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PAN
DE AZÚCAR CIUDAD CULTURAL Prof.
Alberto Vaccaro |
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Wilma
Pereira de Vaccaro
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Se ha creado el blog “Una Pluma de
Otoño” de Wilma Pereira de Vaccaro Los invito a leerlo. Clic acá
“HISTORIAS DE WILMA” (Libro sin
publicar aún)
DE LA CUCHILLA NEGRA AL CATALÁN
Una
carpeta guardaba hasta hoy un limitado número de historias propias y ajenas,
que fui escribiendo así, como para rescatarlas.
Historias
silenciosas, u olvidadas, que puede
interesarte conocer. Anécdotas de instantes o pasajes más extensos.
Algunas de ellas escaparon de la carpeta
que las contenía apuradas por conocer la luz, pero no pueden hoy dejar de
figurar entre sus hermanas.
Son
historias que no quiero que mueran
conmigo. Postales del siglo veinte, que poca similitud tienen con los tiempos
actuales, pero hablan de las mismas esperanzas, sueños, concreciones o miseria
que no tienen edad.
Vidas
que no se tocaron siempre, a veces nacen de un roce amable entre personas con
largo pasado, o del baúl viejo de una
abuela.
En esta era del consumismo, de la
tecnología, de los viajes fáciles y frecuentes, de las Navidades luminosas, y
de imágenes de oscura pobreza, pueden
parecer mínimas.
Sin embargo dan testimonio de desafíos, luchas,
claudicaciones y errores involuntarios, de clases ricas que se empobrecen y de
aspiraciones que se cumplen.
Sirven
para recordar que la voluntad triunfa sobre las decepciones, y que el optimismo es necesario.
Sabrás entonces que antes, muchas cosas
eran inaccesibles y algunos hechos inolvidables. Que antes todo era distinto y
al mismo tiempo muy parecido a tu hoy.
Por todo eso, te las ofrezco a ti,
lector amable y ocasional.
La
autora
DE LA CUCHILLA NEGRA AL CATALÁN
Relato histórico (homenaje a la maestra rural)
La casilla de madera con techo de cinc, abierto
quizás a mil goteras aparecía cerrada. Don Orozco, propietario del campo y del
local, si así podía llamar a aquel precario recinto que alquilaba Primaria, me
miraba con cierta inquietud.
Mi delgada figura y mi porte de chica pueblerina,
sin dudas no era lo que él esperaba, pero me condujo a la puerta posterior. Ya
en el umbral miré hacia adentro. ¿Era esa la escuela que yo había elegido? Un
montón de bancos arrumbados y muchos hormigueros fue cuánto contemplé.
En ese
momento desfilaron ante mí, primero los felices años de mi niñez allá en
Rivera. Después la adolescencia menos próspera en Artigas y aquella juventud en
la que apenas me iniciaba.
Reviví algunas claudicaciones. Estudios que hubiera
deseado realizar allá muy lejos, en la Capital, y la iniciación en los cursos
magisteriales, empujada casi por inercia en un grupo volcado por entero a esa
profesión.
Vivía en ese
tiempo, por el cincuenta, el último año de estudios y faltando poco para
graduarme acudí a aquel llamado. Las maestras tituladas eran pocas y cuál de ellas
se hubiera decidido por un puesto en la Cuchilla Negra?
Allí estaba yo, entonces, pensando en lo que
significarían para la familia mis primeros ingresos. Así bebí mi desencanto y
me erguí con coraje, un coraje recién nacido, no asumido ni siquiera por mí
misma. Miles de generaciones pretéritas me miraban. Estaban templadas en
desiertos de Asia Menor, acostumbradas a enfrentar día a día peligros
inusitados. A ellas habían pertenecido mis ancestros y no me dejaría vencer en
una tierra más fértil, en unos años más nuevos.
Las candelas del panteón, único vecino inmediato,
me guiñaban con cierta ironía. De pronto pequeños soles lastimaron mis ojos,
uno desde un rincón, luego otro allá en el bajo, lejos uno, dos, tres…¿Qué eran
aquellas estrellas cegadoras esparcidas por la amplitud de la comarca?
Don Orozco me explicó:-Las distancias son largas,
la voz lanzada al viento se rompe junto al monte, se acalla al cruzar la
colina. Los vecinos ansiosos anuncian con espejos la llegada de la maestra.
Luego de un
descanso reparador un peoncito me
condujo en un carrito de pértigo a visitar el vecindario. Miré la campiña
desolada, no descubría sin embargo vivienda alguna. Fue a medida que
avanzábamos que aparecía un montecito y a la sombra del mismo un ranchito, más
adelante monte y rancho, monte y casa.
Yo venía de la ciudad, el campo extenso y solo,
casi lo había adivinado en horas de cavilaciones, ahora era la única realidad.
Todos me recibían con cordialidad y regocijo. Al fin un enseñador estaba
compartiendo su tímido saludo.
¡Maestra Directora en una escuela en ruinas que
albergaría a quince niños!
Pronto tripliqué el número de asistentes a la
escuelita que iba teniendo el aspecto de tal. Mis manos mejoraron su fachada,
se hirieron en rudas labores, leña, fuego a campo donde se cocían los alimentos
sustanciosos que atraían tanto o más que la escritura.
Probé una y mil veces poner y quitar el apero del
caballo que me acercaron y me lancé a campo abierto, amazona veloz y solitaria.
Fui también el ocasional aguatero que
arrastraba en montura cansina aquel barril que derramaba lágrimas abundantes a medida que trepaba la
ladera.
Honorina,
la cocinera, fue la primera amiga y
confidente para compartir mis horas de labor y aquellas de retiro. Los vecinos
se disputaban mis visitas en los tranquilos fines de semana. Huésped sin
pretensiones que compartía su pan en rústicos fogones mientras oía atentamente
sus pláticas largas cargadas más de añoranzas que de visiones futuras.
Los rencuentros con mi familia eran espaciados. Debía recorrer quince largos
kilómetros para llegar a la carretera
donde un ómnibus lento me recogía y me acercaba a la ciudad.
Pero esos días no eran ya tan ansiados. No sé cómo me había integrado
en cuerpo y alma al medio campesino. Me
sentía guía, consejera, gaucha al fin en una región donde poco lugar había para
un atildado ciudadano.
Sin
embargo nada es estático y los días en aquella primera escuela a mi cargo también concluirían. Me dijo “Adiós”no la
vieja casilla, sino una construcción mejorada y un galpón de palo a pique,
refugio seguro para las esforzadas cabalgaduras que habitualmente conducían
tres o cuatro alumnos sobre el lomo. El pago dejó en mí, huellas indelebles y
tal vez yo dejé en aquella gente sencilla con mi afecto, un poco de confianza y
fe en el porvenir.
El año siguiente otro sería mi rumbo. “El Catalán”
era el nuevo destino. En aquella tierra pisada por las huestes artiguistas y escenario de tantas guerras estaba la
primera escuela rural de Artigas, la Número 4.
Otro local
de madera y cinc, donde aparentemente el pájaro carpintero había abierto
inoportunas ventanitas invitantes al viento y permeables a los aguaceros, ya no
me sorprendió. Antes, miré el cerro que se alzaba a mis espaldas, luego el
arroyo que se arrastraba frente a mí y me introduje en el recinto.
Honorina y
Don Orozco habían pasado a formar parte de mi pasado. Ahora un niño con el
aspecto de quien es solo desde siempre me miraba con un no sé que de ilusión.
Es el Mirto,-me dijeron- será su acompañante,
concurre a la escuela, puede ayudarla en las tareas, es baquiano en el pago.
Sonreí levemente. Despertó más mi ternura que mi confianza. ¡Qué equivocada
estaba yo en ese juicio! Podría yo impartirle conocimientos de los textos,
¡pero de la vida…Él poseía el instintivo saber que se necesitaba para subsistir
en un lugar inhóspito y desolado. Así, unimos nuestros dos saberes e iniciamos
un período de mutuo apoyo.
El nombre lo llevaba prendido apenas por la voz. No
existía papel alguno que lo certificara. Orejano más que el ganado. Sabría yo
después, que había muchos casos como el suyo. Distancias y negligencias
influían en ese estado de irregularidad familiar.
En los primeros días solamente me preocupé por
hacer habitable el local. Latas redondas, fondos de los envases de algunas
conservas que consumía, fueron cubriendo los impertinentes huecos de la pared.
Los alumnos mayorcitos me ayudaron a blanquear las rústicas paredes y la lona
del cielorraso.
Después
comenzó la enseñanza. Lenta y trabajosa a veces. El tiempo hábil no era
suficiente para mis pretensiones. Un día decidí dejar a dos hermanitas fuera de
hora para ayudarlas en sus tareas. La madre no tardó en llegar. Preocupada por
su demora, molesta por un supuesto castigo. Explicaciones del caso salvaron mi
descuido. La vecina se despidió con cordialidad para volver. La tardecita era
avanzada por lo que decidí acompañarla. Llamé al Mirto, encendí un farol, tomé
una linterna, puse, previsora, fósforos en mi bolsillo. Al llegar junto a un
árbol trepé para hacer de improvisado faro mientras el chico las acompañaba un
poco más. La noche caía cuando mi pequeño compañero regresó junto a mí.
Iniciamos un titubeante regreso. En un bajo, envueltos en la noche
sobrecogedora advertimos que nos habíamos
perdido. Comencé a llorar angustiada.-Hacemos un fueguito, Maestra, y esperamos
a que aclare, me sugirió el niño. En cambio mi carácter hiperactivo y los
pensamientos acelerados como mi corazón, me impulsaron a seguir. Deslizando
nuestras manos por el frío alambrado avanzamos lentamente. Inmersas nuestras
piernas en la fuerte corriente de la cañada crecida llegamos a lo que creímos
una chacra. Oímos tiros de escopeta. Más que oírlos casi tuvimos que
esquivarlos. Aterrorizada volví a llorar. El niño corría asido de mi mano, un
poco protector, un nada protegido. Fue cuando empecé a gritar:-No tiren, es la
maestra que está perdida. No tiren es…Mi clamor fue calmándose a medida que
bebíamos un reconfortante café servido junto al
fogón humeante donde secamos algo nuestra ropa. Vinieron al mismo tiempo
las disculpas, el por qué. Eran frecuentes las visitas de merodeadores
nocturnos que llevaban zapallos y boniatos. Algún escarmiento había que darles.
¡Y si no! Cómo suponer que nosotros, tan entrada la noche, hubiéramos llegado
tan lejos. Tal vez el ayudarnos a
regresar podría calmar un poco nuestro miedo. De esa manera, en un botecito,
nos cruzaron al potrero de la escuela.
En
invierno, tras furiosas tempestades solíamos quedar aislados. El plácido arroyo
de los primeros días se convertía en
bravo caudal. Las pequeñas notitas lanzadas con honda certera por la obligada
práctica, era la saeta que trasponía las aguas y se clavaba en la ribera
opuesta.
El cururú, afincado en la zona desde tiempos,
imponía su presencia con desagradable asiduidad para mí.
De
tanto en tanto llegaba, forastero montado, el Inspector. Un pequeño revuelo en
el alumnado campesino daba un toque festivo.
Luego volvía el silencio que sólo el hombre de
campo descubre cargado de mágicos sonidos. Algunas domas con paisanaje
engalanado, febril actividad, tortas fritas y asado, juegos, rifas y baile
rompían un poco la rutina. Ésta volvía un poco después. Como respuesta a mis
esquelitas voladoras, con las lluvias o más tarde, acudían hombres a caballo
para flanquearme en la travesía. La correntada era peligrosa; yo entrecerraba
los ojos aferrada a las crines de la cabalgadura que nadaba a través del
desbocado torrente.
Empapada y temblorosa me reponía en casa de algún
vecino. Mi amistosa compañía logró muchos casamientos e inscripciones en el
Juzgado de Paz. Con esto llegaron los beneficios sociales que paliaban un poco
el difícil subsistir en aquel campo, campo.
…………………………………………………………………………………………
Cerré la puerta con desgano tras un día de trabajo.
En la mano un papel, frío certificado que me abría definitivamente el camino
hacia la docencia.
Al fin:
Maestra ¡Qué ironía! Atrás quedaban dos años especiales, únicos de
mi juventud.
