madera, y las
bocinas de Solvox-Radio repitiendo a destiempo las estrofas del himno.
La peluquería del Portugués, la empresa del
"flaco" Villalba Etchenique, Ricardito Sánchez en el Bar Avenida.
El liceo en la calle Ituzaingó y un salón en el
garage de enfrente. La Onda, primero en Rincón y Olivera, después en Lizarza,
desplazando al almacén de Eguren.
El fotógrafo Antonio Martínez, el odontólogo Becco,
el Escribano Pí, el Dr. Accinelli, el Escribano Romero. Aquel viejo hospital y
la "gota de leche". El Maestro Chino de túnica blanca. La zapatería
de Clavero, el salón de Moyano, y la escuelita Maternal pegado a lo de Surroca.
Me acuerdo de la Tienda Leoncio, la Carnicería del
Clota y la de Martirena... y un muro alto junto al Banco Pan de Azúcar.
Me parece ver el taxi de Carmelo, los carteles de
Piringo, el viejo Quinche, al Indio Miguel y al "bobito" con una
bolsa llena de pan.
La camioneta de la Panadería Bonet, el Bedford de
Eguren con un perrito sobre el tanque, la cachila amarilla de
"Fachola" Seippa, los autos de Fontes y "el Japón" Luzardo,
los perros del Comisario Ferreiro y los pozos que invariablemente tenía la
Avenida Batlle a pocos metros de la Ford.
Allí están en la memoria, la Casa de los Regalos
del "Fígaro" Sosa, las clases de acordeón en lo de Mabel Falvo en el
Barrio Estación.
Uranga me llevaba a ver el tren en su Renault
chiquito, igual al del "Chino" Figueredo.El Juez Piegas y el almacén
Toledo de Don Bruno, la cuarta división de Pan de Azúcar y la reserva de La
Estación.
Me acuerdo del Albion en épocas de esplendor, con
Gustavito Núñez como presidente. Los hermanos Suárez, especialmente Luis que
jugaba bien a todo. El Pato Freire, el gordo Marrero en el arco, Ciro Quijano y
tantos otros.
Rotary de Don Washington Quintela y las reuniones
de Interact. Las exposiciones de la Escuela Industrial y la plaza irrepetible
del año 74, cuando celebramos el Centenario.
La zapatería de Rocha, el comercio de Alonso,
Bercan y Cancela con su Mehari cargada de heladeras. Gustavo Núñez padre y el
Inmenso París Londres. La barraca del Varón Cuadrado , la gomería de Arturo
Rocha, las Fiat 500 de Grille y la Tota Tuvi, la pequeña Toyota de Quirque y
Adán Pedroso en la puerta del Liceo.
Recuerdo la automotora de Mansilla, las Bedford de
Ferrés y Rebello, el Simca de Piringo Bonilla, y su Zanelita celeste, los
camiones de mi tío Juan, la gomería Pemar, el "cachilo-camioneta" y
cada veh´piculo que tuvo mi padre.
La vía que cruzaba antes del puente, un grupo
musican que integraban entre otros los hermanos Buzó, el Studebaker verde de
Manuel García y los camiones Thames de la Igam.
El Comercio de Hugo Díaz en Rincón y Rivera, Griman
y el club del Frente Amplio en Ituzaingó y Rivera. El Bar y Agencia de ómnibus
de Robertito Blois y aquellos "recibos" bailables del Centro
Progreso.
Tengo presente los partidos en la cancha de Fontes,
donde una vez jugaron Abaddie, Ghiggia, William Martínez, Maidana y otras
glorias en el "Alvaro Gestido", equipo de veteranos.
El correo en Rincón y Rivera, la joyería de
Velázquez, el Banco de Previsión donde está el Semanario Zona Oeste. La
Valenciana donde está la Casa de las Telas, "La Escoba" de León en la
esquina de Artigas y Rivera. Las canchitas de baby fútbol en la Plaza de
Deportes, frente a la escuela Industrial y cerca de la escuela 78.
La estación de AFE y el bar de al lado, que tuvo
Ferrés, el quiosco de Faccelli, Pedro Castellanos gerente del Banco Pan de
Azúcar y Emilio Falvo trabajando en la estación.
Artemio Pérez repartía leche en una Gilera
50; mi abuelo iba todos los días al centro en su motoneta Iso, y mi abuela en
una Malanca. Mi madre iba a dar clases en la Escuela Industrial en un Fido, y
en verano yo trabajaba con mi padre en el taller.
El cerro no tenía antena; el telégrafo estaba en
Leonardo Olivera casi Rincón y la central telefónica en Lizarza casi Ituzaingó.
Cerca de mi casa armaban las camionetas Marina y Serrana, autos Ford Taunus...
después Mar y Sierra se transformó en Fiat, más tarde en Nórdex y por último
Nortel.
Una vez visité el Molino Schiavonne y varias veces
la carpintería de Montes de Oca. El cine era un paseo casi obligado. En mi
barrio el único que tenía televisor era "el Tocho" y allí nos
reuníamos cada seis de enero para ver el desfile de los Reyes Magos.
Me acuerdo de la Cancha de Bochas, de la herrería
de Sucías, el almacén de Baliña, la bicicletería de Melo y El Fortín del Prof.
Figueredo. La fábrica de pastas de González, el Centro Comercial frente al
nuevo edificio de Antel, Rosita, que vivía al lado del Colegio y colaboraba en
los festivales de fin de cursos.
Conservo en mi memoria una postal del Liceo cuando
rendimos examen de ingreso los que veníamos del Colegio: Baldo Director,
Irigoyen, Doris, Cecilia, Sonia, Adán Pedroso y aquel patio de piedra
despareja.
También aquella imagen: largos bancos de madera
azul y una ventana de salón, donde golpeábamos figuritas con la mano ahuecada,
en el querido San José.. Aquel salón al fondo del patio, donde una noche de fin
de cursos me maquillaron para vestirme de holandés con seda roja; Stella, mi
siempre compañera de baile, Jesús y los demás.
Quinche hablando de Pinki en las mesas redondas de
lata, en la vereda del Bar Avenida. Fonseca repartiendo telegramas, Presa
hablando solo, el Taxi de Lazo. Avila llevando agua en su carro de madrea
tirado por un caballo, la bicicleta de media carrera de Heriberto en la que yo
pedaleaba por dentro del cuadro; las esperas en lo de Razquín.
Las muelas que me sacó Becco y el club en su garage
cuando ganó Gestido. Me acuerdo de muchos perros que quise de verdad. El
gallinero de mi abuelo y Minero, aquel espléndido caballo.
Un discurso de Agustín Cuadrado y un acto de
Michelini. Las bolitas que me regaló Pedro en una bolsita de tela. La Shell de
Antonio Calo y la plaza de Beltrán. La ruta 9 pasaba frente a mi casa; los
asados en el taller, el camión de Bártola y la casa de Andrés...
Son pocos años, pero son mi vida. Postales que
no se borran, cosas y gente que ya no están, pero no se olvidan... y de algún
modo, siguen poblando las calles de mi Pueblo.
(Durante
cierto tiempo -años 1999/2000- el Bar Avenida estuvo cerrado. Quizá el futuro
nos lo devuelva, pero el lector sabrá valorar que estas palabras fueron
escritas con la tinta triste emanada de un panteón de nostalgias en el centro
de mi pueblo)
...................................................................................
La
esquina llora, oscura y solitaria. No es el Bar, que cerró sus puertas... Es el
Pueblo, que apagó su luz, cerró el álbum de añejas memorias y se durmió sin
tiempo en la telaraña gris.
Esquina o mojón del Centro, guarda valiosos recuerdos de cada nativo del
Pueblo. Los Mayores me hablan del “Café de Mereja” y de tantas anécdotas de
tiempos que no viví.
En mi alma está esa esquina rutilante vestida de emociones un sábado de
noche, o mesas de lata pintadas de rocío un lunes temprano, en aquellas mañanas
de mi infancia.
Ricardito Sánchez en la caja. Carmelo o Sención, leyendo un diario
prestado, en las largas pausas que les daba el taxi. Amigos conversando entre
el vapor del café y el humo del cigarrillo. Aquel tablado de carnaval. La
máquina pasa discos en el rincón. Los espejos. Las clases libres del Liceo.
Las Pizzas y el fainá de mis primeras salidas de sábados a la noche, y el
café de los domingos con mi padre y sus amigos.
La ONDA paraba 15 minutos y decenas de pedidos
hacían correr a los mozos, agitaban las puertas de los
baños y como por arte de magia, las sillas quedaban vacías y
las mesas pobladas de pocillos de café, botellas de refrescos, y platillos con
servilletas arrugadas.
El viejo Quinche. Muchachones conversando en la vereda y alguna pareja
absorta en sus temas, es un cuadro más, del añorado paisaje.
Algunas mesas juntas para la barra de amigos que va para el baile.
¡Tantos recuerdos!
Oscuro y silencioso, el fantasma de tiempos idos contagia su
angustia a la calle, que no es la misma. A la esquina, que no reconozco, a la
Ciudad que sufre su ausencia de luces y reuniones.
Mucho más que un comercio cerrado en el corazón de mi pueblo. Es parte de
su historia. Parte nuestra, de todos quienes apretamos los ojos y nos vemos en
el amplio salón.
A Pan de Azúcar le falta algo, a mí me falta algo, El Bar Avenida
está cerrado, frío, oscuro, vidrios pintados para ocultar su agonía, y en la
esquina dormida yacen historias que amamos todos... y se nota mucho...
demasiado.
Antes, no hace mucho, mis amigos y yo nos
encontrábamos a jugar a la pelota en cualquier baldío. ¡Fueron tantos...! Yo
recuerdo varios en La Viviana (mi barrio): en Los Amigos, pegado a la casa de
los Suárez, en lo de Hernández, en la Feria del 4, en las calles de Mar y
Sierra (después Fiat, Nórdex y Nortel), en mi casa, en lo de Alvarez, en el
Abasto.
Pero fue recorriendo campitos que conocí la Ciudad
y su gente: Frente al Hospital, donde está la casa del Dr. Ruiz; detrás del
Albion, en la Estación de Afe, frente a la Escuela 78, frente a la UTU, un
baldío donde hoy está el B 24, el campo de los Denis... por mencionar sólo los
más concurridos. Pero hubo más.
Dios los
creó para echar a correr las almas niñas detrás de la pelota. Les dio colorido
de estadio en tarde de clásico, aunque los ajenos sólo vean un baldío de pasto
gastado.
Pequeños paraísos sin razas ni dinero, templos de
igualdad. Dios los hizo para combatir toda discriminación. Les puso entusiasmo
de tribunas repletas y de finales del Mundo. Abolió el egoísmo y puso
semillitas de amistad en cada partido. Derramó magia y alegría en cada gol
irrepetible.
Entonces, los chicos de toda edad, aprendimos a ser
solidarios, a respetar a los rivales, a competir con lealtad.
Sí, ya sé... A veces el diablo metió la cola en
alguna rencilla que no duró más de unos minutos, en algún agujero en la túnica,
en alguna rabona. Pero Dios compensó esos pecados y algunos hematomas, con el
cansancio más lindo de la vida.
Yo sé que Dios los creó y me guió por muchos de
ellos... campitos de fútbol, para regalarme un racimo incontable de amigos.
Allí, sin más requisito que ir llegando, jugábamos todos. Heber Pinto gritaba
en mi garganta y no era yo, era Spencer, Abaddíe, Rocha... Morena. No importa
si jugaba mal, si otros eran mejores o peores. Regían otros valores. Dios me
llevó a conocerlos e incorporarlos para siempre.
A veces los padres no comprendían. “¿Para qué
vas, a cansarte? ¿Viste, ese raspón, ese golpe? Perdiendo tiempo... en vez de
estudiar.” A veces era cierto, exagerábamos. Pero qué linda escuela de la
vida fueron los campitos, ¡Cuánto les debo! Estoy seguro: Dios los hizo.
Esta historia es diferente. La escena transcurre en el Parque Zorrilla, entre
la sombra de los árboles y el arroyo. Yo lo vi...
Escucho el canto del agua, que corre clara arroyo
abajo, oigo a las ramas susurrando secretos con el viento... y percibo la
sombra del indio en las orillas añejas.
Entonces no sé, si el silencio del bosque es
silencio, simple murmullo de hojas, de vida silvestre; o es un compendio de
voces dormidas en el lecho del tiempo.
Incolora, desteñida tal vez, la sombra del indio
reposa, agachada junto al fogón que arde en otro tiempo, junto al arco que
arroja saetas al olvido, allí donde la lanza clava siglos sin historia.
El Indio está allí, mudo, apenas una sombra etérea
entre las sombras vivas, donde los suyos buscan esplendores idos en su tierra
despojada. Sabiduría milenaria de escasas huellas, fuego modesto convertido en
cenizas que nada dicen del ayer.
Lo veo, robusto y viejo, caminando el bosque, sin
esperanzas. Sin los hijos que eternicen su existencia. Sin clamores, sin amor,
sin presente, una sombra difusa, aquí, allá, en todos lados, paso lento,
sigiloso... Se esconde de la luz que lo acusa ausente, y el paisaje se le
pierde en dimensiones imposibles.
Sombra, sólo
sombra que nadie ve, en la ribera del arroyo, en los brillos del agua, en cada
piedra, en mis ojos, más adentro de mis ojos...