La muchacha pueblerina había muerto hacía ya mucho
tiempo. La mujer que la sustituyó estaba mirando tras una cortina de lágrimas
la ladera, el campo y el arroyo. Repasé una y otra vez los días de aventura, de
trabajo y de comunión con el medio, con la familia que lo habitaba, con el canto
del urataú y hasta el croar del cururú, con el Mirto, recordando…igual que hoy.
Hace
mucho tiempo viví en el centro de la ciudad, apenas tres cuadras de la plaza.
Mi calle risueña en las mañanas, alegre
de aroma de naranjas, era sin embargo el límite en las nochecitas entre mi barrio y otro que más al Sur guardaba
secretos insondables. Era aquel un mundo diferente en el que se movían mujeres
distintas y misteriosas.
Las niñas de mi calle sospechábamos más de
lo que los mayores creían. El apresurado o indolente paso masculino hacia las
sombras marcaba el comienzo de lo desconocido. Sabíamos que había algo de
oscuro pero no estábamos demasiado interesadas en saber como giraba aquella
extraña calesita.
Mujeres gastadas pasaban en la mañana. Nada
nos hablaba de un esplendor nocturno. Sin dudas no existía. Nuestras madres no
mencionaban esa proximidad, acaso nos prohibían alejarnos por las noches.
Un día, con una compañera, joyeras
ocasionales, dueñas de un vistoso hilo de cobre realizamos una elemental
bisutería. Anillos y pulseras brillantes y llamativas. Así mi amiga y yo,
pequeñas gitanitas sentadas a la vera del baldío de Piedras y Lizarza,
ofrecíamos nuestra mercancía Algunos hombres sonriendo compraron aquellas
fantasías. Varias monedas descansaban en una cajita. Nuestros once años reían
con la inocente picardía.
Nunca olvidamos aquella travesura pero
tampoco pudimos desprendernos de la imagen de aquel núcleo de casas
descuidadas, rosadas, azules, amarillas… algunas de las cuales, sin que
pudiéramos distinguirlas, invitaban a los solitarios a momentos de breve
placer.
Vinieron luego los años de juventud.
Seguimos viviendo allí entre lo común y lo desconocido. Antes de la alta mañana
pasaban las mujeres con las que no intercambiábamos saludo alguno, y con
quienes rehuíamos toda proximidad.
Después nos fuimos del barrio. También se
fueron ellas obligadas por una ley que clausuró sus bares. Quizás quedara
alguna vendiendo sus favores en forma
clandestina,
pero
todo cambió.
Se creó el Parque Zorrilla, la Ruta
Panamericana. Se construyeron nuevas casas,
vinieron familias como todas y lentamente aquel suburbio tenebroso fue adquiriendo
la
luz que tenía el resto de la ciudad.
Hoy pasamos por las mismas calles y recordamos
nuestro ayer y el de aquellas desdichadas. No nos atrevemos ni siquiera a
opinar sobre su pasado o su destino.
En una esquina una mujer vende leche y pan
en lugar de los licores de entonces. Nos
saluda con cierta timidez, le respondemos,
somos conscientes de lo atrás que ha quedado su
ayer.
También quedó atrás nuestra infancia, nuestra irreflexiva adolescencia.
Años
después vinieron otras mujeres pero se
establecieron fuera de la ciudad. Ya no hacemos pulseras. Mi amiga se perdió
definitivamente en mi pasado. Con su vida se perdieron los recuerdos
compartidos y los pocos hilos de cobre que quedaron. Soy la
única
dueña de aquel pequeño secreto. Aún me parece oír las risas de nuestra niñez.
Tengo hoy la juiciosa serenidad de la madurez
y tal vez un algo de comprensión y de cordura.
Tengo ante mí un cuaderno con apuntes de viaje. No
vuelvo sus hojas, Es el comienzo, fecha, hora, partida…
Más de cuarenta años me separan de aquel día
inolvidable y sin embargo no necesito leer. Cierro los ojos y medito. Profundizo
en el ayer y retorno más atrás donde florecen proyectos se gestan sacrificios y
hay sólo anhelos.
Soy parte activa o lo fui de todo aquello, pero me
siento más cómoda situada como observadora permanente, que no obstante, no
puede dejar de lado su alta cuota de subjetividad y sentimiento.
Recuerdo así:”Una sencilla vida, modesta clase
media con planes y esperanzas, pocas concreciones todavía. Los hijos, varón y
mujer de nueve y cinco años respectivamente constituyen su único tesoro.
El año 1967 transcurre como otros pero en el nido
tibio comienza a insinuarse como una forma casi, la nostalgia que crece día a
día, año a año. Desde la llegada del esposo al país, quince años atrás, el
recuerdo de la tierra de origen, del padre y los hermanos, se hace cada vez más
constante y la distancia se vuelve dolor.
Entonces sacuden la resignación y miran en torno,
analizan posibilidades. Ella presta su optimismo. Él bastante más. Deberá
vender la camioneta que con su esfuerzo ha salvado en largas horas
nocturnas de su muerte de hojalata, y
que tantos servicios les ha dado, pero otros hierros retorcidos esperarán su
regreso para revivir y convertirse en vehículo fuerte y roncador. Nuevamente
habrá cuatro ruedas para viajes cortos pero ahora necesitan alas para llegar más
lejos.
Con el dinero apretado en la billetera entran
anhelantes a compañías aéreas y agencias de viaje, una tras otra. En cada una
de ellas la misma respuesta-La venta de pasajes se ha cerrado. Se aproxima una
devaluación
Los tacos van castigando las veredas en la prisa
hacia una luz de esperanza, pero el teléfono es más raudo. Fatigados y
descreídos de su buena fortuna acuden a una lujosa oficina. Muelles sillones de
cuero, alfombras que silencian sus pasos inciertos, aliento cálido atenuando
los rigores de junio, los reciben con agrado. Instalados cómodamente plantean
sus aspiraciones. Les ofrecen más. La visita
varios países por el mismo precio, varias escalas, movilización siempre
por aire en los trayectos largos. Escogen un itinerario, pero evitan mirarse
entre sí, temen que el encanto finalice allí, en aquella sala suntuosa y
elegante.
De pronto la campanilla del teléfono rompe la
conversación. El gentil vendedor se levanta, atiende. Su voz grave acentúa el
tono. Cuelga. Vuelve. Esboza una sonrisa.-Han sido ustedes afortunados, han
adquirido los últimos pasajes que se venderán en el país por el momento. No
sabemos hasta cuándo ni a qué precio después.
La alegría y el alivio se pintan en el rostro de
los esposos. Han sorteado el escollo más grande. Luego, boletos en mano se
dirigen al banco que les indica en el cual compran dólares cotizados a ciento veinte pesos
uruguayos, es el comienzo de la vorágine
en que ingresarán prontamente y que los tornará inaccesibles. Cautelosos, los
llevan disfrazados de cheques de viajero.
En la tardecita regresan al hogar apretando
posesivos los pasajes con promesas de reencuentros y paisajes nuevos.-
Luego las prisas, preparativos que casi les impiden
pensar. Los niños han de quedar bajo la cauta y cariñosa tutela de los abuelos
maternos.
La pareja embellecida no por las galas sino por la
felicidad, asciende a un ómnibus interdepartamental de Onda que los conduce a
Montevideo. La madre los acompaña, pero los niños y el abuelo son un punto en
la distancia tras la despedida premeditadamente fugaz para evitar lágrimas.-
Finalmente el breve recorrido hasta el puerto
aéreo. Trámites usuales, adioses y- Hasta Pronto. Trasponen la misteriosa
puerta señalada con un dos, la que los separa de los acompañantes. Se introducen en angosto corredor con dos filas
de asientos, donde ellos y otros viajeros comparten un poco disimulado
nerviosismo.
De pronto se abren otras puertas que conducen a la
pista y guiados por una amable aeromoza, marchan hacia el ave inmensa que
aguarda con alas extendidas.
El reloj marca la hora veinte del veintisiete de
septiembre y están allí dentro del Boing 707 de Air France. El despegue no los
impresiona. Brevísimos vuelos en avionetas frágiles había sido el primer
intento de ambos de lanzarse al azul. La nave ha llegado desde Santiago de
Chile. El zumbido de los motores va In Crescendo hasta bajar a Moderato.
Montevideo ya iluminada se ve muy hermosa. No
tardan demasiado en aparecer solícitas azafatas y mozos de vuelo que presentan
la carta del Menú y enseguida los exquisitos platillos que componen la cena. A
ellos todo los asombra desde la latita de agua mineral, los cubitos perfectos
de azúcar hasta los minúsculos utensilios. Es necesario comprender que es su
primera experiencia surcando las alturas.
San Pablo se divisa desde lejos. Estrella
refulgente primero, sin fin bordado de pedrerías a medida que se aproximan.
Señales de un intenso azul violáceo facilita el descenso. La escala es breve,
apenas para recoger nuevos pasajeros y reabastecer combustible. Nadie se mueve de sus asientos. Informan que
allí la temperatura es de diecisiete grados, y distribuyen atlas donde figuran
loas múltiples rutas que cubren los aviones de esta empresa.
Río de
Janeiro será la próxima ciudad tras cincuenta minutos de vuelo. La ciudad
aparece antes de lo esperado. La sorpresa los enmudece. Kilómetros y kilómetros
de luces centellantes que se derraman en
el mar. Los termómetros indican veintiún grados. Ya en tierra todos son conducidos
a un sector del restaurante del aeropuerto, donde mesas ataviadas con manteles
azules y rojos invitan a servirse licuados de fruta y abundantes sandwiches.
Son múltiples las atenciones que brinda la compañía.
Se
sorprenden observando el incesante ir y venir de aviones.
Con el inicio del día veintiocho se reinicia el
viaje, ahora rumbo a Madrid.
Tienen que sobrevolar el mar inmenso y solitario.
Para distraerles en la larga travesía, proyectan la película “Un hombre y una
mujer” en dos pantallas suspendidas del techo de la cabina. Los auriculares a
los que acceden mediante algún dólar, les permite oír el doblaje y también
música selecta en otros canales.
Té y bocadillos a las tres de una inusual madrugada
indican el fin de la velada. Las luces se apagan. A las siete, con la claridad invadiendo todos
los rincones, empieza a anunciarse el desayuno. Previamente la mayoría ya se ha
refrescado y hecho abuso del refinado
perfume francés que estaba en el baño, invitante…
Pasada la hora diez el avión desciende en Madrid.
La luz diurna le ha quitado el esplendor de las ciudades anteriores. Ahora sólo
contemplan fábricas y sembradíos, tierras rojizas y mesetas.
En tierra otra vez les invitan con otro refrigerio.
Toda la visión de la ciudad no sobrepasa los límites del aeropuerto. Una hora
después se produce el despegue hacia París destino de la nave y el transporte.
Algunos como ellos permanecerán allí apenas algún día antes de que otro avión
les permita trasponer fronteras.
El trayecto es corto tal vez hora y media. La
despedida es un almuerzo tan apetitoso como todo lo anterior. Es el punto final
a un tiempo que solamente perdura en los relojes que indicaron la partida.
Ahora París despierta de la siesta con la hora local, las dieciséis y
veinticinco.
El descenso es inminente en Orly. El vuelo ha sido
maravilloso. Se han sentido altivos jinetes cabalgando un blanco Pegaso a doce
mil metros de altura y sobre copos de algodón.
Los cuerpos parecen más leves. Temporalmente el
espíritu triunfa sobre la carne.
Deberían brincar de alegría al arribar a la célebre
ciudad, pero el cansancio, los
trámites, vuelven
impasibles a los forasteros. El
aeropuerto resulta casi sobrecogedor. ¡Tan lujoso! Rebasa cualquier fantasía. Verdes y
aterciopeladas alfombras. Cuidado hasta
en sus mínimos detalles, y ellos allí. minúsculos entre la multitud cosmopolita. Espigadas y rubias vikingas regresando de sus vacaciones estivales,
latinos, negros elegantes, chinos. Todos compartiendo el ir y venir de una
ciudad muy especial.
En posesión
ya del equipaje y reservado el vuelo a Milán van al centro de la ciudad.