Era Pan de Azúcar de mi infancia. Bocinas colgadas
de la columna de palo propalaban la voz de Villegas promocionando los comercios
de la Ciudad. Era una radio con información y publicidad, pero con alcance sólo
para quienes vivían en la zona o caminaban por la acera más concurrida del
"centro". La idea de Pablo Silva, "El Apagón" había sido
incorporada a las tranquilas costumbres pueblerinas.
El recuerdo está nítido entre los primeros de mi
Pan de Azúcar, mis caminatas al Colegio, y especialmente los actos patrios que
por entonces eran una verdadera fiesta popular. ¡Qué lindas las calles, niños
de túnica, jóvenes de uniforme liceal, y la gente con escarapelas en la solapa
de obligados trajes! Allí, en Félix de Lizarza entre Ituzaingó y Artigas,
estaba el comercio (ramo electricidad) de Pablo Silva, y estacionada su Fordson
rural. Era además el "estudio" de Solvox.
La historia comenzó mucho antes, allá por 1952 o
1953. Pablo Silva se asoció con Juan Carlos Fontes, un técnico de San Carlos,
para lanzar el novedoso proyecto. Cuatro bocinas en una base de madera, montada
en una torre, precedieron al famoso "palo", que era más alto.
Se procuraba dar el mayor alcance posible a la
programación que según relatos, se escuchaba desde km. 110.
El primer locutor fue Wilson Pimienta, que con unos
quince años de edad, anunciaba los boleros de la tarde con tono romántico y
fragmentos de poesías. Las jovencitas, sensibilizadas por la propuesta poético
- musical, hacían solicitudes de temas en las oficinas de Solvox Radio.
París Londres, Peluquería La Rochense de Mario
Suárez, La Casa de los Regalos de Sosa, eran algunos de los tantos comercios de
aquella época que apoyaban el esfuerzo y promocionaban sus ventas.
Wilson Pimienta, siempre fue locutor de diferentes
maneras hasta que obtuvo su título de rematador. Incluso como tal, condujo
siempre el remate con arte de animador y gran conocimiento de la sicología del
cliente. Excelente imitador y narrador de historias de personajes típicos del
pueblo, siempre fue ameno eje de reuniones de amigos. Después de dejar el
Sólvox Radio, apenas en la mayoría de edad, inició un emprendimiento particular
asociado con Gustavo Bonilla. Montaban parlantes en columnas de la cancha de
fútbol y trasmitían desde la "cabina" instalada en una Studebaker
furgón. Musicalizaba bailes con Nilo Píccolo. Más tarde, Pimienta fue
contratado por el Banco Pan de Azúcar para una campaña publicitaria que tocó
casi todas las plazas céntricas del país. Iban en una Fordson primero, en
una Chevrolet 51 después, mostrando una película documental filmada en la costa
desde Solís hasta el Chuy, relatada por Emilio Bacotti, para promocionar
alquileres de inmuebles administrados por el Banco.
Vuelvo al Sólvox Radio.Después de Wilson Pimienta
estuvieron San Cono, Ruiz, Villegas... Allá por 1966 ingresó Walter
González, más conocido entre los vecinos como "El Pájaro Loco" o
simplemente "El Pájaro".
Cuenta Walter que en su infancia escuchaba
atentamente al locutor y soñaba con ese trabajo, repitiendo los textos...
Un día, Walter, con sólo nueve años,
concurrió a la base de transmisión y encaró a Villegas: "a mí me
gustaría hacer esto" a lo que el hombre respondió: "lo que
pasa es que tú todavía tienes voz para hacer avisos de galletitas, cuando
crezcas y cambies la voz, vas a ver que puedes hacer este trabajo".
Y lo hizo. Operador y locutor disfrutaba
irradiando los goles de uruguay en Maracaná en la voz de Solé cada 16 de junio
(en un disco LP de 78 revoluciones), informando y entonando los
"avisos" comerciales.
En 1970 nació WS Publicidad (Walter y Susana) y
Walter, que sentía gran inclinación por la radio y había actuado desde 1966, en
épocas de estudiante, como corresponsal de CW 51 Radio Maldonado, dejó el
soñado empleo. Era tiempo de independizarse. Solvox Radio continuó sin él un
año más, con la locución de De León. Por la mañana funcionaba la red de
parlantes de WS y por la tarde "el palo" de Silva. En 1971 WS compró
los equipos y material que incluía discos y cintas de Solvox Radio, que
quedaba así en el recuerdo. La transmisión (que se originaba siempre desde el
taller electrónico de Francisco Bonilla 731) se escuchaba en red de parlantes
en horario matutino, y por el viejo "palo" en las tardes. Esto
originó un nuevo apodo para "El Pájaro": "El gusano",
porque tenía (p...) a toda la manzana. La red de parlantes funcionó hasta 1979.
Todavía se conserva en el taller de WS el transmisor de Solvox (un viejo
amplificador a válvulas), la totalidad de los discos y grabaciones dignas de un
valioso museo.
WS realizaba también publicidad callejera en una
Fordson equipada con dos parlantes de madera y un tocadiscos a batería
incorporado al amplificador. Había que conducir con cuidado y lentamente, para
que no "saltara" el brazo. Después llegó la nueva tecnología y se
pasaba música de fondo con cintas mientras el texto se leía en vivo una y otra
vez.
Historia. Todo es historia. También lo que apenas
recién sucedió. Juzgará el lector si ha pasado mucho o poco tiempo. Pero en mi
memoria suena todavía la cuarteta de bocinas en el palo alto, con música, con
publicidad, con noticias... con la imagen de aquel Pan de Azúcar de mis años
niños y las voces inconfundibles, que suenan en algún lugar inmaterial y
eterno, con la probada potencia de "SOLVOX Radio".
Una vez le pedí datos para escribir
su historia, quizás un libro sobre su vida. Me dijo que no. Que me daba los
datos, si quería, para escribir sobre el Pan de Azúcar de su infancia y
juventud.
Cumpliré mi promesa. El libro no es exclusivamente
sobre Juan Angel Pereira. Además, parte importante de la historia fue publicada
por mi madre en su libro "Tiempo de Recuerdos". Pero creo sin temor a
equivocarme, que el relato que sigue es ilustrativo de épocas remotas de la
Ciudad y su entorno. Tardé algunos años en tomar coraje para escuchar las
grabaciones y en leer apuntes de una libreta que dejó a su única hija.
Yo nunca lo conocí de uniforme. Cuando nací ya se
había retirado al lugar en el que me crié: Gallinero para venta de aves y
huevos, quinta, un caballo que se llamó Minero, un par de vacas y terneros, una
motoneta, y un pasar tranquilo.
Recuerdo sus madrugadas de invierno, ordeñando
vacas sobre el pasto blanco por la helada. Después, el balde sobre el aljibe, y
un jarro de leche al hervidor para su segundo desayuno (el primero era el mate)
y también para el mío.
Más tarde era hora de juntar huevos y alimentar a
las gallinas, carpir un poco la tierra, y vestirse, para subir a la motoneta y
marchar al centro. Regresaba cargado de ración, el diario y algunas otras
compras, y la correspondencia que levantaba en la comisaría.
Su casi exagerada e impaciente puntualidad, su
rectitud a toda prueba, fueron ejemplos permanentes de mi abuelo... Una de las
personas más importantes de mi vida.
El cariño por el nieto traspasaba nítidamente su
gesto pretendidamente duro. Yo cruzaba de noche a su casa a mirar televisión,
le pedía un "codo" de pan criollo (guardado en una lata de yerba
Armiño) y me dormía apoyando la cabeza contra su hombro.
Cuando crecí, comencé a escuchar historias de aquel
comisario severo que "enderezó" al pueblo en épocas difíciles. En su
ropero había un uniforme completo con dos gorras... ¡una!, porque la otra me la
regaló para jugar a los policías. Le preguntaba por aquellas fantásticas
aventuras que me contaban, y él asentía, pero no solía agregar demasiados condimentos
al asunto. Siempre me hablaba de la responsabilidad, del celo en el servicio,
de la honradez, de la disciplina.
Pero yo quería saber más.
Mi abuelo tenía 53 años cuando yo nací, y tuve la
gran fortuna de tenerlo durante 38 años.
Juan Angel Pereira Serrón nació el 23 de octubre de
1905, a las dos de la tarde, en la campaña de la 3ª. Sección, veinte
kilómetros al norte de la Ciudad, en las costas del arroyo Pan de Azúcar.
Primogénito de una familia con 14 hijos, siete varones y siete mujeres, tuvo que
hacerse grande muy temprano. Sus padres tenían una pequeña posesión agro
ganadera donde se producía para satisfacer las exigencias imprescindibles de la
vida, como alimentos y vestimenta. Comenzó a cabalgar (idea de su padre)
a los dos años, atado del recado, y desde los tres años de edad, por su cuenta,
dominando el caballo con relativa facilidad. Tenía cinco años y cuatro meses
cuando comenzó a asistir, como alumno fundador, a la escuela de Calera del Rey,
a unas quince cuadras de la casa paterna.
Como era la primera escuela de ese paraje,
ingresaron a primaria entre los más de cuarenta alumnos de ambos sexos, jóvenes
de hasta 17 años. Juan Angel, el más pequeño por edad y físico, cursó
hasta tercer año rural (todo lo que ofrecía el pequeño centro educativo) pero
siguió asistiendo hasta 1918 para completar su formación, ya que otros niveles
de estudio eran inaccesibles, a más de cincuenta kilómetros de distancia
y mucho más allá de las posibilidades económicas de la familia. Como buen
lector, era elegido por los maestros para leer en voz alta a la clase, y los
vecinos organizaban veladas en las que escuchaban novelas, revistas o
diarios, que cayeran en las manos de aquel niño.
Después realizaba tareas en casas de vecinos por
una pobre remuneración. Eso le permitía cubrir sus gastos de ropa y aprender
trabajos de campo. Ayudante de albañil, "agarrador" de lanares,
esquila con tijeras de mano. Desde los quince hasta los diecisiete años fue
peón en la estancia de Froilán Nieves Siete meses trabajó en un comercio
de Minas, un tiempo más integrando una cuadrilla de esquiladores... y por fin,
en 1922 recibió la citación del Comisario de la 3ª Sección.
¿Fue la carrera policial lo más importante de su
vida? Sólo estuvo en servicio activo 31 años de una existencia de 91. Pero pese
al retiro, nunca dejó de ser Comisario. Comenzó como Guardia Civil en las
funciones de ayudante de Escribiente y telefonista. Supo elegir los consejos
buenos, y ante la falta de bibliotecas donde obtener libros, mejoró su
formación leyendo cuanto escrito figurara en los archivos de la comisaría.
Desde 1923 le fueron asignadas más responsabilidades. Montando a caballo,
recorrió la campaña realizando tres censos de cosecha de maíz chacra por
chacra, uno de marcas y señales, otro de vecindad. El éxito de estas
tareas fue clave para futuras promociones.
Actuó un tiempo más en la seccional 3ª, en tareas
de oficina y en giras por la campaña. Era elegido por el Comisario, que
no era de la zona, para que lo guiara en recorridas por la sección. En
febrero de 1925, el Poder Ejecutivo creó la Seccional 11ª (Piriápolis) con un
territorio que abarcaba parte de la 3ª y parte de la 5ª. El personal designado
era, por orden jerárquico, un Comisario, un Escribiente, un sub - Oficial y
tres Guardias Civiles. Desde la inauguración, el 1º de Marzo de 1925, Juan
Angel Pereira era el Escribiente, pero además, por ser el segundo en grado,
actuaba como sub Comisario y reemplazaba al Comisario cuando estaba ausente.
Tenía diecinueve años y era, desde ese momento, Oficial de Policía.
La nueva responsabilidad exigía conocimientos que
él consideraba que no tenía. Como no ganaba suficiente como para comprar
libros, consiguió varios en préstamo y los estudió. Tenía muy buena memoria.
Así aprendió códigos y copió a mano la constitución de la República de 1919, la
que conservó el resto de su vida.
Su facilidad para asimilar lo que escuchaba o le
enseñaban, para aprender de las personas con las que conversaba, le permitieron
progresar rápidamente.
Cuando todavía no había sido nombrado Escribiente
en la Seccional 11ª, Juan Angel Pereira conoció personalmente a Don Francisco
Piria. Antes de crearse la Comisaría de Piriápolis, toda la zona
pertenecía a la Seccional 3ª. Desde 1922 hasta 1929 realizó frecuentes visitas
a las obras en construcción de murallones (el Puerto ya estaba hecho y recibía
al Vapor de la Carrera). La Rambla estaba construida pero la deshizo un
temporal en Julio de 1924. Contaba mi abuelo que la gran mayoría de los obreros
eran inmigrantes post Primera Guerra Mundial. Arribaban al Puerto de Montevideo
y desde allí en tren a Piriápolis. Un peón común ganaba en esa época un peso
por día, y Piria pagaba un peso con veinte centésimos. Los salarios se abonaban
en la actual Quebrada del Castillo. El Castillo, levantado en 1897, fue la
primera construcción de Piria en la zona, pero en la época de este relato
el fundador de Piriápolis era ya viudo y vivía en Montevideo, desde donde venía
de vez en cuando. Pereira (que tenía por aquel tiempo veinte años) recordaba
a Piria como un hombre de unos ochenta años, de físico menudo, baja
estatura, sombrero de ala dura, muy dicharachero y ya sin bigotes. Incluso
recordaba una anécdota, una vez que en el Hotel Piriápolis una presuntuosa
turista, buscando conversación, le preguntó: "Diga, Don Francisco,
Usted que ha viajado tanto...¿Cuál es la forma más barata de llegar a Asunción
del Paraguay?" A lo que Piria respondió: "métase en un sobre y
paga cinco centésimos".
Por esos años el Hotel Argentino tenía construido
el segundo piso, y se trabajaba en el tercero.
Para viajar de Piriápolis a Pan de Azúcar en esa
época se utilizaba el "Trencito de Piria", con sus vagones abiertos.
La ruta 37 no existía. Había un camino asfaltado desde Piriápolis hasta cerca
de Zanja del Encanto, pero la salida de Pan de Azúcar era por donde hoy está el
Abasto Municipal de Carne. El Guarda del trencito era Francisco Sanui y la
estación estaba en la Sub Prefectura aunque las vías seguían hasta el Puerto.
Juan Angel Pereira estuvo en la 11ª hasta octubre
de 1929, más de cuatro años y medio. Desde allí pasó a la 6ª Sección, José
Ignacio, donde permaneció dieciséis meses.
Estando en la 6ª ocurrió un hecho que le hizo muy
conocido y reconocido para nuevas promociones. El Inspector de Policía, recién
llegado a la Jefatura de Maldonado, debió realizar en esa comisaría un Sumario
Administrativo y solicitó un Escribiente. El Escribiente era exactamente eso:
anotaba a mano toda la documentación, con pluma y tinta, porque no había
máquinas de escribir. El recomendado para el trabajo fue Juan Angel Pereira,
considerado idóneo en la materia.
La exigente labor llevaba ocho o diez horas diarias
de rápida y prolija caligrafía, pero fue cumplida tan bien, que en adelante fue
llamado para hacer la misma labor en todo el departamento. Seis sumarios en
poco más de un año.
Luego se agregó la tarea departamental de pago de
sueldos mensuales, en los que elaboraba el acta. Prestó servicios en la
seccional 5ª (Las Flores), durante tres meses. El 15 de marzo de 1931 pasó a la
2ª (San Carlos) donde actuó hasta el 6 de febrero de 1936. En diciembre de 1934
fue ascendido a Sub Comisario Rural. Había sido ya Escribiente rural y urbano,
salteó el grado de Oficial Inspector y pasó a Sub Comisario Rural. Desde allí
fue trasladado a Punta del Este con el cargo de Sub Comisario Urbano. Pasó casi
siete años en la Seccional 10ª, donde cosechó muchas amistades, entre ellas la
de personas importantes que veraneaban en Punta del Este, como el Dr. Pedro
Berro (Diputado, Senador, Ministro del Interior y figura relevante del Partido
Nacional); el Dr. Juan José de Amézaga (más tarde Presidente de la República);
Don Tomás Berreta (Presidente de la República).
El 1º de Noviembre de 1942 fue designado Comisario
Rural en la Seccional 4ª hasta el 1º de Noviembre de 1943, cuando se hizo cargo
como Comisario Urbano, de la Seccional 3ª (Pan de Azúcar). Ese fue su último
destino en la Policía, ya que diez años después, el 15 de Octubre de 1953, pasó
a Retiro voluntario.
Como dije al comienzo, esta entrega tiene como
objetivo central esbozar historias de Pan de Azúcar. Mi abuelo es parte de esa
historia, pero además, sus relatos son el puente por el que arribo a una época
que mi edad no me permitió conocer.
En 1922, cuando recién había ingresado a la Policía,
el Juez de Paz era Don Germán Rodríguez Gerona, que ocupaba el cargo por
política. En realidad la tarea la cumplía uno de sus hijos, y el magistrado se
limitaba a firmar.
El Comisario era Luis Rodríguez Salaya, a punto de
jubilarse. No tenía gran instrucción, pero su experiencia le daba la
habilidad necesaria para desenvolverse en la función. Incluso mi abuelo
lo recordaba como un buen consejero.
La Junta Local se llamaba "Concejo" y
tenía un Secretario, un ayudante (Pablo Colistro), un Comisario de Salubridad
(Bonilla) y unos muy escasos peones.
El pueblo era muy pequeño. La calle Lizarza
arrancaba en Sarandí, pero no había casas en esa zona. El Cementerio estaba en
su actual emplazamiento, pero se llegaba por un camino de tierra marcado entre
pinos. Todas las calles eran de tierra. Los vehículos se empantanaban frente a
la Plaza. Lizarza, Lavalleja, Rivera, Bonilla, Ituzaingó, Rincón, Piedras,
Leonardo Olivera, eran las principales vías de tránsito. Existía ya en esa
época la casa que más tarde fue del Escribano Pí, padre del Dr. Haroldo Pí. Los
prostíbulos estaban en Lizarza y Goicoechea, y el parque Zorrilla no existía,
era simplemente un campo virgen donde concurrían las lavanderas y gente que
tenía animales en pastoreo.
La principal cancha de fútbol era la de Fontes,
pero había otras. En el Barrio Estación existía un local de feria de ganado,
aproximadamente en el ángulo que forman Oribe y Devizenzi, hacia el Sur.
El tren ya pasaba rumbo a San Carlos, quizás desde
1911 o 1912. En 1920 pasó por Pan de Azúcar hacia San Carlos Don José Batlle y
Ordóñez, para un gran acto.
El Molino Cordone era una importante fuente
laboral. El Barrio Belvedere ("del Peligro") era un conjunto de
ranchitos. Tío Fernando que repartía agua, fue el padre de Quintín Díaz Bonilla
("el poeta de esta Villa"). Quintín andaba con un balde de cal, y por
unas pocas monedas, iba casa por casa ofreciendo "blanquear" alguna
habitación. Además, escribía un diario a mano, que dejaba en el Bar Avenida
para que lo viera la gente. El dueño del Bar Avenida era Mario Rodríguez
Peláez. Unas dos mil personas vivían en la entonces Villa, contando los barrios
más alejados.
Dieciocho años más tarde, al regresar a Pan de
Azúcar como Comisario, el Pueblo había cambiado bastante. Calles asfaltadas, no
muchas más personas, pero sí nuevos problemas. Incidentes y desórdenes con
participación de mayores y menores, eran cosa corriente en bares y
comercios. Eran frecuentes las reyertas entre ebrios y patotas de escandalosos,
pero quizás los mayores problemas estuvieron en el fútbol. Equipos de otras
ciudades se negaban a venir, porque si no ganaban los locales, la golpiza era
segura.
Esa fue la causa principal del traslado de Juan
Angel Pereira a la 3ª Sección, pero además, el desarrollo de los hechos
posteriores y la actuación del Comisario, abrieron toda una leyenda que como
tal, tenía la base de casos reales con el aditivo de exageraciones. El relato
popular tiende a redondear historias con anécdotas de novela, gustoso
condimento para la charla.
Yo crecí escuchando cuentos de esas aventuras del
policía severo y guapo, represor y autoritario, que apuraba a su caballo
por el límite de la cancha para impedir el ingreso de los espectadores.
Algo de cierto había. Una vez en San Carlos, donde
concurrí junto a muchos otros estudiantes de Pan de Azúcar a cursar 6º año
liceal (opción físico - matemática) un profesor, leyendo mi nombre completo, me
dijo... "¿Vaccaro Pereira?" "Sí," respondí. "¿Es
usted familiar del Comisario Juan Angel Pereira?" - siguió preguntando
- "Es mi abuelo" dije orgulloso. Imaginé que era un amigo de
mi abuelo, lo que seguramente me traería una relación más familiar con el
Docente. Pero no fue así. Inmediatamente me contó: "Hace muchos años
fui a un partido de fútbol en Pan de Azúcar, y tras un incidente, varias
personas fueron detenidas. Su abuelo me tuvo en un calabozo algunas
horas."
Yo escuchaba y le preguntaba después: "Tata...
¿Es verdad que cuando eras Comisario de Pan de Azúcar...?" y él se
acomodaba en la silla y me decía: "Bueno, la gente le agrega cosas y a
veces exagera, pero sí, pasó más o menos así" Negó siempre que una vez
haya ingresado (como me contaron) a un bar montado en su tordillo, para
disolver una timba. Pero lo del fútbol era cierto. Los relatos de mi abuelo
coincidían con los del pueblo.
El Comisario se apostaba en una esquina y
permanecía vigilante hasta que algún fanático osaba ingresar a la cancha. A
veces la multitud pisaba la línea lateral y el "Comadreja" y su
jinete, como un centauro, arrancaban a correr marcando el límite entre lo
permitido y lo prohibido. El fiel caballo mostraba los dientes como para morder
y el guardián amenazaba con su sable. Más de una vez, rodeado de inamistosos
hinchas, expuesto a golpes desde los trescientos sesenta grados del entorno, se
defendió dando "planchazos" a diestra y siniestra. Después la
comisaría se poblaba de detenidos y en la puerta insistentes
"abogados" reclamaban libertad para sus compinches. Poca suerte
tenían, porque además de no lograr sacar a nadie del calabozo, solían
transformarse en nuevos detenidos.
En la Villa había varios hombres difíciles,
pendencieros porque sí, o envalentonados por licores. Mi abuelo me los nombró
muchas veces, pero la identidad no viene al caso... eran de esas personas que
recordaba, años después del retiro, como buena gente, pero un poco conflictivos
al comienzo. Con la mayoría de ellos logró buenas relaciones con el paso
del tiempo.
Quienes me hablan de aquella época, se refieren al
Comisario Pereira con mucho respeto. "Era bravo" me comentan,
pero nunca lo tildaron de injusto.
Mi abuelo me contaba que al llegar y tomar
conocimiento de la situación, impartió órdenes al personal a su cargo, pero con
poco éxito. Tuvo entonces que imponer su autoridad y velar personalmente por el
cumplimiento de las directivas.
La rigurosidad con la que se propuso combatir la
presencia de menores de edad en lugares no aptos y todo tipo de desorden,
generó cierto tipo de resistencia. Intentaron agredirlo físicamente, y con
amenazas, pero nada de eso podía torcer la dirección que había tomado. No
faltaron enfrentamientos violentos, calabozo por 24 horas, pases a la Justicia
y procesamientos.
Algunos vecinos de la Villa se solidarizaban con los
detenidos e ignoraban al Comisario, al que ni siquiera saludaban. Firme, y de
decisiones rápidas, comenzó a dominar la situación dentro de la propia
Comisaría y en la comunidad. Pero eso le llevó no menos de tres años de
constante lucha, sin que existieran noches que no terminaran con varios
revoltosos detenidos, ni partido de fútbol que no acabara con decenas de
conducidos a la Seccional.
Un rol relevante cumplió "Comadreja", su
tordillo, ya mencionado líneas atrás. El fantástico caballo perteneció a don
Juan Francisco García, un amigo de la familia que había sido compañero de
infancia del padre del Comisario Pereira. Comadreja tenía ya trece años de edad
y su rendimiento en las carreras había bajado, por lo que sería retirado de las
pistas. García le ofreció enviárselo, y así lo hizo.
Nervioso como cualquier parejero sólo dedicado a
correr, se ponía muy inquieto en presencia de numeroso público. El trato
cuidadoso y amable del nuevo amo, logró una excelente relación entre
jinete y corcel. Comenzó a reconocer la voz del dueño y obedecía sin necesidad
de utilizar el freno; era inteligente y aportaba su colaboración de una manera
tan efectiva como espectacular. Comadreja acompañó al Comisario los últimos
ocho años de su carrera y murió de un ataque al corazón, en la caballeriza de
la Seccional, tres meses antes de que el protagonista de esta historia se
retirara de la Policía activa.
Pero volvamos a los primeros tiempos del Comisario
Juan Angel Pereira al frente de la 3ª Sección. Dos procedimientos de represión
de desórdenes ocurrieron casi seguidos. Uno de ellos fue con un señor dueño de
un bar, vecino antiguo de la zona, que tenía la costumbre de emborracharse y
promover mayúsculos escándalos que incluían agredir a quienes quisieran
pararlo. No vaciló en atropellar con su auto a funcionarios policiales. Estuvo
varias veces detenido pero siempre por poco tiempo, pues cuando se le iban los
"humos" del alcohol, se le perdonaba. Lógico era que chocara con
Pereira. Al primer intento de acercamiento, el individuo tomó a golpes de puño
al Comisario, pero este último, que no solía achicarse, lo detuvo de todos
modos y lo pasó a la Justicia. Fue enviado a la cárcel. Al salir de prisión,
era un hombre distinto, totalmente curado. Dejó de beber y fue una persona de trabajo
y buen vecino que a esa altura, tenía unos cuarenta años de edad.
El otro caso parecido, fue un procedimiento con un
señor de iniciales C. G. El hombre alcoholizado agredió en la calle al
Comisario, y la lucha cuerpo a cuerpo terminó con el revoltoso procesado y
preso. Al salir de la cárcel, reunió a su familia y dejó Pan de Azúcar para
radicarse definitivamente en la ciudad de Maldonado.