Un ómnibus los lleva. En la Terminal alguien les sugiere un hotel cercano al
que llegan en un taxi. El hotel es pequeño pero de buen aspecto. La habitación
que les destinan está en un tercer piso .Tiene ventana y balcón que da a una
calle transitada y ruidosa: El confort del hotel no corresponde a la categoría
que indica. Tiene varias carencias. No obstante es París.
Luego de un breve descanso se lanzan a la aventura,
una sin pretensiones mayores dado el tiempo que han decidido permanecer en el país. Les impresionan las amplias
avenidas más que los museos. Se
complacen en recorrer en la noche las veredas calladas. Los edificios no les
parecen muy atrayentes. Es un estilo que no admiran, pero no se sienten competentes para crítica alguna. Fachadas aplanadas con pocos adornos y relieves. Los
balcones al ras, cubiertos por persianas ponen un toque distinto que no
conocían. Pero están más interesados en conocer la idiosincrasia y el alma de
los pueblos.
La noche los abraza. Coches pasan con vertiginosa
rapidez, pero el tránsito es sumamente ordenado y la ciudad muy limpia. El
barrio que recorren está lleno de casas de antigüedades. Múltiples arañas de
caireles, candelabros de bronce, jarrones.
Las mujeres que cruzan en su andar sin destino
visten con sencillez. Pocas visten minifalda, y atraen la atención de muchas
miradas. Parece que no es muy común su uso.
La pareja
mira los escaparates. Precios
exorbitantes. ¿Qué sueldos, qué ingresos permiten al ciudadano común acceder a esta mercancía?
¿O está reservada a una élite elegante y privilegiada? ¿Cómo vive una familia
tipo? Estas interrogantes quedan sin
respuesta. El medio y la barrera idiomática impiden cualquier diálogo fluido,
todo acercamiento inquisidor. Continúan
por ello en muda observación sin
respuestas.
Un taxímetro les cobra cuatro francos, lo mismo un
changador. Diecisiete francos es la cuenta que
presenta el mozo, luego de haberles servido vino, té y unos enormes
emparedados de jamón, preparados en el
momento con un pan oscuro y con corteza, cortado en gruesas rebanadas. Graciosa
circunstancia aquella, cuando el camarero
les preguntara por señas si realmente eran seis los sándwiches solicitados. El temor a
haber comprendido mal aquel pedido se
intercambia con la sorpresa al
recibirlos. Aquella fuente con porciones tan grandes, causan la sonrisa fugaz,
incluso, de los paseantes que desde la vereda admiran la aparente voracidad. ¡Y pensar que
entraron a aquel local, porque desde un
letrero bastante grande, ofrecía sándwiches y pedirlos era fácil, teniendo en
cuenta que no es tanto lo que recuerdan de su Francés liceal.
Las
telas que se muestran en la vereda no les parecen a simple vista de muy alta
calidad, tampoco los trajes de hombre que a quince mil pesos uruguayos,
son en esos años y para ellos, una suma altísima y
desproporcionada.
Muchos jóvenes con barba descuidada pasan a su l
Varios chinos y negros les recuerdan que están en París.
La mujer parisina tipo, podría ser una uruguayita
más por las calles montevideanas. Estatura media, a veces algo más, cabellos
castaños o rubios, pocas morenas. Lo llevan desordenado, mostrando casi con
orgullo su desaliño. Puntas desparejas o desteñidas, cortes pillete con largas
patillas.
Ellos ya casi no se detienen frente a las
vidrieras, apenas los atrae aquel grueso
tapado a cuadros marrones y blancos, o el suntuoso vestido de noche en seda
turquesa y galón plateado que atraviesa la falda en franjas hasta el ruedo.
Nada más. Poco para rescatar del noctámbulo paseo.
Al día siguiente van al correo vecino, casi frente
a la Facultad de Medicina. Creen haber
leído que la calle se llama De Los Santos Padres.
El funcionario del correo mira con avidez de
coleccionista, la dirección de las cartas, pregunta la nacionalidad de los
remitentes y tras intercambiar algunas frases, acepta las monedas de modesta
aleación y poco valor, cual si fueran acuñadas en oro de veinticuatro quilates.
Todo eso gracias a la inscripción que recordaba al pequeño país sudamericano, del cual, no eran
muchos los hijos que se lanzaban a cruzar mares o cielos, por aquel año.
Reanudan el camino. Las calles de París son como
verán después en casi toda Europa, muy distintas a las de Uruguay. A menudo
truncas, abiertas cual abanico en diversas direcciones, con curvas inusitadas
que los invitan a perderse.
Valiéndose de un taxi y de cuatro dólares con diez,
llegan a la Torre Eiffel. El gigantesco artefacto de metal que habían observado
a través de innumerables publicaciones, hoy es una sorprendente realidad,
imponente y cercana. Fruto de la tecnología, de las Matemáticas, y del ingenio.
Valorada por lo que significa como triunfo del hombre, a ellos les parece
desnuda y fría. Carece de la suave dulzura de las estatuas de mármol o del
cuadro inspirado de famoso pintor. No hay en ella espíritu, o alma aparente; en
su creación, sin embargo, cuántos
desvelos y ambiciones habrá volcado en ella el osado ingeniero. El monumento es un gigante que ha perdido sus carnes, pero
también es, una inmensa joya de filigrana, que sería más vistosa si dorada
fuera. El Hierro o el acero les hablan
solamente de equilibrio y de fortaleza. Compran algunas baratijas alusivas al pie
de la Torre; quioscos numerosos los incitan. Luego el ascenso en aquel desnudo
elevador que carga más de cincuenta personas a la vez .Hay tres pisos, tres
boletos, tres etapas. Todo ello sujeto a las posibilidades, al coraje o
a la tentación de los turistas. El importe de los diferentes tramos oscila
entre los dos y los siete francos. Ya arriba, todo es maravilloso, deben
recomponer su juicio sobre la ciudad. Se
ha enriquecido mostrando frondas y jardines. El Sena se ve surcado de
vaporcitos que pasan veloces bajo los puentes. Miles de techos grises con
pequeñísimas caídas y minúsculas cúpulas. No falta un barrio modelo
contrastando sus rascacielos con el resto de los edificios uniformemente
pintados de crema.
Plátanos amarilleando en este estío tardío que
insiste en permanecer. Y más allá la Catedral, el Museo, los jardines. Todo
visto con la prisa de viajero fugaz y
sin demoras. Bellezas de épocas de esplendor ya muy lejanas.
Un muchacho sentado casi a los pies de la torre,
los observa y los oye. Se levanta presuroso blandiendo una cámara fotográfica.
Desea ser captado en aquel entorno. Es un estudiante argentino que a través de
la distancia se siente hermanado con los caminantes. Sonrisas, simpatía,
añoranzas en aquel París cosmopolita e indiferente.
Indiferente sí y tanto, que no tiene reparos en
sentar a una misma mesa a compartir el desayuno a los esposos
uruguayos con otos hindúes que visten su
traje tradicional. No hay diálogo posible a pesar de la intimidad del momento.
Nada puede sorprender.
El almuerzo es saboreado en un restaurante pequeño
y original. Todo parece rústico. No advierten que tal vez es “elegantemente”
rústico. El techo descansa sobre vigas de madera ennegrecida. Mazorcas de maíz
cuelgan del techo. Una hoz cuelga de un tirante, lo mismo ristras de ajos.
Frutas y verduras frescas perfuman las mesas. Manteles individuales de rafia
trenzada cubren parte de la mesa y un
gallo y un pavo real tejidos en paja completan el decorado. La comida es muy buena. La inexperiencia los
ha conducido a ese local selecto y la abultada suma que pagan por el consumo,
no les permite dudas. Mil quinientos pesos uruguayos por un plato, bebida y
frutas.
Luego de un corto y rápido recorrido por la ciudad,
vuelven al hotel, levantan las valijas y van directamente al parque aéreo que
rebosa distinción.
Digno de las personalidades más representativas,
pero abierto también a aquellos que con ojos muy abiertos, parecen vivir un
sueño de Aladino
¡Ah! ¿Y las calles de París, cómo olvidarlas? Las
curvas, el tráfico veloz y al mismo tiempo
ordenado. Miles de automóviles integran la incesante caravana, casi
todos modelos de los años sesenta, la mayoría de consumo económico y
fabricación europea.
Cuánta prolijidad, botes para basura están colocados por todos lados. Los transeúntes no vacila en atravesar la
concurridísima calle para utilizar su
servicio y dejar las colillas de cigarrillos o un minúsculo papel. Los policías
de tránsito, impecables en su uniforme
azul con quepis y guantes blancos tipo mosquetero, cuidan que las normas
se cumplan.
Los viajeros, a punto de abandonar París, conservan
en los labios todavía, el dulce sabor de las uvas y duraznos de setiembre.
Dejan vagar un poco más la mirada extasiada por la verde moqueta del bar del
aeropuerto, por las escaleras mecánicas y por el incesante ir y venir de gente que viste con desenfado audaces
minifaldas o con fingido recato faldas hasta el tobillo. Vestidos y trajes de
telas alegres y veraniegas, junto a tapados con cuellos de piel o terciopelo. Muy diversa es la procedencia y
el destino de los turistas que pasan por Orly.
Un
barrio despreocupado de casitas de techos rojos, muy cercana al aeropuerto les
sonríe. Es su última visión de “La ciudad Luz”. A las dieciocho y treinta
horas, a bordo de un avión de Alitalia marchan hacia Milán.
Un “Spuntino” té, café y una especie de aperitivo
les sirven con prontitud.
Llegada a destino
Media hora después llegan a Milán cuyo aeropuerto
es también amplio y moderno.
¡Por fin, Italia!
Un ómnibus los acerca a la estación del ferrocarril, allí está la
terminal de autobuses. La estación es imponente, llena de esculturas. Una
inmensa escalinata conduce a los andenes.
Allí pueden arribar hasta veinte trenes en forma simultánea. Por un
tramo intensísimo éstos pasan bajo un techo iluminado como cielo estrellado. En
el majestuoso edificio se ofrecen
Servicios múltiples, desde peluquería a cine,
pasando por albergue y baños públicos Un changador lleva a pie las valijas
hasta un vecino hotel, que queda apenas
dos cuadras. Se llama hotel Garda. A ellos les parece espléndido. Un dormitorio con amueblamiento funcional, parqué y baño
interno
La escalinata y el piso de los pasillos del hotel
están realizados en mármol blanco.
A las
veintidós horas del día veintinueve se lanzan a la conquista de Milán. Les
parece más acogedora y sonriente que París. Paseantes más alegres, comercios
más iluminados. Los precios son elevados, pero no tanto. Un café cuesta veinte
pesos. Nuevamente saborean uvas, blancas esta vez. La partida hacia Padua será al día siguiente. Ya volverán
a Milán antes del regreso y entonces
recorrerán sus calles, descubrirán sus maravillas.
Al mediodía antes de abordar el tren, visitan las
cercanías, envían tarjetas a familiares y amigos.
El tren es muy cómodo, cada compartimiento tiene capacidad para ocho personas. Desde
allí ven la campaña italiana. Parece aledaños de pueblos. Campos divididos en
pequeñas fracciones verdes, trabajadas con indudable dedicación. Tierra fértil
gracias a generaciones laboriosas. Es una colcha donde destacan cuadritos
marrones y verde intenso que cubre hasta
las cercanías de las cumbres de los cerros. Los viñedos forman un techo fresco
y macizo que ella confunde con los silvestres
campos de Uruguay.
No hay en la zona montañas elevadas, apenas cerros
redondeados. En la ciudad de Padua se hace un trasbordo de trenes. Llegan a
Este a las cinco de la tarde.
Nadie los espera en la estación, deliberadamente
han omitido comunicar la hora del arribo. La ciudad es muy antigua, edificada
en torno a un castillo semiderruído que tiene más de mil años.
El
reencuentro
Un viejo auto de alquiler los acerca a la casa
paterna, donde el padre, ya octogenario, una
hija y dos nietos comparten la emoción del reencuentro tras la larga ausencia. La
visitante ha participado de sentimientos y alegría. Más tarde llegan otros
hermanos envueltos en la misma emoción. Roban horas al descanso y a la noche para platicar
acerca del ayer, de lejanías…
El día siguiente y los posteriores, dedican ratos a
visitar la ciudad. Él está sediento de recorrer sus calles y orgulloso de
mostrarlas.