El Comisario intentaba cumplir con su misión de
poner la Villa en orden. Se abocó entonces a uno de los problemas que a su
juicio eran más perjudiciales para la salud de la sociedad: los menores en
lugares y horarios inconvenientes. Hizo cumplir estrictamente las disposiciones
del Código del Niño y se encargó de controlar que los funcionarios a su cargo
pusieran el mayor celo y dedicación en ese camino. Poco tiempo después, ya no
se veía a adolescentes en bares y otros lugares nocturnos o de juego y era
incluso difícil ver niños jugando a las bolitas en las calles... se las quitaba
como castigo para ponerlos a salvo del peligro del tránsito. Si los menores
fumaban, les quitaba los cigarrillos y recién los dejaba ir después de un buen
sermón. Pero uno de los motivos más notorios de su esfuerzo, fueron los juegos
prohibidos, es decir, las timbas.
Recorrió entonces las calles, tugurios, boliches de
campaña, solo o acompañado, en una lucha frontal y sin concesiones. Salía a
cualquier hora de la noche y madrugada a pié o montado en su tordillo. Nunca
logró erradicarlas, pero dejaron de ser pasatiempos casi permitidos que se
practicaban sin disimulos por doquier. Recordaba años después, haber
realizado dieciséis procedimientos con detención de muchos apostadores ilegales
en zonas urbanas y rurales. Cuentan que incluso familiares directos estuvieron
a punto de caer en sus redadas, que se prolongaron hasta el día mismo de su
retiro.
Pan de Azúcar vio permanentemente a su comisario
uniformado, salvo en oportunidad de alguna misión que requería discreción. Las
únicas pausas de cierta distracción eran las partidas de ajedrez que compartía
con el Juez López y el Ingeniero Peluffo, entre otros compañeros de un momento
social. Un comisario que en once años de funciones al frente de la seccional 3ª
no tomó licencia, era un azote permanente dentro de la comisaría y para los
revoltosos e incorrectos de toda la comarca. Pero su trabajo fue aceptado y
comprendido por quienes se movían en las coordenadas de las leyes y la buena
vecindad. Su integración a la sociedad fue muy buena y actuó en diversas
comisiones: Fue Presidente y Secretario del Comité Local delegado del Consejo
del Niño; Secretario y Presidente de la Sociedad de Fomento Rural de Pan de
Azúcar; integró la Comisión de ayuda al Hospital, comisiones de escuelas,
Liceo, Escuela Industrial (de la que fue fundador), banda popular y otras. Una
vez en retiro integró y presidió hasta que la salud se lo permitió la Comisión
de Colaboración Policial.
Militante del Partido Colorado, Juan Angel Pereira
fue Edil Departamental y durante su gestión (1955-1959), entre otras cosas,
eligió nombres para el Parque Zorrilla, el camino Julio María Sosa, la
Av. Aparicio Saravia (actual tramo urbano de ruta 9). Coherente con su modo de
vida, fue de los ediles con mejor asistencia al Plenario y miembro informante
de la Comisión de Tierras, en la que trabajó responsablemente.
Pero sigo en la carrera policial de mi abuelo.
Llegó el día del retiro. Once años como Comisario de Pan de Azúcar
completaban un ciclo para la historia. Le sucedieron Del Puerto, y años después
Ferreiro, el primer comisario que yo recuerdo.
En diciembre de 1953 se realizó un acto de
despedida, que contó con un desfile frente a la comisaría. Recibió
telegramas de Ministro del Interior entre otras autoridades policiales y
personalidades relevantes del Gobierno y la política. La oratoria estuvo a
cargo del Dr. Héctor Fontes y se le obsequió un álbum con la
inscripción:
"Al Señor Juan Angel Pereira,
funcionario ejemplar, celoso de su misión social, recto y comprensivo, guardián
atento del orden y la moral pública; en la culminación de su carrera en el
cargo de Comisario de Pan de Azúcar. Diciembre 13 de 1953."
Lo vi desde mi niñez, atesorando un reloj de oro
que le fue obsequiado aquel día. Lo usaba sólo en momentos muy especiales. En
los últimos años de su vida, le daba cuerda, lo contemplaba y lo
retornaba a su caja. Sería para su nieto. Hoy, cuando una ocasión especial lo
amerita, prendo el reloj en mi muñeca y siento que mi abuelo, mi Tata, está
conmigo.
Hay personas, digamos personajes de mi pueblo, que
se ganaron un lugar en mi propia historia, en los recuerdos de mi infancia y
adolescencia, en los afectos de siempre.
Uno de ellos fue Don Bruno. Compartí con él, mi
padre y la barra de amigos infinidad de asados, noches de pesca y días de
campo.
La vida de Don Bruno, su periplo por el mundo, su
recalada en Uruguay y Pan de Azúcar, inspiró un trabajo de mi madre, Wilma
Pereira de Vaccaro, cuya sola lectura me emociona intensamente. No es un
cuento. Es una historia más que termina en mi ciudad.
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Recordando a Bruneslav Alexandrovich
(Don Bruno)
Esa tarde se sentía particularmente deprimido. El
otoño le provocaba cierta melancolía. Tal vez debía organizar un
"asadito". Mañana hablaría con Alberto o Eduardo para que reunieran a
la barra. Sin dudas, eso lo reanimaría.
No se había sentido muy bien últimamente. ¡Esa
presión que a veces se disparaba!... Miró por la ventana. ¿Cuánto hacía que
conocía la ciudad? Posiblemente cerca de cuarenta años, desde la época en que
trabajaba en la Constructora de los Reolón. Cierto que después se había ido
para Colonia y en Tarariras tuvo una empresa propia, pero un día no hubo allí
más casas para construir.
Después tuvo aquella oportunidad de establecerse en
Pan de Azúcar, con una filial de almacenes de renombre. ¡Habían sido días
buenos aquellos, con la colaboración de la esposa laboriosa! Marchaba entonces
con frecuencia a Colonia y regresaba con quesos bien escogidos y más
solicitados. Sus hijas, las mellizas, ya habían crecido. Un día la cadena
comercial desaparece y queda al frente de un negocio propio. La esposa debió
trabajar más. Él, sin saber por qué, había llegado a una etapa de la vida en la
que se le agolparon todas las frustraciones, las rebeldías y los fracasos.
Se sentía vacío, y con frecuencia trepaba a su
camioneta y marchaba a compartir recuerdos con algún amigo, o asados como el
que hoy deseaba.
... Hacía muchos años que había llegado a América.
-¿Cuántos?- pensó. Llegó en 1948, Argentina había sido la entrada. Al terminar
la guerra estaba en Roma, y los norteamericanos que ocupaban Italia lo habían
hecho prisionero.
Su nacionalidad: polaco, más que a castigo los
motivó a dolor. En realidad había sido apenas una víctima de aquel pandemónium
que acababa al fin.
Le dieron dos opciones, repatriarse a su país
arrasado y paupérrimo, o aceptar la visa de una de las pocas naciones
dispuestas a acoger a ex soldados del ejército alemán. Eligió Argentina. Para entonces,
ya se había casado. De allí, familiares de la esposa que vivían en Uruguay,
lograron traerlos.
Todo eso lo recordaba ahora, aunque con cierta
fatiga, pero antes... ¿Qué había pasado? ¿Cómo se había metido en esa guerra
que ni siquiera había intuido?
Asomaban sus inquietos catorce años. ¡Cómo
olvidarlo! Hasta entonces andaba libre por las calles de Grandenz, su ciudad.
También integraba una pequeña banda musical y hasta vestía un lindo uniforme.
La madre y la hermana tenían mucho en qué ocuparse para sobrevivir en un país
frecuentemente deseado por los vecinos. Al padre lo había perdido cinco años
atrás.
Polonia, rica en subsuelo y sitio estratégico era
el punto de mira de ambiciones ajenas.
Por eso, aquel ensombrecido setiembre de 1939,
cuando vio avanzar a un ejército altanero, precedido de una marcial y bellísima
banda, no tuvo miedo. ¿Enemigos? -nadie lo había advertido de ellos. Su
ingenuidad niña no lo hizo desconfiar de su presencia. Quedaron allí un tiempo
y él se acercaba a menudo a oír los ensayos de la banda. Los soldados no lo
trataban mal. Eran unos jóvenes apenas mayores que él. Alguna vez, lo
invitaron a compartir su comida, pero lo más importante era que le permitían
acercarse a observar aquellos bronces relucientes.
Se sentía fuerte, algo sabía ya de música,
posiblemente pudiera sacar sonidos gratos si se lo permitieran.
No supo entonces que su patria en pocos días había
quedado dividida en dos. Tras la entrada de aquellos soldados que tomaron la
parte occidental, los rusos avanzaron por el Oriente.
Ni siquiera advirtió que la Banda no ejecutaba la
Polonesa Heroica de Chopín, tal vez era de Wagner esa marcha. Igualmente era
hermosa.
Así, cuando el Regimiento y su banda marcharon
hacia nuevos destinos, un adolescente rubio y eslavo estaba entre los músicos.
Sus sonrosadas mejillas se inflaban mientras boca y
pulmones buscaban armoniosos sonidos.
Ahora, hoy, no recuerda si les pidió que lo
llevaran o ellos se lo ofrecieron. Pero al fin estaba en esa banda. Claro que
aún gastaba sus catorce años. No pensó en la familia que dejaba o supuso que no
llorarían su partida. Al fin, sería una boca menos que alimentar en aquella
tierra con huelgas y tantos conflictos internos.
Chopín y sus rebeldías, se habían ido mucho antes
que él naciera y el yugo posterior casi no se insinuaba todavía.
Pero los días pasaron veloces igual que atravesaban
las fronteras. Su adolescencia iba quedando atrás, desgarrada junto a sus
sueños.
Tarde comprendió que las guerras no requieren
siempre de fanfarrias, se necesitan soldados y debió serlo, por una causa ajena
y contraria a los intereses de su nación. El torbellino lo incluyó en las
tropas aparentemente insensibles que avanzaban siempre. Alguna vez lloró. Nadie
lo supo. Fueron más las veces que con su amargura apretó los puños y se tragó
aquellos sollozos que pedían libertad.
Se hizo hombre cuando vio al primer muerto, cuando
se acercó al herido. Su carácter no era agresivo; a pesar de ello, pasó por
Africa conduciendo tanque pesado. Roma marcó el fin de su errático camino.
Después fue América y Uruguay.
...........................................................................
Largos, largos años, tuvo clavada en el alma una
dolorosa espina: ¡la Madre! Lejana e inaccesible. -Es verdad que había
restablecido contacto con su familia; que mandaba naranjas coloridas más
valoradas allá que lujosa joya.-
Hubiera deseado volver como partió, niño inocente y
rubio y encontrarla dinámica y decidida.
El milagro, la posibilidad del regreso, se produjo
cuando menos lo esperaba. Alguien lo vinculó a un carguero que partiría
curiosamente cargado de naranjas con destino a Rotterdam.
Pero en medio de la esperanza, llega el dolor.
Pierde a la compañera. Tardíamente comprende cuán necesaria era ella en su vida
y en su hogar. Agobiado, piensa renunciar al viaje, pero las hijas lo animan y
finalmente con un cargo ficticio de Inspector de Carga, aborda la nave. Realiza
a veces trabajos de mozo de cubierta, intentando ser útil; eso le granjea
simpatía entre la tripulación.
Ya en puerto, tomó un avión y descendió en su
Polonia natal. ¡Cuántos años a cuestas llevaba su madre! Ya no lo esperaba;
había perdido esperanzas y lo que es peor, expectativas.
La hermana no era tampoco la jovencita de sus
recuerdos.
Fue cálido el encuentro, pero desde el principio
marcado para ser breve.
Encontró allí sus raíces, pero las sintió ajenas.
Pocos años después, tuvo otra oportunidad y visitó
nuevamente a la familia y a su tierra.
Un día, el correo le trajo la noticia. La madre se
había marchado agobiada por las luchas de una vida de sacrificios y
privaciones.
Rompe así definitivamente los lazos con su patria.
- Al fin se rehace. Anda por las calles de la ciudad de adopción. Trabaja, hace
compras, saluda amistosamente a los conocidos que cruza. Ahora las hijas son
adultas e independientes.
... Piensa otra vez en el asado de camaradería. De
pronto, aquellos múltiples recuerdos le pesan demasiado como su emoción. Una
carga muy grande que lo abruma finalmente.
Necesita descansar y se va adormeciendo sin prisa.
Desde lejos, desde adentro, van naciendo los
acordes de un Nocturno de Chopín.
Wilma Pereira de Vaccaro
1999
Han pasado muchos años, no sé cuántos. No tengo
fechas ordenadas en la memoria, sino imágenes que van y vienen, fotos viejas
que se aparecen de pronto nítidas y se esfuman, sufren cambios, se fusionan, y
se resisten al olvido.
Las postales de mi recuerdo son reiterativas. En
otros capítulos de esta entrega he mencionado muchas, aunque clasificados en
otros rubros.
Los "mandados" de mi infancia, me
llevaron a distintos comercios que ya no están, pero conservo estas visiones:
Agencia ONDA. Ricón y Leonardo Olivera, esquina
Oeste. Más tarde en Lizarza pegado al Bar Avenida.
Almacén De Eguren, en la esquina Sur de Lizarza y
Rincón, y en Lizarza pegado al Bar Avenida.
Almacén Toledo, de Don Bruno, en Rivera casi
Rincón, acera NW.
Antonio Martínez en Rivera, entre Rincón e
Ituzaingó, acera NW.
Asistencial Médica en Ituzaingó casi Rivera, acera
SW, después en Ituzaingó pasando Rivera hacia el NW.
Bar Avenida. Lizarza e Ituzaingó, acera Oeste.
Bar de Robertito Blois. Agencia COOM Rivera entre
Rincón e Ituzaingó, acera SE.
Bar El Chelo, Rincón y Lizarza, esquina W.
Bar La Cueva. Olivera y Lavalleja, esquina Sur.
Barraca Cuadrado. Quintela (ex Piedras) y Olivera,
esquina Oeste.
Bazar Baliña. Rivera e Ituzaingó, esquina Este.
Bercan, de Bertolami y Cancela. Repuestos de
bicicletas, heladeras, calefones. Calle Rincón entre Lizarza y L.
Olivera, acera SW.
Bicicletería de Melo, Lavalleja entre Lizarza y
Rivera, acera NE.
Carnicería Barbachán. Rincón entre Lizarza y
Rivera, acera NE.
Carnicería Campolo. Sarandí casi Rivera, acera de
la esquina Norte.
Carnicería El Clota Artigas entre Lizarza y
Olivera, frente a la Plaza.
Carnicería Martirena, Ituzaingó casi Rivera, acera
SW.
Carpintería Montes de Oca. Quintela y E. Brun,
esquina Sur.
Casa Díaz (de Hugo Díaz) Rincón casi Rivera, acera
SW. Artículos de pesca, bicicletas.
Centro Comercial. Ituzaingó entre Lizarza y
Olivera, acera SW.
Centro Eléctrico. Lizarza casi Ituzaingó, acera NW.
Confitería Perla. Ituzaingó y Olivera, esquina
Norte.
Consultorio de la Dra. Norma Sierra. Ituzaingó
entre Lizarza y Olivera, acera NE.
Consultorio del Dr. Andrés Accinelli, esquina Sur
de Washington Quintela (ex Piedras) y Lizarza.
Consultorio del Dr. Eduardo Becco (odontólogo).
Lizarza entre Rincón e Ituzaingó, acera SE.-
Correo. Rincón casi Rivera, acera NE.
Empresa Fúnebre Pan de Azúcar, de Villalba
Echenique. Lizarza entre Rincón e Ituzaingó, acera NW.
Escribanía de Pí, Artigas entre Lizarza y Rivera,
acera SW.
Escribanía de Romero, en Lizarza casi Artigas,
acera NW.
Escuela Maternal en Ituzaingó entre Olivera y
Lizarza, acera SW.
Fábrica de Pastas de González. Rincón casi Lizarza,
acera de la esquina Norte.
Farmacia Menafra. Lizarza entre Rincón e Ituzaingó,
acera SE.
Futbolitos de Zacarías. Leonardo Olivera e
Ituzaingó, acera SE.
Gomería Alonso. Olivera y Rincón, esquina Sur, y
más tarde en Rincón entre Olivera y Lizarza, acera SW.
Gomería Pemar. Ituzaingó casi Lizarza, acera de la
esquina Este.
Griman. Lizarza casi Ituzaingó, acera NW.
Jeanería en Rincón casi Lizarza, acera NE.
Joyería Gamma. Estuvo en Rincón entre Lizarza y
Rivera. Tuvo sucursal de electrodomésticos en Rincón entre Lizarza y Olivera,
acera NE.
Joyería Velázquez. Rincón casi Rivera, acera NE.
Joyería y relojería González. Ituzaingó entre
Lizarza y Olivera, Acera SW.
Juzgado en E. Brun casi Lavalleja, acera de la
esquina Norte.
La Casa de los Regalos de Omar Sosa. Lizarza a
metros de Ituzaingó, acera SE.
La Casera. Supermercado y venta de motos. Rincón
casi Lizarza, acera de la esquina Este.
Liceo en Ituzaingó entre Lizarza y Rivera, acera
NE.
Mansilla y Morris. Automotora, agente FIAT.
Esquina Sur de Rincón y Lizarza.
Minimercado de Molina, casi frente al Bar Avenida,
por Lizarza. "Tenemos desde un fósforo hasta un elefante".
Mueblería Montes de Oca. Lizarza e Ituzaingó,
esquina Sur.
Oficina de Teléfonos (UTE, después ANTEL) Lizarza
entre Artigas e Ituzaingó, acera NW.
Panadería La Balear. Rivera entre Rincón e
Ituzaingó, acera NW.
Papelería Amengual. Lizarza entre Ituzaingó y
Rincón, acera NW.
Panadería Bonet, después Sentena, más tarde 5 de
Marzo, en Lavalleja y Francisco Bonilla, esquina Este.
Parador Velázquez. Esquina Este de Quintela y
Rivera.
Parodi tenía su comercio en la esquina Norte de
Lizarza y Lavalleja. Sólo recuerdo bollones grandes con bolitas.
Parrillada El Rosal. Ituzaingó entre Lizarza y
Olivera, acera SW.
Peluquería El Portugués. Dos sillas giratorias
reclinables, una cubierta. Bicicletas, cuadros, copas de su hermano ciclista.
Lizarza entre Rincón e Ituzaingó, acera SE.
Peluquería Lara. En el Bar de Freire, Rivera casi
Ituzaingó, esquina N.
Puesto de verduras de Costa, en Lizarza entre
Artigas e Ituzaingó.
Quiosco de Cedrés, en la esquina Norte de la Plaza.
Quiosco de Sureda en la esquina Oeste de la Plaza.
Claveles, cartuchos, revistas, caramelos. Me encargaban las revistas Nocturno y
Selecciones.
Salón Moyano. Mesas tapadas de revistas, una
libreta de quinielas, algunos diarios. Ituzaingó a metros de Lizarza, acera NE.
Más tarde Salón y Corresponsalía de CW 51 en Rivera casi Félix Núñez, acera NW.
Solvox Radio. Lizarza entre Ituzaingó y Artigas,
acera SE.
Supermercado Tuvi, Lizarza entre Ituzaingó y
Artigas, acera NW.
Telégrafo en Olivera casi Rincón, acera NW.
Tienda Alberto. Lizarza entre Artigas e Ituzaingó,
acera NW.
Tienda Leoncio. Artigas y Olivera, esquina E.
Tienda Quintela. Rincón y Lizarza, esquina Este.
Tienda Tuvi. Esquina E de Ituzaingó y Lizarza.
Venta de piedra, Juan Vaccaro. Rivera casi Rincón,
acera NW.
Verdulería De León en Artigas y Rivera, acera Este.
Verdulería La Valenciana en Rincón casi Rivera,
acera NE.
Vidriería El Bayano, Artigas frente a la Plaza.
Zapatería Clavero. Lizarza casi Lavalleja, acera de
la esquina Norte.
Zapatería de Rocha, en Rincón entre Olivera y
Lizarza, acera SW.
Zapatería El Sol en Ituzaingó y Rivera, esquina
Sur.
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Seguramente Ud. recuerda más comercios y otras
cosas que tuvo Pan de Azúcar, y ya no tiene. Esta lista surgió en un ejercicio
rápido y libre de memoria, que dejó expuestos algunos de los cambios que la
Ciudad ha sufrido en no mucho tiempo.
En el año 1999 Pan de Azúcar celebró su 125°
aniversario. Los actos fueron muchos, desde un gran desfile hasta un festival
folclórico que alcanzó un elevadísimo nivel. La fiesta tomó a Pan de Azúcar en
una efervescencia cultural con picos altos en "La Vieja Bodega", la
Comisión de Cultura, la Casa de la Cultura Alvaro Figueredo (y su museo),
escritores, cantantes, y a plena calle el ebullente color de los murales que
forman parte del proyecto "Pan de Azúcar Ciudad Cultural".
Entre tantos actos, se realizó el de inauguración
de lo que denominamos entonces "Plazoleta de los Fundadores". Se
"enderezó" la esquina torcida de las calles Artigas y Francisco
Bonilla, y se descubrió una escultura, brazos al cielo, de Richard Liencres.
El Prof. Ricardo Leonel Figueredo, principal orador
del acto, dijo:
"Este es el segundo homenaje que se hace a los
fundadores de Pan de Azúcar, porque cuando el Centenario se creó una plaza (que
desapareció después) que se llamaba "Plaza de los Fundadores" y
estaba en la explanada de la Shell. Ojalá no pase lo mismo con ésta, y creo que
no."
"Me voy a referir brevemente a varios
aspectos... Yo me crié acá. Recuerdo, en la época de mi niñez, que varias veces
en la época de primavera, mi abuelo me hacía escuchar el ruido del mar.
Yo lo comenté en el liceo, y una alumna lo registró también en el barrio
Las Brisas. Eso es una prueba del silencio enorme que tenía Pan de Azúcar en
aquewlla época, y que se nos ha ido. Los decibeles son muy altos ahora."
"Con relación a la Fundación, es
necesario aclarar que no existe una fecha determinada, por la sencillísima
razón de que todas las casas no se hicieron al mismo tiempo. Se hicieron el
mismo año, a pesar de que esta esquina no se hizo en el 74 sino en el 78. La
que se hizo en el 74 es lo que corresponde al fondo del museo. Con relación a
la población que había en aquella época, yo me imagino esto una cuchilla
pelada, les puedo informar que la población del 'Partido de Pan de Azúcar' -como
se llamaba en aquella época- estaba hacia El Renegado; el Renegado era mucho
más poblado que esto, e incluso, no es difícil que haya existido alguna idea de
fundar Pan de Azúcar en El Renegado, y que no lo fundaron porque es más húmedo.
Este lugar es mejor. Pero allá, en El Renegado, donde estuvo el primer
propietario de estas tierras después de los indios, porque acá cerquita
hay dos paraderos, uno está en el Renegado y otro está al final de esta calle
(quiere decir que este lugar perteneció a los indios) pero después le
perteneció a Sebastián Rodríguez, que se afincó a la orilla del Renegado. Pero
después, vinieron los De León, vino un Bartolo de León cuyo nombre persiste
porque la familia lo mantiene en las nuevas generaciones."
"Estaban los de la Ascención, los
Rodríguez (descendientes de Sebastián Rodríguez) estaban los Fontes allí nomás,
estaban los Rappa, y todos ellos fueron habitantes anteriores a los fundadores.
Los fundadores vinieron de San Carlos casi todos. Pero si bien se consideran siete,
y hay un periódico de Maldonado del ochenta y pico, donde se incluye a Juan
Rappa, el de allá arriba, no se tomó en cuenta a quienes acompañaron a estos
fundadores. No se tomó en cuenta a las familias, a las mujeres, (en otros lados
lo han hecho) no se tomó en cuenta a los peones... no se tomó en cuenta a algún
negro que ya vino. Entonces se hizo una selección de las siete personas
prominentes que las tuvo en ese momento Elías Devizenzi en el 78... cuatro años
después de la fundación de Pan de Azúcar. Para todos esos anónimos, esos
pobladores anónimos, y de todos los pobladores anónimos que han existido estos
125 años, este es el principal homenaje. Esta plazoleta los recordará y
nosotros, y los niños, se nutrirán de un recuerdo que hasta este momento había
pasado desapercibido."
"Muchas gracias."
En el mismo acto, el Esc. Julio Báez, entonces
Presidente de la Comisión de Cultura de la Ciudad, dijo:
"...Hoy es un motivo de felicidad para nuestra
ciudad, porque en esta plazoleta estamos haciendo dos cosas simultánemante: por
un lado, estamos homenajeando a los fundadores de Pan de Azúcar, a los
fundadores anónimos, y con una placa que se va a descubrir, se homenajea a
quien es el principal fundador de la ciudad de Pan de Azúcar, Don Joaquín C.
Márquez, que fue quien compró las tierras donde hoy está situada la ciudad, y
le dio los poderes a Don Félix de Lizarza para amanzanar y fraccionar, todo con
la expresa intención de fundar un pueblo, como está documentado en forma
fehaciente y sin ningún tipo de dudas.
El otro motivo de felicidad es que comienza, con la
escultura de Richard Liencres que descubriremos, la segunda etapa del proyecto
Pan de Azúcar Ciudad Cultural... un parque de esculturas, que será motivo de
atracción turística y enriquecimiento cultural para nuestra ciudad...."
"...también quiero destacar que estos
adoquines de la Plazoleta tienen valor histórico, ya que fueron traídos de la
Rambla de Piriápolis, construida por Francisco Piria. Esta Plazoleta es una
unión de Piriápolis y Pan de Azúcar, y de sus fundadores, Piria y
Márquez..."
Richard Liencres, artista plástico autor de la
escultura de la Plazoleta de los Fundadores, explicó el simbolismo de la obra:
"...Son dos brazos de acero, que están
sosteniendo un péndulo. Los brazos de acero son los brazos de los fundadores de
Pan de Azúcar. No es fácil detener el tiempo, y en este caso, ellos, con ese
gesto fundador, lo han hecho... Es lo que significa para nosotros vivir en una
ciudad que es donde nacemos, donde formamos nuestra familia, donde nos
educamos, y muchas cosas más que significa una ciudad. Ellos, con ese gesto han
logrado eso, detener el tiempo y pasar a la inmortalidad."