El castillo construido en ladrillo y piedra encierra un bellísimo
parque, césped cuidado, frondosos jardines. Tras una reja, curiosos, contemplan dos
enormes osos pardos.
Hay allí un valioso museo, que ocupa los primeros
puestos en su género, entre todos los de Europa. El mismo conserva utensilios y
restos humanos encontrados en frecuentes excavaciones efectuadas en las
cercanías, restos que datan algunos del 4000 al 2000 A.C.
En los jardines, antiguas y hermosas estatuas
mutiladas recuerdan un pasado muy lejano.
La ciudad milenaria, tiene calles largas y curvas que se unen en algún punto. Techos de dos o cuatro caídas
cubiertos de tejas, otrora rojas, han empalidecido hoy por la acción de los
años.
Siete veces ha sido destruida la ciudad y otras
tantas, rehecha. Aparentemente más vieja
que la misma Padua, puede ser un tesoro para cualquier historiador.
Numerosos cursos de agua y puentes enriquecen
a la ciudad dándole mucha originalidad y misterio.
Hacia un lado, en la falda de una gran colina desde
la que se divisa toda la ciudad, está “La Pineta”sombrío bosque de pinos
bordeado de un sendero angosto. Todo esto tras el castillo. Rematando la cima,
una vieja villa que según cuentan hospedó en algún tiempo a Lord Byron.
El pequeño auto
que han alquilado les permite
recorrer los cerros vecinos. Así visitan muchos pueblitos de “I Colli Eugani”o
los cerros eugáneos, dicho en español.
Carreteras asfaltadas ascienden en zigzag.
Disminuyen así la brusquedad de la subida.
Muy diferentes al cerro gris, rocoso, a veces
reluciente que contemplan día a día frente a la amplia ventana en su Uruguay, aquí
las elevaciones permiten un cultivo que se arrima muy cerca de las cimas.
Edificios prolijos, hermosos y típicos dan calidez
al entorno.
Todos muy vecinos entre sí, los pueblitos casi
aldeas, indican que en un pasado integraron la populosa ciudad que fue Este y
que sin dudas abarcó un radio de diez o quince kilómetros. Luego, como fruto de un cataclismo, quedaron
esparcidos acá y allá, intercalados con zonas verdes y coloridas de productiva
flora. Al finalizar la cadena de cerros la vista descansa en una gran llanura,
el comienzo de la misma lo marca la ciudad.
En la lejanía, buscando el horizonte se tropieza con múltiples poblados
que alegran el paisaje con su diversidad.
Octubre se ha iniciado para ellos, con desusada
prisa. Tienen el afán de devorar si no distancias, al menos visiones bellas y cercanas. Es día cinco y
descubren nuevos asentamientos. Descansan en los valles o en las diversas alturas de las serranías. Es imposible
encontrar senderos logrados por el pasaje continuo y permanente de animales o
de gente. . Los trillos no existen, tampoco los caminos borrosos de balasto
nuevo. Aquí los senderos son tan buenos como las carreteras que recuerdan;
cintas grises que se extienden allá en
sus pagos. La campaña posee todo el
adelanto moderno. Luces de mercurio iluminan los caminos, señales cuidadosas
indican los diversos accidentes topográficos y los nombres de las poblaciones.
Bares, estaciones de aprovisionamiento de combustible y otros locales, ofrecen
sus servicios en los collados como en los más cotizados centros de recreo.
Se detienen en Valsanzibio, distante quince
kilómetros de Este; tiene el encanto de su época de esplendor. Creado en 1600 y
hoy propiedad de unos nobles romanos, cautiva con sus jardines, diez hectáreas
de extensión, con una villa que aparece entre las frondas. Hay estatuas en los
surtidores, y pequeñas lagunas donde destacan gallardos cisnes negros. Paredes
macizas de arbustos, podados con formas geométricas, círculos, rectángulos,
torres, forman un impenetrable laberinto de cuatro kilómetros, en el cual es
muy fácil perderse, si no se cuenta con la ayuda de un guía. Hoy, el esposo
oficia de tal, mientras ella temblorosa ante las sombras que se acentúan en el
ocaso pronto a expirar, recorre las sinuosidades del paseo. Se siente casi
paralizada por un temor que va naciendo a medida que la noche se aproxima, pero
no quiere mostrarse débil. De tanto en tanto la voz riente de él, la
tranquiliza e impulsa a continuar. Por fin tras un inusitado recodo, encuentra
la salida.
Turistas de todo el mundo visitan también esos
lugares. Predominan los alemanes, pero ellos son los últimos visitantes de la
tarde y sólo ante ellos desfilan las damas luciendo galas por los jardines.
Oyen el roce de las sedas sonoras, los suspiros en los balcones y algún fugaz
beso de enamorados junto a la cómplice fuente. Es la hora del encantamiento, de
las evocaciones, de los sueños. Hora de fantasías. La divina Eulalia quizás
reía en esta villa, pero como dijera Gutiérrez Nájera:”Y todo ya muy lejos, todo
ido…”
Los viajeros reanudan su marcha envueltos todavía
en la magia de los jazmines.
Tresto es el pueblo que visitan otro día.
Anualmente tiene lugar aquí una “sagra”, especie de festividad religiosa con
feria y juegos diversos, muy conocida en los alrededores. Ya ha pasado el
evento cuando llegan aunque aún el pasto muestra las huellas de la misma. Es
muy frecuente en la Europa católica y turística que cada población de relativa
importancia, aproveche el día del Santo Patrón que se atribuye, para realizar
estas fiestas. En otras hay justas al estilo del Medioevo, con trajes de ese
período, Loterías en la Plaza y hasta un ajedrez gigante con piezas auténticas.
Por supuesto, las diferentes comunas o municipios, tratan que las fechas de las mismas no se
superpongan para lograr atractivos durante todo el año.
El día
siguiente será dedicado para visitar el Museo de Este. Ven múltiples secciones,
desde el Paleolítico hasta la Edad de los Metales, en lo que a Prehistoria se
refiere. Es evidente que ha existido una
muy antigua y adelantada civilización en
esa zona.
Se muestran
mazas y cuchillos, estatuillas de la fertilidad, alfileres de prender, collares
de cuentas. Hay restos de hasta 6000 años A.C. Pero también se exhiben piezas
de vidrio y cerámica muy posteriores,
bustos de mármol, ánforas reconstruídas,
escudos de guerra, vidrio soplado, botellitas en este material y tacitas para
libaciones que parece que se arrojaban
al río luego de algún rito desconocido.
Los restos humanos que se conservan parecen haber pertenecido a una raza
de elevada estatura. Hay otras salas que
tiene restos del período Pre- Románico y del Románico. Aquí aparecen estatuas y
utensilios muy interesantes.
Al día
siguiente visitan Montagnana, ciudad entre murallas que conserva casi intactos
los muros y la torre. Actualmente la ciudad trasciende en mucho, la muralla. La
puerta de acero ya no levanta el puente levadizo. La iglesia es un monumento
histórico de alto techo abovedado. El interior es austero y simple. Las pinturas
de las paredes laterales les parecen de valor. El resto está desnudo. Un altar
revestido en oro muestra el único lujo. Posee sin embargo, espacio, cosa de lo
que carecen otras iglesias atiborradas de objetos y ofrendas.
Quién sabe por qué, ella la encuentra sencilla y
agradable y es con placer que firma el grueso libro que ofrece sus páginas
abiertas a la entrada, junto a aquellas sorprendentes puertas que tal vez
sobrepasen los cuatro metros de altura.
En días
posteriores visitan Hospedaleto, Palugana y Tresto, que además de la Feria
tiene el valor de haber sido la cuna de la madre del esposo. Son pueblitos
pequeños pero simpáticos, y además no le han robado mucho tiempo, dada su
cercanía, a la permanencia en la casa junto al padre. No han olvidado que éste
ha sido el principal motivo del viaje soñado.
Hacia Venecia
Ha llegado el momento de visitar a la hermana
mayor, eso les permite iniciar un viaje maravilloso hacia Venecia que queda muy
cercana. El auto pasa por Monsélice, Bataglia y Padua. Deliberadamente han
dejado la autopista para visitar pequeños pueblos. Es una vía paralela que
fuera antiguamente la ruta principal. Van pasando Stra, Dolo, Mira, Mirano,
Mestre. Venecia está ya cercana. Un
enorme puente de nueve kilómetros atraviesa el mar. Aparece enseguida la última
fracción de tierra firme con grandes edificios, actuales rascacielos y una
enorme plaza de estacionamiento, mar metálico y brillante donde dejan el auto.
Debe emprenderse a pie, la conquista de la ciudad. Prontamente aparecen puentes
grandes y pequeñitos, arcos de escalinatas que cruzan los canales. Los recibe
un fresco aire marino. El agua agitada por los canales es de un verde intenso.
Se internan en estrechas callejuelas, edificios antiguos, corroídos en su base,
por el continuo golpeteo de las olas van apareciendo ante los ojos
asombrados de la esposa. Él se mueve permanentemente en su medio, en las
visiones viejas, en el idioma y en el dialecto propio. Está en casa. Góndolas y
botecillos esperan amarrados. Veloces y elegantes vaporcitos de lustrada
madera, con la bandera italiana
flameando en la popa recorren los canales. Especie de autobuses acuáticos, que
acortan los caminos o conducen a las diferentes islas.
Algunos románticos turistas prefieren el silencio
de la góndola para disfrutar del recorrido, Otros, enamorados, eligen el
arrullo de acordeones y de cánticos. Ellos optan por caminar. Contemplan
vidrieras, recuerdos, cristales, mercados flotantes que desde alguna góndola
ofrecen frutas y verduras.
Más de ciento cincuenta canales, cuatrocientos
puentes impiden penetrar en sólo un día el alma de la ciudad. Muchas preguntas
para llegar a la plaza, muchos: “diritto” y siempre curvas antes de desembocar
en San Marcos. Un incesante y alocado aletear de palomas los recibe. Saben ya
de su existencia, pero no imaginaban cuántas. Adquieren como muchos, dos
cartuchos de papel llenos de granos de maíz y pronto las patas de varias aves
enredan los cabellos, produciendo, sorpresa, risas y un qué de temor. Son
impetuosas e insaciables. Pronto se marchan
hacia otras manos generosas que gastan las cien liras con placer.
Alrededor de la plaza se levantan la vieja y la
nueva “Procuratura” y la Iglesia de San
Marcos. El estilo arquitectónico es una
fusión de arte románico, gótico y bizantino. Tiene
primorosos y minúsculos mosaicos, mármoles y esculturas. El campanario de
noventa y nueve metros y la torre del reloj de fines del siglo XV con la
estatua de los moros que golpean el
reloj, son bellísimas reliquias que agregan atractivo a la ciudad. Por su
parte, el León de San Marcos al costado de la Iglesia, completamente dorado
está sobre un gran reloj, cuyo mecanismo se desconoce, pero que desde hace
siglos marca la hora exacta.
Junto a las Cúpulas se ven cuatro caballos dorados.
Todos los adornos, traídos desde Constantinopla por los cruzados aumenta el
toque bizantino que caracteriza a Venecia.
El piso de la basílica está constituido por pequeñísimos mosaicos, que dan mucho
interés a la construcción. Un poco más
adelante el Palacio Ducal, construido en
mármol blanco, en estilo gótico veneciano, data del 814. El Palacio da a la Laguna y en ésta,
varias islas ofrecen su atractivo. El Lido, que es el balneario de la ciudad,
Murano que tiene la importantísima fábrica de cristal, y otras.
Regresan y se detienen en un restaurante agradable. El mozo habla correcto español. Lo
descubrieron luego que el esposo pidiera
vino tinto en lugar de rosso como debería haber dicho. Preguntó enseguida si
eran españoles y desde ese momento solamente usó para ellos esa Lengua.
Terminado el almuerzo, realmente muy bueno, y de costo moderado, volvieron a la
calle. Dos turistas alemanes preguntan por la Plaza de San Marcos; antes que
ellos, un modesto barre- calles, se adelanta
y responde presuroso y con soltura. Todo indica que la ciudad está planificada para comodidad y deleite del turista.
Este viaje en solitario, puede impedir que visiten
los lugares de mayor interés para la mayoría, pero la libertad de planificar su
itinerario, o dejarse llevar al acaso, no tiene precio para ellos. Lo que más
les impresiona, es observar la vida que
fluye en los caminos que recorren, en los barrios que visitan Eso les gusta,
son felices.
Toman un “vaporetto y se dirigen al Lido. Las
calles son sencillas. Automóviles
marchan alegres por cualquier calle. Es tierra firme. Todos los
restaurantes muestran menús fijos y accesibles en pizarrones. Hay también
lugares más selectos y misteriosos. Encuentran uno que desciende hasta la
arena, lo eligen. Saborean un exquisito té con masitas. El mar está a su
alcance. Ella no puede resistir la tentación de acercarse al Adriático, allí se
moja rostro y manos. Por supuesto, el otoño avanzado no le permite más.
Regresan, ascienden, y retoman la calle. Nuevamente suben al vaporcito que
cruza la Laguna. Caminan otro poco y vuelven al automóvil. Llevan algunos
pequeños objetos que han adquirido como testimonio de su corto pero
inolvidable pasaje por la ciudad.
Mogliano Veneto es la ciudad que visitan después.
Familiares los hospedan con alegría
durante varios días. Desde allí no es difícil dirigirse a las montañas. Las
Dolomitas serán la meta fácilmente alcanzable en un bellísimo día.
Prontamente van dejando atrás ciudades y pueblos. Pasan
Treviso, Conegliano, San Giacomo, Vittorio Véneto, El Lago de Santa Croce,
hermosísimo y cristalino, rodeado de montañas, parece un retazo del cielo que refleja. un azul intenso y purísimo.
El esposo revive viejas emociones, ella enmudece ante lo nuevo e inusitado. El
ascenso continúa, Belluno queda a un
lado. Atraviesan el Ponte Dell´Alpe y llegan a Longarone. Un nombre apenas,
prendido en este escalofriante montón de escombros que ayer fuera un pueblo.
Tétrico desierto bajo el cual yacen los numerosos desaparecidos en una noche de
horror, cuando una represa rompió sus
contenciones, y el agua, provocando aplastante
alud cayó sobre la dormida población La
pequeña estatua de una virgen, se yergue donde antes estuvo la capilla, para
algunos salvada milagrosamente, para otros levantada con piedad de entre las
ruinas.
La marcha se reinicia, pasan Ospitale, Pesarolo, Pieve
del Cadore, cuna de Tiziano. Una estatua erigida en el centro de la plaza así
lo indica. Siguen ascendiendo, hacen una pequeña pausa en San Vito de Cadore.
Los habitantes no llevan prisa; esperan todavía las primeras nevadas y con
ellas la avalancha de turistas que siempre llega. Pero es temprano todavía. Se
vive un ambiente pueblerino de paz y casi recogimiento. Una pequeña iglesia de
oscura madera y cúpulas arábigas o bizantinas reposa recostada a las altas
montañas. Cortina D´Ampezzo aparece después. Verdadera estación de turismo
invernal, tiene elegantes y modernas construcciones en madera cuidadosamente
barnizada. Los campos de esquí, verdean
este otoño. Un elevadísimo trampolín espera solitario al arriesgado atleta que
se arroje a deslizarse veloz por la extensión de nieve, igual que las gradas,
ahora mudas, al entusiasta espectador.
Hay un importante estadio. Diez liras y ya están en
el interior del mismo. Un pequeño jardín de florcitas multicolores les sonríe.
La madera lustrada resplandece al sol. El recinto se ha inaugurado en las
pasadas olimpíadas invernales. Sobre una
losa están inscriptos los nombres de los competidores premiados.
Ya han alcanzado los 1224 metros de altitud, pero
el ascenso continúa.
Bosques de coníferas se observan hacia arriba y
hacia abajo. Pinos amarillos, rojizos, anaranjados, verdes…Montañas desnudas,
rocosas, algunas con cierta vegetación y otras con cumbres nevadas observan
impávidas el ascenso de los viajeros tempraneros.
Ya han Llegado a Tres Cruces, pasan Misurina lago
magnífico bordeado de montañas a
Pieles,
adornos, objetos como recuerdos en ante y
gamuza es lo que ofrecen los comercios que llaman al turista.
Van quedando atrás grises cintas de rutas
asfaltadas y otras viboreantes van apareciendo ante sus ojos azorados. Hermosos animales corren
furtivos por la zona, invisibles casi a la mirada poco avizora. Son ciervos,
alces o especies similares.
La subida continúa hasta los pies de las Tres Cimas
de Lavaredo, que alzan su mole hasta alcanzar los tres mil metros.. El refugio
Auronzo, en la base de estas montañas es un sitio cálido donde puede gustarse
una bebida, encontrar un descanso,
pernoctar o adquirir un souvenir. Permanecen
poco tiempo en el mismo, edificado a dos mil cuatrocientos metros, y
emprenden el retorno.
Nieves
eternas se muestran tentadoras, pero no son alpinistas, apenas visitantes de
momento. Hacia abajo divisan muchas cimas. Se sienten águilas altivas en aquel paraíso donde el
aire es más puro y el frío más que herir, acaricia. Desde allí contemplan entre dos altísimas
cumbres al Pueblo Auronzo, faja de valle angosto, que más podría creerse cauce
de río, que poblado importante.
Las aldeas de montaña olvidadas del progreso, ya no
existen, no en estos lugares. La civilización ha conquistado los más remotos y
escondidos rincones de la Italia Norte. Este pueblo tiene muchos kilómetros de
largo. Muy abajo advierten nuevamente al Lago Misurina. Toman otra ruta
distinta a la del ascenso, pasan por Auronzo y Pieve…entonces retoman el camino
anterior. ¡Cuántas coníferas, cuánta belleza, cuánta paz!
Cae la noche, pasan aldeas iluminadas.
Próximos a Treviso los sorprende una densa niebla.
El esposo casi había olvidado ese aspecto de los otoños e inviernos de su patria, ahora está temeroso ante esa falta de
claridad que desafiara tantas veces. El conducir es difícil; los automóviles
que les preceden sirven de ocasional guía para no desviarse de la ruta.
Caravanas de coches avanzan con lentitud, intentando adivinar lo que esconde
el pesado manto que cae sobre el camino.
Es
viernes trece cuando vuelven a Este. No lleva este día ninguna carga especial
de mágico presagio, marca tan sólo, el tiempo transcurrido. Se detienen en
Padua, capital de la Provincia homónima. Es una bella ciudad. La Basílica de
San Antonio, como un imán atrae a todo peregrino. Ellos no escapan a ese
magnetismo y se sienten grandemente impresionados ante las obras artísticas que
atesora. Existe allí un aislamiento del mundo exterior, total y sorprendente.
La luz natural no penetra en este claustro y una sensación agobiante los
sofoca. La pobre luz interior procede de fuentes artificiales. La iglesia tiene
forma de un largo corredor a cuyos lados se levanta ya un altar, ya incontables
vitrinas recargadas de riquísimos objetos ofrendados por los fieles. Un patio externo, posterior, ofrece libros,
postales, medallas y otros objetos a los
visitantes.
Al salir de la Iglesia atraviesan una plaza
flanqueada por estatuas de mármol.
Se detienen frente a la Universidad, antiquísimo y
famoso centro de cultura, donde la Medicina y el Derecho tienen gran jerarquía
aunque por supuesto capacita en múltiples disciplinas. Las sombras nocturnas
los atrapan al regreso.
Dos días después vagan por “i dintorni”.como en
dialecto véneto se refieren a los alrededores.
El castillo
de Balvona, en Lozzo es entonces el centro de su atención. Hermoso y pequeño,
está siendo restaurado para hacer de él una hostería. Durante la Segunda Guerra
Mundial, fue ocupado por el ejército alemán y entre sus muros encerró
prisioneros. El interior tiene curiosa arquitectura. Arcos bajos forman parte
del grueso muro dando más consistencia si es posible a las paredes de piedra y
ladrillo.
Los días siguientes permiten otros trayectos. Van a
Vicenza, a Montecchio Maggiore, a Alte. Se detienen en este último puesto. Un hermano vive allí. Es
una ciudad industrial moderna, de calles
anchas y algún rascacielos. Construída después de la guerra en torno a la
importantísima fábrica metalúrgica de Ceccato. Posee una iglesia nueva, acorde
a la ciudad. Es realmente una cosa extrañísima ver su desnuda fachada de
ladrillo descubierto y sin ningún adorno. Frente a ella una hermosa plazoleta
con generosa fuente que vierte
abundantes y artísticos chorros de agua fresca. En el centro de la ciudad un
bar llamado México los llama. Tal vez piensan que alguien hablará Español. Eso no sucede, pero encuentran bajos sillones
muy confortables en un rincón, luego un salón adornado en típico estilo
mejicano, dibujos de gallos de riña y sombreros de grandes alas, son todo el
decorado.
Montescos y Capuletos
En Montecchio, el mayor atractivo lo constituyen
dos castillos que parece inspiraron a Shakespeare para crear su célebre Romeo y
Julieta. Construidos uno frente al otro en sendos cerros, llaman a los
numerosos turistas. Ingresando al camino de acceso, pues es un paseo rural,
encuentran primero a la derecha al de Romeo. Está situado en un plano
ligeramente inferior a su vecino. Por supuesto es necesario pagar para entrar.
Un Guía les explica cuándo y por quienes fue construído. Según su versión, los
jóvenes amantes que eran veroneses, se habrían conocido y enamorado en un
período de estadía en esos, sus castillos. La pareja de viajeros junto a una
comitiva de turistas ascienden hasta lo alto de la torre y luego bajan hasta el
subsuelo, especie de prisión cuyas paredes muestran oscuras manchas amarronadas, que la imaginería podría suponer que fueran
de sangre. La torre pobremente iluminada con luz eléctrica, permite ver debajo,
el patio central y un pozo con brocal, que parece un aljibe, aunque ninguna
cañería desagua en éste. El portero les vende un folleto con una escueta historia de la construcción y de
las familias de los enamorados. Al oír el Español Rioplatense, el guía los
sorprende, cantando el tango “Adiós Muchachos” aprendido según les dijo, en
1931, cuando estuvo radicado en Buenos Aires.
Ellos continúan el paseo y se detienen en el
castillo de Julieta, que muestra un balcón, construido como la ventana en una
madera ennegrecida. La torre casi derrumbada no permite el acceso. Hay en
cambio una amplia terraza que tiene instalados poderosos lentes, que permiten
contemplar la inmensa e inacabable llanura vicentina. En la parte de abajo
funciona un restaurante con el nombre de los célebres amantes.
Inmersos en ese clima de leyenda y amor, regresan a la
casa que los hospeda.
El día siguiente van a Verona, ciudad muy hermosa
donde no falta tampoco el balcón, para tejer la misma historia.
Se detienen
frente a la Arena, pero no la recorren. No hay funciones en esos días. Muchas
esculturas engalanan la ciudad. La visita no es larga, quieren visitar el Lago
de Garda, bellísima extensión de agua, que se extiende desde la llanura al pie
de las montañas. La claridad de sus
aguas es tanta que permite distinguir un objeto aún a gran profundidad. La
ribera está llena de numerosos
balnearios con múltiples atractivos donde pululan turistas alemanes.
Variadas embarcaciones están surtas en sus muelles
y a lo lejos divisan uno que otro velero de llamativos colores.
Visitan
Vicenza. Es también muy bonita. El recorrido es fugaz, casi como si participaran
de esas excursiones que apenas permiten sacarse fotos en cada puesto. No es esto lo que ellos buscan, nunca
lo ha sido. Simplemente ven que las hojas del almanaque caen inexorablemente y
es mucho lo que desean conocer. El Monte Bérico, les parece más interesante. Es
una colina, en cuya ladera se ha levantado un blanco muro, con finas columnas y
algunas esculturas.
Un museo
histórico y un monumento en honor de los carabineros caídos en la Primera
guerra están vecinos. La estatua representa a un teniente cuyo pecho desnudo
asoma por la abierta camisa. El pie calzado con pesada bota, la cabeza
descubierta. A su lado, un pequeño montículo en mármol, simboliza la alta
cumbre en la que muchas águilas se han posado en actitud de emprender el vuelo.