"...Otra cosa que pretende simbolizar esta
escultura, es el gesto que hoy usan los políticos al levantar las manos, a
convocar. Esta escultura quiere tomar ese gesto de convocar, De invitar a
construir. Tenemos la responsabilidad de imitar el gesto de los fundadores de
construir para el futuro, para las generaciones que vienen, dejar cosas hechas."
En la segunda mitad del siglo XVI vivió Ticho
Brahe. Descendiente de nobles daneses y hombres de estado, se suponía que debía
seguir el mismo camino. Ticho amaba la astronomía y logró vencer la oposición
familiar hasta transformarse en uno de los mejores observadores del cielo que
recuerda la historia, pese al escaso instrumental con que contaba.
Jecmaan Blois nació para ser artista plástico, pero
su ruta estaba marcada en otra dirección. La historia se desarrolla cuatro
siglos después de Brahe, pero tiene grandes coincidencias. El joven Blois
sentía inclinación por el dibujo y la escultura, pero sus mayores aspiraban a
que continuara la tradición familiar al frente del almacén Juan Blois, el más
importante de la zona desde los últimos años del siglo XIX. El arte no era
considerado un oficio digno para la familia de prósperos comerciantes.
Jecmaan era, sin remedio y por dotes innatas,
artista. Lo fue a escondidas cuando sus padres se lo prohibieron y
rompieron los caballetes y las cajas de pintura que le encontraron. Logró
asistir a la Escuela de Bellas Artes y obtuvo una beca a los catorce años para
concurrir a Europa... Pero lamentablemente, le impidieron aceptarla. Fue becado
dos veces. Comerciante por decreto, Blois es recordado en la caja del almacén,
cumpliendo el trabajo como un verdadero vocacional. Pero quién podría evitar
que en alguna pausa, aprovechando papeles de fideos o de yerba, dibujara a
lápiz o con óleo pastel imágenes de personajes del pueblo. Casi fotográficos,
los retratos tenían exagerada perfección. Jecmaan poseía, Además,
excelente voz para el canto, y algunas veces integró como aficionado una
orquesta de tango.
La familia Blois tenía viñas en el terreno donde
décadas más tarde se construyó COLEOL (Cooperativa de Viviendas Leonardo
Olivera). Pan de Azúcar tenía entre diez y doce viñas, aprovechando las óptimas
condiciones del suelo. Allí cerca estaba la bodega de Blois, operada en una
época por Agostino Falvo ("Agustín", padre de José y Emilio).
Pasó el tiempo. La vieja viña fue vendida a COLEOL
y Jecmaan y su esposa Marita donaron su parte, alegres de colaborar con un
grupo de entusiastas vecinos, y a través de ellos, con el progreso de la
Ciudad.
En 1982 Blois ya no estaba, pero Marita, sensible
siempre a las manifestaciones artísticas de todo tipo, se reunió con Ricardo
Leonel Figueredo y Miguel Angel Bonilla ("Piringo") y concibieron la
idea de un taller de artes plásticas que se armaría en aquel galpón de la
bodega. ¡Qué mejor homenaje! Jecmaan sonreiría feliz desde su morada eterna. El
equipo estaba integrado también por Rufino Martínez, Juan Carlos Aquino y
Ricardo Torres.
Casi un año de esfuerzo permitió refaccionar pisos,
armar bancos, hacer la estufa. El local era el ambiente ideal para nuclear a
quienes amaban la pintura, pero la practicaban sin escuela. Había que elegir un
maestro. Así se sumó el Prof. Pedro Gava, sucedido años después por el Prof.
Eduardo Marcos.
"La Vieja Bodega" era entonces una
realidad, motivo legítimo de orgullo para sus integrantes y para la ciudad
toda.
Además de realizar exposiciones individuales y
colectivas en su salón y en varios puntos del Uruguay y del exterior, la Vieja
Bodega (que reunía ya a muchas personas más) incursionó desde los primeros
tiempos en otras áreas. Así creó y organizó La Noche de la Poesía y La Noche de
los Cuentos, y se convirtió ocasionalmente en sala de teatro para presentar su
propio elenco en aplaudidas actuaciones. Entre aquellas añosas paredes he
disfrutado del arte y otras demostraciones de la cultura de mi pueblo.
Una pequeña ventana sobre la salida a ruta 60,
permite disfrutar de un excelente paisaje con el fondo del Cerro de las Animas.
Cuentan que Marita se negó en más de una oportunidad a vender el terreno de
enfrente, para que un edificio no obstruyera la mirada al horizonte azul
piedra.
La Vieja Bodega es por otra parte, por Jecmaan por
Marita de Blois, por Bonilla, Figueredo y tantos más, un símbolo del esfuerzo,
de la perseverancia, de la irrenunciable voluntad de transitar, pese a
quien pese, la senda marcada a fuego en el alma.

Dicen que pronto llegará el tren. Nuestro país
cuenta con ferrocarril desde 1868 aunque la primera línea funciona desde enero
de 1869. En 1884 el parlamento aprobó la Ley de Trazado General de
Ferrocarriles y estableció seis líneas, una de las cuales (Ferrocarril Uruguayo
del Este) iba de Montevideo a la Laguna Merim por Pando, Maldonado, San Carlos
y Rocha. Eso incluiría una parada en Pan de Azúcar, pero hasta ahora, sólo
llega a La Sierra.
El ferrocarril es un gran adelanto, y nuestro
pequeño pueblo, que tiene sólo treinta y seis años de existencia, lo necesita.
Todavía se recuerdan aquellas aventuras en diligencia... Un viaje a Montevideo
llevaba más de dos días si el tiempo era bueno y los arroyos no estaban demasiado
crecidos. En días de temporal las demoras eran de varios días, y cruzar los
cauces de agua era sinónimo de arriesgar la vida. El carruaje llevaba
normalmente unos dieciséis pasajeros, aunque algunas veces cargaba hasta
dieciocho. Ello generó en su momento quejas por el "abuso" de los
empleados, que exponían así a tantas personas a la falta de seguridad e
incomodidades imaginables. El Camino Real (ruta a Montevideo) era tan ancho
como una cuadra. Las carretas y diligencias hacían surcos profundos en el barro
y el mayoral conducía por otro trillo, en mejores condiciones. Al llegar desde
Montevideo, cruzar el arroyo Pan de Azúcar tenía precio. Cuando el nivel del
agua era de cierta altura, los pasajeros pasaban en botes y pagaban un peaje.
Ese servicio se entregaba por concesión, el último licitante fue
Schiavone (abuelo de Ruben) y el último botero Belarmino Martínez (el
"indio Belarmino").
El seis de mayo de 1881, cuando cumplía aquí
una de sus misiones por la campaña, falleció en Pan de Azúcar Monseñor Jacinto
Vera (primer Obispo de Montevideo). El cuerpo embalsamado fue trasladado a
Montevideo en la diligencia de Patrocinio Fernández. Quiso el destino que 17
meses más tarde, el 20 de octubre de 1882, en el Paso de Bentos, a dos leguas y
media de San Carlos, la diligencia fuera arrastrada por las aguas y murieran el
Mayoral Patrocinio Fernández y cuatro pasajeros.
En 1877 el ferrocarril llegó a Pando y en 1895 a La
Sierra. Desde entonces, las diligencias unen Maldonado con la Estación La
Sierra en ocho o nueve horas. El servicio lo cumplen las unidades de "La
Comercial del Este" de Estanislao Tassano ("La Diligencia de
Estanislao"). La diligencia rueda sobre arenales con bastante dificultad,
especialmente en días de viento. Se tapan los ojos a los caballos y los
pasajeros se envuelven en pañuelos.
Desde Rocha llega aún la diligencia con el mayoral
Jacinto Gómez, un negro nacido en Pan de Azúcar, hijo de la partera Carlota
Gómez. Jacinto ha venido arreglando los pasos en cañadas y arroyos colocando
piedras que transporta en su vehículo. Otra diligencia tiene como mayoral a
Leonidas Pereira y como cuarteador a Zabaleta. Entre San Carlos y Pan de
Azúcar, existe una parada de descanso en el Abra de Perdomo. Las
"agencias"en el Pueblo están en la casa de Francisco Bonilla y frente
a la esquina Oeste de la Plaza. Allí suele presentarse Tío Narciso, que
hace bailar un trompo para entretener a los pasajeros en espera.
Pero pronto pasará por el pueblo el tren que traerá
progreso. Piedras y mármoles de la zona, podrán abandonar un tramo de vía
angosta que va desde Nueva Carrara a La Sierra por el Abra de Castellanos y ser
cargados directamente en Pan de Azúcar. Las gestiones realizadas por el
Diputado por Maldonado Julio María Sosa y por la Comisión Pro-Ferrocarril presidida
por el Dr. Román Bergalli tuvieron éxito y se anunció que el tramo
de vías será ampliado hasta San Carlos y Maldonado, lo que asegura el pasaje
por Pan de Azúcar.
Dicen que Don Francisco Piria ya está pensando en
aprovechar el pasaje del tren por nuestro pueblo, para tender una vía de trocha
angosta hasta Piriápolis, como conexión por tierra de Montevideo al
balneario. Los pasajeros tendrán que hacer transbordo en Pan de Azúcar.
................................................................
Por fin llegó la fecha de la inauguración de
la línea ferroviaria a Maldonado. Es el 27 de julio de 1910. Pero no todo es
alegría en este pueblo: el tren pasaría sin detenerse. Un habitante indignado,
de apellido Bonilla, se paró sobre la vía y obligó al maquinista a detener la
marcha. Más tarde, instalarán la Estación de Pan de Azúcar.
El pueblo se extenderá en esa dirección, y durante
décadas el movimiento de pasajeros y el paso de locomotoras y vagones será un
centro de atracción y paseo obligado.
Piria llevó adelante su idea y la pequeña
locomotora arrastra sus vagones abiertos desde la Estación de Pan de Azúcar a
la del Puerto de Piriápolis, ubicada donde en el futuro estará la Sub
Prefectura. El fundador de Piriápolis compró dos locomotoras a la Compañía
inglesa, con los accesorios correspondientes: vagones de carga, de pasajeros,
abiertos y cerrados, todo para vías de trocha angosta. El característico medio
de transporte cruza por un terraplén al Oeste del Pueblo hasta la ruta 9, pasa
sobre el puente del arroyo Pan de Azúcar, se tuerce a la izquierda por un
sendero, esquiva las pronunciadas pendientes, cruza la ruta, se acerca al
cerro, un desvío permite llegar a 143 metros sobre el nivel del mar, por un
pasadizo tallado en la roca; pasa cerca del Castillo, ingresa por la Selva
Negra a la avenida Piria hasta su terminal. En el trayecto total existen varias
paradas para ascenso y descenso de pasajeros. Completa el paseo un recorrido
por la Rambla de los Argentinos desde la Estación hasta la Avenida Artigas. Los
automóviles estacionan en diagonal entre la vereda y la vía, pero deben tener
cuidado de alejarse del paso del tren: es frecuente que los vagones
"enganchen" paragolpes y los arranque.
Piriápolis es ya un balneario muy conocido
internacionalmente y por más que aparezcan nuevos y modernos vehículos para el
transporte de pasajeros, nada igualará a este trencito... aunque el futuro le
tenga reservado un polémico final.
El tren pasa por Pan de Azúcar. La locomotora a
vapor es un verdadero espectáculo: la bocina que anuncia su próxima llegada, el
clásico ruido de las ruedas en los separadores, los soplidos de su caldera, la
campana de la estación autorizando la partida y el silbato del guarda. Largos
trenes de carga o de pasajeros irrumpen en el silencio de la noche y se
constituyen en una simpática referencia de las horas. La Estación, prolijo
edificio de madera, se llena de bolsos y cajones y es durante largos minutos,
escenario de charlas ocasionales. Mientras tanto, funcionarios trasladan bultos
a un galpón, ponen otros sobre la balanza, van y vienen, en una actividad que
llena el lapso entre dos trenes.
..............................................................
Pasó el tiempo.
Por lo menos hasta 1920 existió un servicio de
coches de caballos (semejantes a las diligencias, pero más pequeños).Eran una
especie de taxis que transportaban a los viajeros a y desde la Estación, pero
que además realizaban un trayecto a San Carlos y Maldonado. Algunos de los
prestadores del servicio fueron Miguel González, Emiliano Villalba, Justo
Nocetti, y un tal González que hacía una especie de "tour" turístico.
Seguramente algunos coches de caballos iban también a Minas. Una novedad
se incorporó poco más tarde: el automóvil. Manuel Gorlero tenía uno capaz
de hacer en 3 horas el recorrido Maldonado - La Sierra; un tercio del
tiempo que empleaba el coche tirado por caballos. En esa época se instaló la
competencia de los coches sin caballos, autos Ford T que actuaban como
taxímetros, algunos de cuyos dueños fueron Justo Nocetti, Gorito Martínez,
Santos Rojas, Antonio Fontes, José I. Fontes, Romeo Villalba y Larrosa. También
aparecieron los ómnibus, pequeños y de baja altura. Viajaban tan lento que
eventualmente remolcaban sulkis con destino a la Talabartería Díaz, (propiedad
del padre de Alfio) que los vendía. Uno de los primeros ómnibus perteneció a
Lucio García, de Piriápolis.