Un poco más
arriba hay una iglesia de paredes
labradas, ancho friso de mármol y muchas esculturas. El interior es lujoso y
lleno de obras de arte. La figura de una encorvada viejecilla que parece haber
tenido una visión, se repite en el altar
y en la parte posterior. Se ha representado también a un pontífice y a una
virgen deslumbrante, ricamente engalanada con collar y corona de fino y
brillante oro.
Luego de bajar el cerro, tropiezan con otra
iglesia, modernísima, construída en madera. La forma octogonal de la misma le
da un aspecto de aplanada cúpula.
Hacia otra cumbre
Los invitan a un nuevo ascenso a las Dolomitas,
esta vez solamente hasta una altura de mil doscientos metros. Se trata del
Monte Pasubio. Allí un monumento se ha
erigido en memoria de los innumerables caídos en cruentos enfrentamientos entre
austriacos e italianos en la Gran Guerra. Inmenso mausoleo que recoge más de
trece mil italianos y seiscientos contrarios. Algunos nombres grabados en el
mármol identifica a los menos, la mayoría, desconocidos, yacen reunidos en la
tumba en una paz sin nacionalismos ni banderas. A través de cristales aparecen
visiones alucinantes, cráneos lustrosos, cuencas vacías, testimonios mudos de
un ayer en que se troncharon abruptamente sus vidas prometedoras e inocentes.
Ingresando por la parte opuesta encuentran una capilla con frescos de
soldados valerosos. Un faro y una emotiva inscripción, son el homenaje que el
Rey dejó a los heroicos caídos. Cercano
hay un museo histórico, que casualmente está en su día de descanso. Desde lejos
ven expuestos al sol algunos viejos uniformes y capas. Adentro está
lo demás, armas, trofeos, todo aquello que estuvo presente en aquellas
luchas sin por qué.
Al lado se venden tarjetas y banderines. Dos
cañones, uno de cada nacionalidad cierran el sendero que conduce al Osario. Una
Cajita con Stelle Alpine(las flores de esas montañas), ofrecen su ocre y
aterciopelada mercadería. Los viajeros eligen algunas y depositan varias monedas junto a otras que invitan a
ser imitadas. Leen también una inscripción que exhorta a la reverencia y
prohibe entrar al recinto desabrochado, sin saco, con desorden o algarabía.
Todo señala la solemnidad y el respeto exigido.
Esa soleada tarde otoñal emprenden el regreso
pasando por Recoaro y las importantísimas fábricas textiles Marzotto, de
renombre en el mundo entero.
Adentrándose en el Medioevo
Suave, lugarejo de aspecto campesino, famoso por
sus vinos, especialmente espumantes, los recibe al siguiente día. Gran parte
del pueblo está encerrado entre los muros de un castillo. En el corazón del
mismo, sobre la parte más alta de la
colina se yergue todavía, gracias a algunas refacciones la otrora mansión del
Señor que dominaba la región.
Unas inmensas llaves, por embrujo de una
significativa cantidad de liras corren el cerrojo y se abren las altísimas
puertas por las que pasan al interior.
El Medioevo está allí, casi intacto como
esperándolos. Numerosas armaduras, cotas de malla, yelmos, lanzas, espadas,
mazas, hachas y el casi cuadrado lecho de estopa, llenan la sala de armas.
Aparece una escalera exterior cuyo pasamanos esculturado muestra
de
tanto en tanto, una cabeza con yelmo, éste cada vez
más levantado a medida que avanza, hasta dejar el rostro descubierto al final.
Aquella oscura época está presente en la tétrica torre que muestra instrumentos
de martirio y muerte.
Entre las
paredes cuyo espesor alcanza los cuatro metros, cayeron en un ayer,
despedazados los cuerpos de enemigos.
La Edad Media está también presente en la espaciosa
sala que corona la escalera. Está en el gran hogar que abre las fauces ávida de
gruesos leños. Está en el curioso asiento de tallada madera cuyo respaldo se
mueve como hamaca y permite además sentarse de espaldas o de frente al fuego
reparador. El Medioevo se respira en los blasones de las nobles familias
aliadas al Señor, en los cuadros de Lucía dell´Scala y la otra dama de igual familia y en aquel que
muestra a Dante Alighieri, huésped allí una larga temporada. El colorido
cielorraso con dibujos geométricos pone un toque de luz. Aparecen otras
armaduras y una muy especial, toda labrada que luce en el pecho el escudo de
familia, sin dudas la del amo.
La piedra fundamental los retrotrae al 1100. La
sala inmediata es un comedor de muebles oscuros y muy tallados, sillas con
adornos como filigranas y en la cabecera en
un asiento más alto en cuyo respaldo aparecen grabadas más cabezas con yelmos, vemos acomodarse la
volátil sombra del Feudal.
El armario o Credenza, habla de antiguos fulgores.
Tal vez escapando a aquel serio período podría evaluarse en unos quince
millones de liras de 1967, pero los viajeros no quieren dejar el 1300. La mesa
engalanada con refinada vajilla que parece esperar suculentos pero insípidos
manjares, las copas de cristal el vino que calma la sed luego de justas y
desafíos. Pero todo aquello que luce en la mesa no es lo auténtico sino una
cuidada imitación. Los platos originales, empequeñecidos en fragmentos
numerosos, contenidos en pequeñas vitrinas,
no sobrevivieron seguramente a la familia de origen
Pero a pesar
de las restauraciones, el oscuro período ha revivido instalado en el dormitorio
austero, en el lecho de madera, en la silla, en el lavabo de bronce al que
llega el agua que le provee un recipiente más alto con canilla, y está en los
escudos y espadas que completan el severo decorado.
Antes
de dar el paso hacia el Presente que los aguarda ¿Monótono o promisorio? ¿En
avanzada o retroceso?, estampan sus firmas en el álbum destinado a los
visitantes, para dejar constancia que un día, por un momento, fueron
partícipes de tiempos de oscurantismo y
poderío, de muerte, de valor, de riqueza y austeridad simultáneas, de
ignorancia, de una de las épocas más discutidas en la historia del hombre.
En los muros de afuera del castillo leen esta
inscripción:”Este castillo surgido en el Medioevo, encerrado entre los muros,
fue destruído, restaurado por los Scalaghieri y ampliado en el siglo XV por la
República de Venezia”
1892 Julio Gamuzzoni
(Senador del Reino)
Dos caminos unen al castillo con el tiempo actual,
uno amplio, para recorrer en automóvil. Éste muere junto a una puerta abierta
ex profeso, vecino al puente levadizo, hoy inmóvil.
Eligen el otro más largo y escabroso. Se detienen
junto a la cerrada capilla y atisban a través de la ventana. En el altar la
estatua en leño de un santo. Algunos árboles bordean el camino, también flores.
En un pequeño bar beben una copa de vino áureo y
delicioso. Calma un poco la sed provocada por el descenso pronunciado y por las
profundas emociones
Otro Adiós
(Rumbo al retorno)
Por último la dolorosa despedida del padre y de los
familiares.
Marchan
hacia Milán.
Esta vez pueden conocer el corazón de la ciudad.
Visitan la majestuosa catedral gótica del Duomo cuya construcción tardó más de
quinientos años. Todavía hay detalles sin concluír. Pero infinitas agujas de
mármol apuntan al cielo y entre ellas, en la cúpula, una virgen de oro domina
una gran extensión. El interior de la iglesia es amplísimo. Admiran bellas y
coloridas pinturas. Vitrales multicolores reproducen escenas e imágenes sacras.
Grandes e imponentes columnas se muestran con orgullo. Allá adentro la Cripta
de San Carlo es una pequeña joya donde los más preciados y tallados mármoles
compiten en belleza.
. Los muros
exteriores de la Catedral están ennegrecidos por el tiempo, por los agentes
químicos y la persistente humedad de una ciudad multitudinaria, industrial y
neblinosa. Sin embargo en la parte
superior se advierte el tinte original, un bellísimo rosado.
Puertas gigantescas de bronce, ornadas con figuras
bíblicas o católicas en relieve, indican la maestría de la realización.
Enfrente de la catedral hay una plaza donde se
levanta el monumento ecuestre del Rey
Victorio Manuel II que da un toque de solemnidad.
Hacia un costado se abre una original galería que
lleva el mismo nombre de la plaza. Tiene forma de cruz en su interior,
completamente techado de vidrio, lo que permite el ingreso de la luz solar.
Diríamos que parecen dos amplias
avenidas que se cruzan a cielo abierto.
En primorosas
vidrieras lucen los artículos más refinados de la ciudad, de Italia y
quizás del mundo todo. Allí está la famosísima confitería Motta con sus
Panettones y otras exquisiteces, nucleando a lo más graneado de la sociedad. Un
poco más adelante Alemagna, compite en calidad y categoría en el mismo rubro.
Al fin de la galería una pequeña placita con la estatua de Leonardo Da Vinci en
un cantero circular, rico en flores plantadas con arte, y sustituídas con
frecuencia, para brindar una imagen de eterno jardín. Las florcitas sonríen en
el otoño milanés.
El teatro Alla Scala está enfrente, sencillo, de
tinte amarillento,. La fachada no destaca. El esplendor, la magia están adentro, en las noches de gala en las que
todo músico o cantante sueña con actuar.
En ese
momento no es temporada de ópera, por lo que se conforman con haberlo conocido.
La calle en que se encuentran es una de las más aristocráticas de la ciudad.
Pieles, calzado, lamé, pedrería, precios que ofenden casi en el desparpajo de
los cartelillos. Las miradas no quieren detenerse en los zapatos dorados,
rojos, turquesa… Mundo de fantasías, de Cenicienta antes de Medianoche. Noches
fabulosas a las que pocos acceden.
El fulgor se desvanece. Advierten que la ciudad es
muy extendida, que el movimiento es incesante, que Vive, con mayúscula.
El camino de los viajeros no se detendrá todavía,
ni allí.
Surcarán
otra vez el cielo hacia destinos nuevos.
El primero de los vuelos los llevará a Roma.
Las
distancias la miden con la hora, ochenta minutos de travesía. La nave se
detiene con gran suavidad. Cumplidos los requisitos de aduana en Fiumicino, un
taxista se acerca prontamente, cuando los oye hablar. Su idioma ha sido
enseguida reconocido, y busca apresurado en su memoria algunas palabras que
muestren su identificación con la Lengua, aunque posee un marcadísimo acento
romano. El esposo por supuesto, lo entiende perfectamente, pero está muy cómodo
como turista y no quiere desencantarlo, mostrándose compatriota. Los italianos
son muy acogedores y amables con los extranjeros, alguien de igual
nacionalidad, sería una decepción. Se enteran que vivió nueve años en
Argentina, trabajando como buzo.
Le piden los conduzca hacia un hotel adecuado y él
parte rápido hacia El Vaticano. El Hotel San Pedro, no muy lujoso, pero cómodo
y funcional, con buena calefacción, cuarto en suite, los hospeda esa y otras
noches. Dejan el equipaje y se meten en la ciudad como les gusta hacer. Unos
caminantes más, anónimos y curiosos. Por
el momento apenas recorren las inmediaciones. Una pequeña desilusión. Las
calles no son tan pulcras ni cuidadas como las de París o Milán. Piensan como
descargo, que ese no es el centro de la ciudad. Entran en una cafetería. No hay
asientos, de pie junto al mostrador se reconfortan con el humeante y oloroso
líquido. Tras una breve caminata llegan a un restaurante. Desde afuera el
aspecto les parece confiable para sus bolsillos no muy abultados. El interior
está decorado para que parezca antiguo, demasiado. Tiene algo de catacumba y un
qué de Medioevo. En parte de las paredes, la falta de reboque muestra ladrillos
al descubierto. Una luz suave y rojiza brinda cierta tibia intimidad. Dos
pizzas redondas como el plato, vino y
limonada es lo que consumen. La cuenta les confirma lo que ya sospechaban,
habían elegido nuevamente un lugar selecto disfrazado de descuidada cantina.
Cosas que pasan a menudo a quienes se manejan solos y sin guías. El familiar de un
cuñado, es la conexión que esperaban y al otro día, cómodamente instalados en
auto, con un
conocedor como el conductor, recorren la ciudad de
los Césares. Lo primero es la Basílica de San Pedro. La plaza circundada de
columnas, tiene en el centro un magnífico obelisco, único y altísimo bloque de
mármol, traído de Egipto.
Sobre cada columna descansa una estatua. Suben la
amplísima escalinata y penetran en la iglesia. Más que recogimiento, lo que
experimentan es reverencia hacia los artistas que han logrado este milagro. Es
la conjunción de arte, buen gusto, genialidad en aquello que parece un inmenso
museo. Es imposible describir cuánta
belleza y riqueza están reunidos en la espaciosa y clarísima sala. Es difícil
hablar de esa diáfana claridad. Si alguien imaginara el cielo prometido, tal
vez lo pensara así. Pero no tiene el casi triste misticismo de todas las
catedrales que han visto anteriormente. Lo católico, con sus bondades o sus
excesos, no aparece reflejado aquí, ni siquiera por las incontables figuras de
su santoral. Un pagano,
un protestante, un judío o un islamita, por
mencionar algunos credos, se hubiera sentido como ellos encantados con tanta
belleza que no recuerdan clero ni ideologías. Los pliegues de las vestiduras,
los rasgos de los rostros, solamente alguien muy privilegiado podría haberlos
obtenido de mármoles y granito. La presencia de innumerables turistas,
especialmente japoneses, con guías, hablando las lenguas más diversas le quita
todo carácter de religiosidad exclusiva.
Mármoles
inmaculados en su blancura, rosados como la flor, rojos, purpúreos. Un pavimento
de ajustadas combinaciones de mármol y el techo artesonado en oro. Entre toda
aquella maravilla se detienen ante una piedra blanca y rojiza, transformada en
manto del que emerge la muerte y dos jóvenes bellísimas. No entienden la
alegoría, pero sí la fineza del tallador y del cincel. El altar y el sitial
para el Papa son áureos y demasiado suntuosos.
La tumba de San Pedro está adornada con flores
laminadas de oro exquisitamente trabajado.
El tiempo se ha detenido. Contemplan lo mismo que vieron generaciones
precedentes, y que verán, si Dios lo quiere, aquellas que han de sucederles.
No creen que los fieles se arrodillen ante esas
estatuas, han perdido el atractivo para la
silenciosa meditación, que alguien puede encontrar,
si católico fuera, en una sencilla ermita. Esto es gigantesco y por lo tanto
universal. No encontraron un templo, sino un espectacular Museo de Arte.
Se alejan de
San Pedro y comienzan una gira ágil, didáctica, oportuna..
Suben al Gianicolo, colina desde donde se ve la
ciudad, que no es muy grande en cuanto a la parte antigua, el Castillo circular
de Sant’Angelo( en el que de desarrolla la ópera Tosca). En el centro de la
ciudad las casas se aprietan. Más lejos
una franja de intenso verde les indica Villa Borghesi.
En la colina en que se encuentran un cañón da la
señal de mediodía. Justamente están allí en ese momento. Una estatua de
Garibaldi junto a su esposa Anita, los sorprende gratamente. Descienden del
automóvil. Se detienen al lado de una fuente a la que llega el agua desde
kilómetros de distancia. Es la Fontana de San Pietro in Montorio. Luego van al
Campidoglio, en otra colina menor. Aparecen allí vestigios numerosos de la civilización romana y egipcia.
Otra fuente y las ruinas del Senado,
columnas unas en pie todavía, otras truncas, varias caídas…
Plaza
Venecia muestra El Altar de la Patria, monumento casi contemporáneo que
pretende copiar el esplendor del Imperio, lográndolo realmente.
La sucesión de visitas se agilita, así ante ellos desfilan, La Scalinata Ara Coeli, los foros
imperiales, una basílica, el Arco de triunfo y el Coliseo. Acá se detienen.
Inmenso, derribado en gran parte,
reconstruido en otras, tiene, no obstante aquel signo de poderío; les
habla del Emperador, del Cristianismo, de mártires y fieras, del terror y la lujuria.
Paredes muy gruesas y muy altas, oscuridad y vacío,
reflectores que hacen surgir sombras fantasmagóricas… Una cruz señala piadosa
el lugar donde tantos cayeron en aras de una fe naciente. Tras ella una
pequeñísima capilla iluminada
Con cierto pesar dejan el circo y van a Piazza
Spagna, allí otra rumorosa fuente simula una pequeña embarcación. Están frente
a la Trinitá dei Monti, inmensa escalinata en ocasiones ornada de azaleas
multicolores. Ese día está desnuda, pero es igualmente bella. Parece en ese
momento el reino de los hippies; mocetones rubios con el cabello en cascada
sobre los hombros cubiertos con ajustada chaqueta. Airosas muchachas cuelgan de
sus brazos; en oposición llevan el cabello desafiantemente cortado con rebaje.
Es la imagen que rescatan en ese instante, en ese año. Mañana serán otras
costumbres, otros jóvenes, pero tal vez
sirva este rincón a enamorados audaces y desprejuiciados Por la amplitud y los
múltiples escalones sería propicia para el descenso de una reina y su séquito.
Pasan luego por Via Véneto, centellantes letreros
indican las compañías aéreas, navieras, cambios… Rincón de turismo
internacional.
Ellos, viajeros modestos, conducidos por un romano
amabilísimo, desde el interior del automóvil reparan levemente en los
negocios caros y ostentosamente
iluminados. La noche es soberana en esta calle, pero no intentan introducirse
en ese mundo extraño y ajeno. Van en busca de una velada cálida y familiar
entre amigos, casi parientes. En el camino otra fuente los deslumbra, la
estatua de Poseidón, asido fuertemente a
un pez, en actitud de saltar del agua. Luego arrojan esperanzados las monedas en la Fontana de
Trevi, ven el Panteón, el Palacio Quirinale, una vez Palacio Real, hoy Sede de
Gobierno.
El día siguiente marca para ellos una nueva
partida, dejan atrás a la ciudad
maravillosa. Pasan campos no muy verdecidos, no muy trabajados. Encuentran cierta similitud con la lejana
campaña de Uruguay. El clima de Roma es muy agradable, un hermoso sol los
despide. El moderno aeropuerto está lleno de turistas, aparentemente de clase media, españoles y portugueses,
quizás peregrinos rumbo al Vaticano. No es el ambiente tan refinado de Milán o
París
Italia es ya un recuerdo
Una hora y media de vuelo los acerca a Ginebra.
Italia ya quedó en su corazón. Un colchón de blancas, crespas nubes, parecen sostener a la nave.
Luego avistan montañas nevadas. Se sienten soberanos de las cumbres heladas.
Apenas sobrevuelan el Monte Blanco, aparece el agua verde del Lago de Ginebra o
Lemán
Un aeropuerto pequeño los espera. Los funcionarios
no intentan comprender otros idiomas aparte de su Francés. Otro viajero, oficia
de ocasional intérprete y les auxilia en sus trámites. En un ómnibus, cuyo guarda es una mujer, llegan a la
estación del ferrocarril. Allí sí, el Italiano es hablado con la fluidez del
nativo. Sin dudas son extranjeros radicados en Suiza. Poco después arriban a
Lausana. Les parece una ciudad bonita.
El corazón de la misma está en una cima ligeramente alejada del lago. Se
llega allí en un Metro, que no es subterráneo. Corre apenas un poco debajo del
nivel del suelo y une la ribera con la
parte más elevada, o sea el centro.
El trayecto dura cinco minutos aunque se detiene en
cinco estaciones. Cuando se detienen en la parte superior los sorprende ver
como se cruzan las calles en dos niveles. Parece una ciudad sobre otra. Puede
subirse al plano superior por ascensor o por escalinatas. Encuentran negocios
bellísimos, colmados de luces, suntuosos escaparates, artículos de gran lujo.
Más de dos días disfrutan de la ciudad y de la
gratísima compañía de la hermana y familia. Después regresan a Ginebra. La
ciudad es espléndida, señorial, austera. Urbe de bancos, reino que concentra el dinero del Mundo. Quizás por
ello no les resulta tan serena y despreocupada. No es tan fresca como Lausana.
Vive aquí un primo afectuoso que los agasaja espléndidamente en el breve tiempo
que tienen para permanecer en la ciudad. Pero la hora del vuelo está próxima y
acompañados de cuñado y primo, se dirigen al aeropuerto. Tras un largo rato de
espera vuelven las inevitables despedidas. Niza es ahora el nuevo puerto.
La Costa
Azul sonriente los recibe luego de cincuenta minutos de vuelo. Han disfrutado
durante el mismo paisajes muy bellos.
Dejan las montañas y se acercan al mar, tanto, que la autopista está
prácticamente en la costa. Sobrevolaron un Montecarlo embellecido por los rayos
de un sol casi estival a pesar de que es Noviembre.
Un puerto aéreo sin formalidades ni pretensiones es
lo que encuentran esta vez. Todos entienden Italiano aunque pocos lo hablan.
Pequeñas muñecas con trajes regionales
sonríen esperando comprador, junto a costosos
perfumes y delicados pañuelos.
La extensa rambla que comienza en el aeropuerto,
llega al centro de la ciudad y más allá, prolongándose hacia Cannes y
acompañando a un mar límpido y azul.
Edificios elegantes y modernos se alzan junto a la
ruta.
Un castillo
que aloja a un museo naval aparece repentinamente a los pies de una colina, se
extiende hasta lo alto de la misma. Allí en la cumbre rompe una rumorosa
cascada y se ve un amplio parque. Un
poco más adelante, enclavado en la entraña misma del monte un monumento
recuerda a los mártires caídos en la guerra del dieciocho. Casualmente ellos
están allí el 11 de noviembre cuando está lleno de ofrendas florales. Desandando el camino, van al centro de la ciudad. A pocas cuadras
del mar, un cómodo hotel los hospeda. Ellos no cargan equipaje, casi todo lo
han dejado en el depósito de la aerolínea. Un tercer piso y un 113 indican la
habitación que ocupa.
En la tarde visitan un parque con una fuente y
esculturas en mármol, más fuentes y otro monumento junto al mar. Un puentecito
los obliga a detenerse. Un manto de luces cubre otra loma que muere en el mar.
Hacia
el idioma de todos los días
Al día
siguiente parten en un avión de Pan Am. hacia
Barcelona. El Douglas tiene como destino Nueva York, pero hace escala en
España. El viaje no dura una hora, pero les alcanza para contemplar ciudades,
mar y las áridas sierras. Ya no se advierte blanco ni azul, el panorama es
totalmente amarronado. El aeropuerto está desierto. Es un local precario con
cielorraso de lona. El aeropuerto futuro está en plena construcción o
reparación.
Un autobús los arrima al centro de la ciudad.
Dejan las valijas en la agencia de
Iberia y van al Hotel España, que les fuera recomendado. La ciudad es grande,
tiene edificios modernos y rascacielos, pero el sector en que se han hospedado
está relativamente cerca del puerto. Las calles estrechas casi no permiten el
pasaje de vehículos, aun cuando algunos
se aventuran a trepar por la
vereda, acorralando a algún peatón
desprevenido como ellos.
Muchos bares y “colmaos” negocios de anticuarios,
otros que venden objetos típicos: castañuelas, botellas de licor con forma de
bailarinas andaluzas, de racimos de uva,
de toreros, botas de cuero para contener vino.
El hotel de estilo colonial con un comedor pulcro y
espacioso los recibe. Frisos y cuadros adornan la pared. La habitación que
eligen está en un primer piso, sobre el primer tramo de una amplísima
escalinata de mármol. El ascensor está
disponible, pero su muda invitación,
no es aceptada, para un trayecto tan breve.
Barcelona huele a mar, a peces a mariscos, a frutas. Todo confundido con
el acre olor que despiden las chimeneas de las fábricas. Es una típica ciudad
portuaria. Sin dudas más lejos, hay otro aroma, pero ellos se sienten atraídos
por el Mediterráneo al que se
acercan una y mil veces en sus caminatas
diurnas. Campos sin cultivar se extienden en los aledaños. El otoño los ha
pintado de amarillo.
El edificio
de correos está junto al puerto; es muy hermoso. Muy cercano un obelisco de
bronce que culmina en esfera. Mundo
simbólico sobre el cual un Colón visionario se posa majestuoso, brazo e índice
extendidos hacia el mar que promete sorpresas y algo más.