En 1920 se comenzó la construcción del Hotel
Argentino, inaugurado el 24 de diciembre de 1930. En 1933, por iniciativa de
Juan Zorrilla de San Martín y el Padre Engels Walters, comenzó a construirse la
cruz del cerro Pan de Azúcar. La obra fue dirigida por los arquitectos Albérico
Izzola (nieto de Piria) y De Armas. Los materiales, que podían llegar por tren
hasta la base del cerro, eran trasladados a la cima con cinco mulas. Vencidas
las dificultades que imponían el relieve y el casi siempre fuerte viento, la
cruz de cemento armado, de 35 metros de altura, fue bendecida el 27 de noviembre
de 1938. Francisco Piria jamás la vio construida, pues falleció el 10 de
diciembre de 1933.
El trencito siguió uniendo Pan de Azúcar con
Piriápolis hasta 1962. Vecinos levantaron firmas y las llevaron al Presidente
de AFE, pero los argumentos eran claros y terminantes: la línea, que desde 1945
estaba en manos del Estado, no era rentable. Además, su zigzagueo con tres
pasos a nivel sobre ruta 37 estaba convirtiéndose en un verdadero peligro para
el creciente tránsito. Cuentan que por las noches, los conductores veían una
luz como si una moto se desplazase en sentido contrario, pero abruptamente se
atravesaba en la carretera la locomotora con tres vagones. Se sumaba a
esto la incomodidad que estaba significando su desplazamiento por la Rambla y
la Avenida Piria. Hoy tendríamos que agregar un gran puente para cruzar la ruta
93, de veloz tránsito entre Montevideo y Punta del Este. Es necesario destacar
también, que líneas de ómnibus habían ya ocupado desde años atrás el vacío
probable. Pero el "Trencito de Piria" era mucho más que un
ferrocarril de línea. Era un símbolo de la zona. La gran mayoría de los
lugareños y asiduos visitantes le tenían cariño, y estaban dispuestos a agotar
todos los recursos para evitar su retiro. Tanto fue así, que cierto día, enterados
de la intención de hacer correr el convoy en un último viaje, los vecinos
colocaron autos y camiones sobre los rieles. Pero la medida había sido
adoptada, y nadie podría haber permanecido indefinidamente en esa actitud de
protesta.
Como ocurre frecuentemente, no se estudió una
solución intermedia. Unos treinta años después una locomotora y un vagón
parecidos a los originales fueron puestos en la Rambla como un emblema de aquel
pasado. Muchas voces volvieron a reclamar el trencito, pero ya no con su viejo
trazado, sino uno de interés turístico que no perturbara rutas ni avenidas,
quizás desde el Castillo de Piria hasta algún lugar del balneario. De todos
modos, el Museo del Ferrocarril que con tanto esfuerzo levantaron y mantienen
José Luis Chifflet y Noel Martínez, interpone obstáculos al olvido.
Regresemos a la historia principal: el ferrocarril
y Pan de Azúcar. Muchas generaciones viajaron por tren a hacia el Este y hacia
el Oeste. Un granero permitió grandes ventajas a los productores agrícolas.
Iban y venían cargas de todo tipo, incluido ganado vacuno. El ómnibus de línea
Pan de Azúcar - Piriápolis llegaba a la Estación a traer y esperar pasajeros.
Yo fui uno más entre tantos usuarios de AFE. Pero se terminó.
El servicio se había deteriorado demasiado. Algunas
veces las demoras extraordinarias eran de varias horas. El transporte carretero
estaba en auge y pesaban intereses privados. El Directorio de la empresa
estatal había comprado mal y las máquinas se rompían a menudo. El estado de las
vías era cada vez peor. Mantener el servicio en esas condiciones
era una pérdida millonaria. Sería muy extenso estudiar las causas por las
cuales el ferrocarril para pasajeros no es rentable en Uruguay cuando sí
lo es en gran parte del Mundo. No lo fue al comienzo (1869) y tras varios
balances a pérdida, el Ferrocarril Central (de la Compañía del Ferrocarril
Central del Uruguay S.A.) pasó a manos de la compañía británica "Central
Uruguay Railway Company Limited" en 1878. Fue nacionalizado por ley aprobada
en el Parlamento el 31 de diciembre de 1948 como forma de cobrar deudas que el
Reino Unido mantenía con Uruguay tras la Segunda Guerra Mundial. La expansión
ferroviaria se hizo mal. El Proyecto aprobado por el Parlamento en 1884
bajo el título "Ley de Trazado General de Ferrocarriles" establecía
una garantía de utilidad del siete por ciento sobre una estimación de cinco mil
libras por kilómetro. Eso llevó a que no importara la calidad de la obra sino
abaratarla, además las ganancias aumentaban con el kilometraje. Conclusión: el
excesivo número de curvas, ausencia de túneles y mínimo de puentes
significó mayor lentitud de los trenes, menor aprovechamiento de la fuerza
motriz de las locomotoras, con mayor consumo de combustible y desgaste de
materiales. La mala administración hizo el resto.
La línea a Punta del este se clausuró el 28 de
noviembre de 1982 El servicio de pasajeros en todo el país se levantó por
resolución del 30 de diciembre de 1987. A las 11 horas 41 minutos del sábado 2
de enero de 1988 el último tren de pasajeros, el ferrobús 157 con un acoplado,
cumpliendo el servicio 5424 proveniente de Pan de Azúcar, llegaba a la Estación
Central.
Trenes de carga siguen pasando sin horario ni
frecuencia fija. Las barreras no funcionan. Algunas casillas de los guardabarreras
y otras fueron desmanteladas por depredadores humanos La Estación de Pan de
Azúcar se cerró el 21 de julio de 1992. Es cierto que las condiciones actuales
son diferentes a las de 1910, hay alternativas de transporte, pero aquellas
reuniones de pasajeros y curiosos, la nocturna bocina del tren, los silbatos y
las campanas, han dejado en nosotros un vacío muy profundo.
POETA DE MI PUEBLO
(Escrito para Revista Letras N°4)
Yo no lo conocí... No estuve nunca frente a él para
decirle cuánto le conozco en mi poesía.
Alvaro fue un maestro que venció al olvido. Me han
hablado de sus clases, de sus encierros inspirados.
Alvaro, el hombre al que amó Amalia hasta el último
latido. El poeta que dejó el mundo un miércoles de enero para transformarse en
mensaje que trasciende los límites del tiempo.
Alvaro... un verso que juega irrespetuoso entre la
realidad y la quimera, entre la metáfora y la palabra fría.
Una rima que danza semidesnuda tras un velo blanco.
Una ilusión a punto de locura y una falsa liviandad en la sonrisa, para disimular
una nostalgia entre líneas de la vida.
Alvaro... Una palabra que no es palabra, sino
corcel galopando en las colinas del sentimiento. Un teatro que transcurre a
telón cerrado. La confusión provocada en la percepción del tiempo... que va,
viene, se detiene y sigue inexorable en un mismo trazo de su aguda pluma.
Alvaro y su facultad de transgredir fronteras;
asomar y ocultarse e inventar un mundo de poesía para vivir en él, eternamente.
En ese mundo lo he visto contemplando el mar en
éxtasis azul... Lo he visto cabalgando en la llanura e intemporal, tratando de
encontrarse en su cuerpo o en la imagen de un espejo.
Yo no conocí a aquel hombre pretérito como tantos,
salvo los recuerdos que Amalia me contó o el retrato hablado que escuché a mi
madre, su alumna.
Pero sé quién es Alvaro Poeta... dice cosas aún que
se desprenden del árbol de palabras con la misma libertad que las hojas de
otoño.
En setiembre de 1999, Pan de Azúcar festejó su 125°
aniversario. Me tocó estar en el stand de Emisora RBC, y desde allí se emitió
un programa especial de "Pan de Azúcar en Sintonía". Muchas personas
me contaron sus recuerdos de Pan de Azúcar. Son sólo frases, ejercicio de
memoria, pequeñas historias, piezas sueltas de un gran rompecabezas.
-Prof. Ricardo Leonel Figueredo-
¿Por qué "Chino"? porque a una de mis abuelas
le decían "La China", entonces a mí me pusieron "El
Chino" De a ratos me llamaban "El Indio" y cuando comencé a
jugar al fútbol me decían "Calandria" por lo pícaro.
Lo más lindo que había del Pan de Azúcar de ayer
eran los silencios. Se oía el ruido del mar en primavera, y el despunte de los
yunques de las herrerías marcaban las horas y marcaban la labor del pueblo. Lo
más triste para mí eran los toques de doliente cuando moría alguien y los
toques de oración, que se hacían al atardecer.
Yo conocí cuatro indios: al Indio Miguel, a Juan
Enrique (que era alto, posiblemente de otra etnia), al Indio Romero (que era
bajito) y a otro que le decían "el Chingolo).
Los personajes populares eran muy numerosos porque
el pueblo era muy chico, posiblemente tuviera mil doscientos habitantes. A los
diez años yo me lo conocía todo, hasta las "casas malas". Era
repartidor de un periódico que editaba mi padre y cuando pasaba por ahí miraba
de reojo porque siempre estaban las puertas abiertas. Recuerdo que el último
ejemplar lo entregaba allá cerca de la Av. Aparicio Saravia, a Ermauro
Sierra, que además fue el dueño del campo donde hoy está el parque
Zorrilla. Además el nombre al parque Zorrilla se lo puso tu abuelo (el Crio.
Juan Angel Pereira). En 1963 aproximadamente hubo una comisión muy grande
departamental de nomenclatura, porque por ejemplo en Maldonado llamaban a un
médico y no había cómo explicarle la dirección. A mí me nombraron delegado de
esa comisión y casi todos los nombres los puse yo, pensando en que más adelante
se podía cambiar alguno (a pesar de que yo no soy partidario del cambio de
nombres). Fue tu abuelo quien me dijo que le pusiera ese nombre al parque.
Yo me acuerdo del primer entierro que vi, que fue
un vecino de la Barra (Cancedo) Lo enterraron en tierra, el pozo tenía como un
metro y medio, y después de haber depositado el cajón, los dolientes tomaban
terrones, los besaban y se los tiraban encima. En esa época, la entrada
al cementerio estaba por la calle Cerro, que ahora se llama Rivera. Antes había
estado por la calle Maldonado, que ahora se llama Francisco Bonilla, y que se
llamó primero Libertad. Recién alrededor de 1930 se abrió la entrada donde está
actualmente. Además, en el cementerio, en la parte de adelante, algún día
encontrarán momias, porque en la época de viruela se hacían fosas de tres
metros de profundidad, se echaba el cadáver y se le arrojaba cal viva arriba.
Sergio del Puerto:
Recuerdo las peñas, las "bolicheadas",
treinta años atrás. Salíamos un sábado con la guitarra bajo el brazo, y en
cualquier bar, en cualquier boliche, entrábamos y ya quedábamos cantando y se
armaba una rueda. Llegábamos uno o dos y cuando queríamos acordar éramos siete
u ocho. Entre ellos estaban Julio Caballero, el "Corrompo", Leonardo
Larrea, Carlitos Martínez, Milton Rodríguez, el "Chiquito"
Caballero... De repente cantábamos toda la noche y pasábamos precioso...
Me acuerdo de alguien que para todo Pan de Azúcar,
especialmente para la gente carnavalera, fue muy importante: Angelito Botaro,
gran payador, gran cantor. Nunca lo voy a olvidar, porque la primera vez
que canté un candombe, me acompañaron él y Julio Caballero. Recuerdo a Jorge,
gente de los carnavales, a quienes sólo había que pegarles el grito y estaban
allí.
Wilson Pimienta:
Yo venía a Pan de Azúcar siendo prácticamente un
niño. Mi madre nos mandaba al catecismo (ella nos inculcaba un profundo sentido
de humanidad) y veníamos por la ruta 9 vieja, que más parecía un camino de
hormigas que una ruta. Veníamos caminando en verano con unos soles
tremendos, implacables, el asfalto estaba derretido, y nosotros reforzábamos
con alquitrán las suelas de los zapatos. Las consecuencias las pagaba el
sacerdote con su equipo de limpieza, que tenían que utilizar queroseno.
Otra. Cuando era niño venía a caballo desde la
campaña. El compromiso irrenunciable era tener que pelear. El paisanito de
afuera tenía que pelear, y yo lo hice con muchos. Una vez hice replegar a
tres enemigos... uno de ellos, Nilo Píccolo, que ya falleció y lo recuerdo con
cariño porque después fuimos compañeros de liceo y amigos personales. Me
provocaron. Yo llevaba ropa para lavar a Doña Flora, una vieja vecina de la
periferia del abasto. Saqué un "portayilé" de hojalata y los
replegué. Pero siguieron atacándome en sucesivas oportunidades hasta que un día
mi hermano Juan me tuvo que defender.
Esc. Julio Báez:
Me acuerdo cuando jugábamos al fútbol con el
comisario Ferreiro. Iba a mirar los partidos de Baby Fútbol donde jugaban los
hermanos Popelka, incluido el Padre Popelka.
Prof. Ricardo Leonel Figueredo.
En mi infancia los juegos no eran tan comerciales
como ahora. El niño creaba sus juguetes... los arcos, los trompos que hacíamos
limando madera de naranjo, los zancos, las bolitas, las carreras pedestres, y
eran (como dijo Pimienta) muy comunes las peleas. Yo tengo el caballete nasal
partido de una trompada que me dieron por entonces.
Detrás de la Escuela había un campito donde venían
los circos. Yo recuerdo al circo Río Branco que murió en Pan de Azúcar, al
circo Villanueva y otros, algunos de ellos tan pobres que murieron en Pan de
Azúcar o muy cerca, cuando ya el espectáculo del cine los fue desplazando.
La "yapa" era una institución. Uno iba a
cualquier negocio y el bolichero tenía un bollón enorme con caramelos y hasta
por la compra de una caja de fósforos le regalaba uno. Uno se habituaba a
concurrir a comprar. Las tiendas tenían una modalidad muy curiosa. Había
muestrarios de botones, que eran enormes. Íbamos a la tienda, pedíamos el
muestrario, en la casa elegían y después se devolvía. En las sastrerías había
muestrarios de telas. Con el roce de los dedos sabíamos la calidad de la tela,
que resultaba mejor si era más suave. Los trajes se hacían todos en sastrería.
La solapa de un saco llevaba más o menos mil doscientas puntadas de pespunte.
Felipe Figuera:
Fue un campeonato (respondiendo a nuestra pregunta
sobre guantes expuestos en un comercio, con la aclaración de que pertenecieron
a Figuera cuando obtuvo el Campeonato Nacional) organizado por Crush. Usted no
sabe porque no era nacido. Se disputó en Maldonado en 1957 o 1958. Defendía a
un club de Pan de Azúcar, donde también estaban "Caderas", Ramón de
León, el "Chancho" Cabrera, el "Chiquito" Clavero, Herzon
Goicoechea y otros que no me vienen a la mente. Yo competía en medio-mediano
(75 kg.). Después hicimos varias exhibiciones pero no quise ir a Montevideo,
porque me querían agarrar "de bolsa" (bromeando con las palizas que
podía haber ligado en la capital).
Presbítero Francisco Gordalina
(Padre Paco)
Quiero recordar que aquí, en Pan de Azúcar, en
1881, el primer Obispo que tuvo el Uruguay, Mr. Jacinto Vera, vino a recorrer
en misión los ranchitos de la zona, y falleció el 6 de mayo de ese año en la
casa que hoy lleva su nombre (pegado al museo Alvaro Figueredo). Esperamos que
algún día el Vaticano lo declare "Santo de la Iglesia
Uruguaya", es decir, ejemplo y modelo para todo cristiano. Fue un Obispo
que se dedicó a atender a los pobres, a los enfermos, que se dedicó a la
promoción y formación de los futuros sacerdotes, y en aquellos tiempos recorrió
todo el Uruguay en diligencia o a caballo, según fuera el caso. Murió aquí en
Pan de Azúcar, seguramente eso no fue una casualidad y es algo que debemos
rescatar para la historia de Pan de Azúcar. La cruz que marcaba el lugar donde
fueron sepultadas las vísceras, se retiró por la construcción de un complejo de
viviendas y fue trasladada a la parroquia. El templo actual de la Ciudad
fue inaugurado en diciembre de 1951, y la construcción comenzó en 1946. Fue
bendecido por el Cardenal Barbieri.
Edison Toledo:
Yo recuerdo los partidos de fútbol que se hacían en
la cancha de Fontes, allá por los años 49 o 50. Jugaban el Canario
Tejera, Varón Cuadrado, Abaddíe. Las carreras ciclistas que tenían un circuito
en el centro del Pueblo. Recuerdo personajes como Quinche, Miguelito
Brum, descendiente del Cnel. Olivera y otros. Mi abuelo me contaba que a
principios de siglo las calles eran de tierra, y la comisaría estaba en
el camino a la Estación, donde después se instaló el comercio del Goma-Goma.
Recuerdo el Molino de Santiago Cordone en la Posta
del Renegado, que funcionaba con una noria a agua.
Charo de León:
Recuerdo una institución deportiva muy querida, El
Renegado.
Tenía un himno que decía "Renegado entusiasta
y valiente,/ que de liber vestís tus colores;/ demostrando en las bregas del
fútbol/ vuestra clase de atletas mejores/ no bajéis ante nadie la guardia/ ni
ante el más aguerrido campeón/ que en las lides del fútbol hoy triunfan/
el empuje, la fe y corazón./ No es con goles que siempre se gana/ eso nunca
debéis olvidar/ que en la cancha es más admirado/ el que seba perder y ganar./
Adelante muchachos del barrio/ a la cancha hay que entrar a ganar/ mas cuidando
que la acción innoble/ vuestro triunfo no pueda empañar...
El Parque Zorrilla (aportes del
Prof. Ricardo Leonel Figueredo y oyentes de Pan de Azúcar en Sintonía)
...Allá por 1958, cuando Carlos Estades era edil de
la Junta Departamental de Maldonado, se expropió el campo donde hoy está el
Parque. Permaneció virgen por mucho tiempo, en estado
"selvático". Cuando Barrios (de San Carlos) fue presidente de la
Junta Local de Pan de Azúcar autorizó cortar el bosque y el lugar quedó
prácticamente destrozado. Durante mucho tiempo se hizo muy poco. Lazo Batista
construyó la represa y el puente que cruza para "el Abasto".
Anteriormente al parque, cuando no estaba construido el puente actual en ruta
9, por esa zona atravesaba el arroyo la diligencia, era "el paso".
Hasta 1912 aproximadamente, hubo un servicio de botes y balzas que cruzaban a
los pasajeros de la diligencia. Los botes estaban sujetos a cables que impedían
que se los llevara la correntada de las crecientes. Era un servicio otorgado
por licitación a un particular. El último licitante fue un italiano abuelo de
los Schiavone, y el último botero fue Belarmino Martínez. Mucha gente anónima
trabajó en el parque.
En 1958 había en el parque unas piletas para lavar
y enjuagar la ropa. Muchas mujeres iban a pasar el día con una cuerda, colgaban
a secar la ropa, y regresaban con ella limpia.. Las piletas estaban cerca del
puentecito que va al Abasto. En esa época el parque estaba siendo limpiado, y
había vacas y otros animales pastando.
En 1964 había sólo una calle que entraba hasta las
piletas de lavar. Alrededor todo era tupido y virgen, pura espina. Tanto, que
las madres no dejaban entrar a sus hijos en la vegetación. Se mejoró allá por
1969. El agua era cristalina.
Los niños jugaban al fútbol en el campo cerca del
agua allá por 1930. No había víboras. Un señor sacaba arena.
En 1980, cuando Ruben Tuvi fue secretario de la
Junta, se hicieron grandes arreglos en el parque. En esa época se construyó una
balsa como escenario flotante, lugar donde se hacían buenos espectáculos. El
constructor de la balsa fue Omar Sención (El Gallo) junto con Paco González y
otros funcionarios municipales.
Es interesante la historia, pero lo más importante
es que el parque está allí, para que lo disfrutemos. Las viejas diligencias y
aquellos botes, las lavanderas y antes quizás, campamentos indígenas, pueden
verse cerrando los ojos a la orilla del agua.
(a los pandeazuquenses que ya no están, o que hace
mucho tiempo que no veo)
Pan de
Azúcar de ayer, que te levantas en transparencias en mi memoria, como un teatro
intemporal, con actores que se fueron pero siguen impregnados en tus calles.
Pan de
Azúcar de ayer o de siempre, azul en mi recuerdo... la muerte es ley para los
cuerpos, pero no borra las huellas del camino.
En ese Mundo
perenne y paralelo, Antonio Uranga me lleva todavía a la Estación para
sorprenderme con el larguísimo tren de la tarde.
Mi abuelo
Juan Angel Pereira sigue levantándose temprano para ordeñar y en las
calles me cuentan del Comisario y su caballo.
Piringo
Bonilla pinta a pulso las letras de un gran cartel, bromeando con un triunfo de
Nacional.
Catalina
ofrece sus violetas, enharinado el rostro. La camioneta de Baliña muerde
el cordón en la esquina y el viejo Camejo, enjuto y doblado, cabalga las calles
sin prisa.
Ruben
Abaddie reparte pan por la mañana... El Boca Arturo Llanes sigue parado en la
puerta de su farmacia.
El almanaque
no existe en este pueblo del pasado.
Amalia me
habla en una esquina del Alvaro que nunca conocí.
Domingo
Piegas Oliú, Juez de Paz, charla no sé si de historia o de árboles nativos en
cada vereda. Allí están la carnicería del “Clota”, la empresa fúnebre del “Flaco”
Villalba, el Almacén Toledo de Don Bruno, el Solvox Radio del “Apagón” Silva.
La Marcha
del Silencio cuando mataron a Pascasio Báez, y el paso cansino del Indio
Miguel.
Pan de
Azúcar, estás aquí. Sigo tu calle de pueblo de gente sin olvido... Cancela con
un refrigerador en la Mehari, el “Teté Ferraro” y Peñarol, los sermones y
las poesías del Padre Isabelino Pérez. La Madre Sagrario en el Colegio San
José, Lucía, Anunciata, Sonia, Asunción, Blanca y María Luisa... la pelota otra
vez en el fondo de Zacarías.
La Bicicleta
con motor y el telegrama de Fonseca. Las cartas de Ismael Ferraro y la cachila
amarilla de “Fachola” Seippa. Mi tío Juan y su camión de piedra. Una
espada que me prometió Gustavo Núñez si yo era oficial del Ejército.
Calle de mis
afectos, con mil esquinas.
Saludo a Don
Carlos Villalba en la vidriera de su tienda, a Sureda en el quiosco de la
Plaza, en la otra esquina Cedrés... Mabel me espera para la clase de acordeón.
Adiós, Don
Arnoldo... ¿Cómo va Nacional? Y entro en la carnicería del “Nene” Barbachán. El
Gordo Freddy me saluda de paso para el Albion, y me siento en la silla
giratoria del Portugués a cortarme el pelo, mientras me cuenta sus historias
del VW, de su hermano ciclista y de su viaje a Europa.
Qué tal,
Juan Carlos... ¿Abriendo la farmacia? Adiós Dora... ¿Tan temprano para Antel?
El Dr. Eduardo Becco me mira con mi muela “enganchada” en una pinza.
“El pelo
corto, muchachos... ¿A ver esas medias? ¿Dónde está su corbata? Inspección
severa de Adán Pedroso en la puerta del Liceo, en la calle Ituzaingó.
Cecilia me
llama “Tocayo” porque cumplimos el mismo día.
Moyano padre
vendía sus revistas y Quinche repetía fantasías en las mesitas de lata del Bar
Avenida.
El Capitán
Bravo me daba clases de Matemática y un consejo que siempre repito.
Antonio
Martínez prepara una de sus cámaras para la fiesta de esta noche.
Adiós
Eguren... ¿No se cae el perrito del tanque del camión? Liber Plada me
muestra varios trajes mientras Washington Quintela conversa con mi
abuelo. Saludo al Comisario Ferreiro y nos vamos en motoneta con una bolsa de
ración en la parrilla.
Allá va
Piringo, en moto, con sus cañas... rumbo a Punta Colorada. Robertito Blois me
urge a retirar un paquete que llegó de Minas. José I. Fontes me responde,
enfermo, desde su silla en la vereda. Apito Suárez me saluda sin parar y Lilo
Bonet regresa del reparto.
Yo cumplo
los mandados en el barrio: El “Nene” González sentado a caballo sobre la silla,
suelta con poca gana las cartas del truco y aparta los porotos, para atenderme
bromista en el mostrador del almacén. En la zanja está Hilario, o el Chiche
Cuadrado - no sé bien- durmiendo la mona.
Adiós,
escribano Romero. Adiós Edgard Bonilla, ¿qué tal, cómo está? Y me pregunta por
mi familia.
Pan de
Azúcar, Pan de Azúcar de mis adentros... ¡Qué cosas nos hace el tiempo!
Buenos Días
Don Ruben Echevarría, Adiós Arturo Núñez. Bruno pasa en su camión Citroen verde
y Piringo no para hasta COLEOL.
Luzardo
conversa entre autos “colachatas”. Enfrente el padre de Razquín charla con su
Señora. Pasa el Escribano Pí en su Opel.
Abal camina
para el campo de Gustavo y voy a lo del “Tocho” a mirar televisión...
Traigo uva
de lo de Salomé. Montes de Oca sale de su carpintería y Jorge Bottaro camina
con muletas.
La “Vieja de
la Mancha” y su carrito redondo.
El “Fanta”
deja un rival “pintado” con una “bicicleta” en el parquet del Albion.
Adiós,
Pitongo. Adiós “Negro Cadera”, Rodolfo Pizano, Oscar Alonzo, Honorio, Martina y
Wilson.
Mario
Suárez, la oscuridad de Andrés, Osvaldo Ruiz, don Nito Méndez, “Jesucristo”
Luis Pérez, Desiré.
... Gente,
personajes... tantos, que no puedo mencionar. Pandeazuquenses que marcaron
huellas indelebles... los veo en transparencias en el aire... Siempre están,
aunque ya no están.
Las calles,
un poco vacías, reciben pasos nuevos, tiempos nuevos de esta ley injusta de la
vida, de este loco tren que corre a la estación... y del que somos sólo, sólo
pasajeros.