Hay quien pone reparos en que este importante
monumento esté aquí en Cataluña y no en Palos, puerto de partida para el gran
viaje. Pero en el momento del homenaje, del recuerdo, España toda es propulsora
de la magna hazaña. El Mediterráneo es el mar de los marinos europeos que se
aventuraron a dejar sus tierras. A la pareja el simbolismo no los impresiona ni
molesta, y, provenientes como son de América, justifican que en un puerto de
España, de Europa, o varios a la vez, la figura del almirante se perpetúe para
siempre.
Llega la
noche parpadeante de letreros que les guiñan envolviéndolos en colorida
sonrisa.
Una espaciosa vereda, rambla florecida, da un respiro al transeúnte
que huye del rápido e incesante circular de vehículos. ¡La ciudad entera va de
paseo!
Los barcelonses se vuelcan a las calles, jóvenes,
niños y ancianos en amenos coloquios o juegos. Los sorprende un poco el
promedio de baja estatura de la población. Ella cree haber encontrado la cuna
de sus ancestros. Ahora medita acerca
del carácter de sus coterráneos No han
heredado la alegría, el espíritu de diversión de los pueblos latinos que han
visitado. Uruguay le parece un pueblo
circunspecto, algo resignado, no de demasiadas salidas ni jolgorios. Acaso los
conquistadores o los posteriores colonos
perdieron en el viaje, todo aquel
aparente desborde de risas para
adoptar la callada e indiferente vida del conquistado. No mucho quedó de él,
pero tal vez en las cuchillas flota todavía un toque contagiante de su mudo pasaje.
Visitan un completísimo zoológico que posee animales de las más alejadas regiones y
de los climas más diversos. Ven un museo y un lago pequeño, donde focas
amaestradas y acróbatas hacen las delicias de los observadores.
La catedral los atrae como siempre al viajero, arte
de pueblo, resumen de su historia y creencias. El frente está labrado como fina filigrana. El
interior, conformado por corredores laterales que rodean un altar único y
central les parece algo oscuro y triste. Sin embargo de las sombras emergen
doradas esculturas y pinturas valiosas. Se siente allí, el recogimiento casi
agobiante que ella sintiera en San Antonio De Padua. Piensa
que Dios estaría más contenido en las bellas montañas, el mar
abierto, el cálido hogar, o una iglesia llena de su luz.
Afuera en cambio
un espectáculo muy colorido Corceles enjaezados espléndidamente en el
patio inmediato con jinetes ataviados con extraña vestimenta. Es la atracción
de fieles y paseantes que se detienen. No se atreven ellos a preguntar por el
significado de aquella función entre circense y conmemorativa y se alejan con
las incógnitas que no se develaron.
También pasan por la Iglesia de Nuestra Señora,
bellísima e inconclusa joya arquitectónica, símbolo de Barcelona, que expone su
fachada primorosa como cofre lujosamente labrado, pero lamentablemente vacío.
El día
siguiente es domingo. Desde temprano grandes afiches engalanan la ciudad. La
corrida será a las cuatro. La plaza circular, circo o arena, donde hombres y
bestias expondrán su vida con un resultado de muerte, triunfos o llanto, para
brindar a los espectadores ávidos de emociones, de color o de sangre. Ellos no
asistirán a la misma. No lo ansían. Han
visto muchas en el cine. Seguramente el espectáculo en vivo les resultaría
doloroso. No lo comprenden. Para ello deberían haber nacido en España, donde es
como un rito, un arte fino y simbólico
que jamás comprenderán. Y sin embargos cuántas personas visitan España
atraídas por las mismas. Y gritan y ovacionan, ríen y lloran ante el
colorido drama donde hay arena y sangre, valentía, inconciencia, sol y
sombras. Necesariamente habrá un vencedor y una víctima no está preparada para
aquello. De donde vienen, el ganado pasta libre por las colinas y praderas Un
golpe en el testuz marca la silenciosa y
necesaria muerte antes de convertirse en
alimento. Pero no pueden juzgar esas
costumbres muy arraigadas en una sociedad, costumbres que seguirán siendo
un atractivo para multitudes.
No están arrepentidos de no haberla presenciado.
Tal vez el dinero que conservan tampoco lo habría permitido, pero no habían
pensado en ello.
Siempre
en la calle, se sacuden la aspereza que
ha rozado su alma. Pasan un arco de triunfo y muchas fuentes que con su alegre
frescura cantan a la vida.
Cuatro días permanecen en la ciudad. Cuatro días de
placer, emociones, descubrimientos, despreocupadas caminatas. Pero saben que
esto es un paréntesis en sus vidas, un recuerdo para el mañana. Ahora deben
marchar, y lo hacen en un Caravelle de Iberia. Destino: Palma de Mallorca. Pasan serenamente entre una cortina de grises
nubes. A través de ellas ven el mar, los picachos de la isla, luego el
contorno, algunas poblaciones menores. Finalmente sobrevuelan la ciudad hasta
aterrizar en la misma. Van en autobús hasta la Terminal.
Cerca de
ésta, el Hostal del Liceo, pequeño y
agradable, donde pasan largas vacaciones muchos pensionistas alemanes los
recibe amablemente. Comida abundante y
buena, saborean platos típicos que no conocían. El paseo por la ciudad les gusta
sobremanera. Se internan en
callejuelas estrechas y pobres, que
parecen escapadas de algún cuadro
argelino. Todas las calles mueren junto al mar donde un murallón muy gastado pretende detenerlas, cinturón
costero que otrora debió ceñir a la ciudad.
Algo
más allá se distingue un austero
monasterio, y hacia las playas, alejadas del centro de la ciudad, se insinúa
una rambla en plena construcción. Hacia ella se dirigen para tropezar con un
barrio pobre y antiguo que les parece de pescadores. Casas bajas de techo
plano, calles casi abruptas, sin asfalto, en desorden que deprimen.
Pero ese era apenas un rincón del turístico
balneario. Casualmente pasan por un paseo, esbozo de avenida que se llama
Uruguay. El motivo del nombre les es desconocido, pero está en ese lugar
para recordarles la tierra lejana. La
ciudad es grande y posee estilos muy variados.
El centro luce edificios, algo antiguos, de varios pisos.
Las calles se ensanchan allá pero aún encuentran
pórticos, arcos, escalinatas que descienden en un mismo sentido.
Avanzando por la rambla se encuentran con un
pequeño astillero frente al cual un puente giratorio permite internar en el mar
a las naves luego de construidas, deteniendo en ese
momento el tránsito. Desde una colina un castillo los observa.
La industria de las perlas es en la isla la más
publicitada. Por doquier encuentran carteles de propaganda con esta
inscripción: “Perlas Majorica”
El costo de vida es accesible para quien llega de otros países europeos. También
el clima es muy favorable. La temperatura oscila entre los dieciocho y
veintitrés grados en todo el año. Esto atrae como un imán a personas nórdicas
especialmente, aunque quizás invite a
aquellos de zonas tórridas o tropicales.
Otra
plaza de toros aparece ante ellos. Pero ya no hay corridas, ha pasado recién la
temporada para esos eventos. Por eso se atreven a ingresar en ella. Las
graderías están numeradas por debajo. Unas rejas separan las comunes de las que
ocuparán personas distinguidas. Escalinatas posteriores conducen a los altos
palcos. La arena ahora es poca y nos dicen que después se cubrirá de aserrín.
Nos indican las puertas que se
levantarán cuando ingresen los toros. Nos vamos felices de conocer sin tener
que vivir emociones muy fuertes.
En el puerto hay surtos muchos barcos y yates. Un
portaviones se mantiene a prudente distancia. Sin dudas su calado le impide
acercarse. En el lugar más privilegiado de la rambla, se ha construido un hotel
de lujo que une su escalinata a un puente que como un arco, vuelca su carga de
huéspedes a una piscina que se recuesta en el mar.
Muchos
centros nocturnos llaman con sus luces. El Molino de “Jack El Negro” parece a
punto de caer, viejo achacoso y atrayente, saturado de salitre marino
Los paseos más visitados de la isla son las grutas
de singular belleza. La más cercana de ellas, llamada de Génova, está apenas a
cinco kilómetros. Luego, atravesando la isla están las más importantes, una de
ellas es la de Hans. En las cercanías de la misma Federico Chopín y Aurora
Dupin vivieron el mejor período de su célebre romance.
Otras atracciones son los cortiles, campos y
establecimientos destinados al toreo, donde por un precio accesible se puede
disfrutar, si así puede decirse, del espectáculo taurino y ¿por qué no?,
participar del mismo enfrentando a animales jóvenes y menos peligrosos.
Madrid
y el regreso.
Luego de otros cuatro días de grata permanencia,
abandonan la ciudad. El destino es esta vez Madrid, inicio y fin de su gira
europea.
La ciudad es hermosísima. Modernos rascacielos y
construcciones muy ornamentadas y de aspecto palaciego.
Un hotel muy pequeño, más parecido a una pensión es
su albergue. Está vecino a un magnífico paseo y a un museo etnológico
importante. Apenas dos cuadras de la Plaza de La Cibeles y el bellísimo Palacio
de las Comunicaciones. El madrileño
parece muy aficionado a las salidas nocturnas, hasta con los tres grados
centígrados que les aporta ya aquel
noviembre.
Vestidas con elegancia, mujeres de cuidadas y
largas cabelleras van y vienen hacia
destinos desconocidos. Algunas viejecillas acurrucadas venden cigarros,
castañas calientes, maníes con cáscara o pelados, solos o cubiertos de azúcar,
chocolate o sal.
Muchos comercios muestran el refinamiento del cuero
bien manufacturado, zapatos, bolsos, tapados y otras prendas. No son demasiado
costosos. La lana lo es más. Se ven máquinas y herramientas fabricadas en
países vecinos, especialmente en Italia, Alemania y Francia.
Por todos lados se observa la actividad de un
pueblo afanoso de alcanzar un progreso que parece cercano.
Ven muchas fuentes, algunas con un giro curioso y
rebuscado en las caídas de agua. La ciudad es muy extendida. Sus calles
bulliciosas ascienden y descienden a menudo. Cines e iluminados teatros atraen
al paseante. Por todos lados se nota un apresurado despertar del país.
Encuentran obreros que arreglan calles, amplían el
recorrido del Metro, pernoctan en las esquinas en carpas entibiadas por el
fuego que han encendido cerca.
La mayoría de los automóviles que pasan veloces por
las avenidas son importados. Solamente el Seat y el Dodge, con directivas de
origen, se fabrican en España.
Los edificios de esta capital, ese aire palaciego
que muestra un esplendor, que a pesar del estancamiento de largos años no puede
desaparecer. Tal vez por ser lo último que verán en este pasaje, dificilmente se borrará de sus retinas. Hay
un algo que a ella la enorgullece, el
saber que aunque lejanos algunos ancestros procedieron de esta tierra.
Dicen que lo bello es efímero, este viaje parece confirmarlo.
La
noche del 21 de noviembre los ve ascender a la nave que los acercará a su
hogar, a sus hijos, a su familia.
El sueño no se ha roto, el despertar es feliz y la
memoria será fiel a este período que les deparó sorpresas, alegría, alguna
pena, asombro y placer.
No quieren decir Adiós, mejor ¡Hasta siempre Europa! “
Hoy, sesenta años después, revivo la imagen de mi
padre a principios de la década del
cuarenta.
Ambos de la mano, iniciaremos juntos una marcha
desde esos años hasta un pasado reciente. Describiremos también algo de su
infancia en la cual me incluyo porque la he vivido a través de sus relatos.
“Un mapa
del Departamento de Maldonado cuelga de la pared del pequeño escritorio, en la
blanca casita perdida entre médanos y pinares. Estamos situados en una casi
niña Punta del Este, entre las paradas diez
y once de la costanera que da a la Playa Mansa.
La carta geográfica tiene a cada lado un cordón que
al cruzarse indica los puntos diversos del minúsculo suelo. ¡Cómo si fuera
necesario! Mi padre ha recorrido palmo a palmo
casi toda la zona que la figura muestra. Múltiples visitas a las casas
de campaña o de ciudad. Extenuantes cabalgatas como funcionario o frecuente
encuestador.
Ahora, treintañero, se sienta vecino al diseño
tutelar y a sus muchos papeles.
Enfunda el uniforme verde-grisáceo de oficial de
policía. Con frecuencia calza botas y éstas como sus correajes son tan
lustrosos como la visera de su linda gorra. Es muy prolijo en su vestir, aunque
casi nunca viste de civil. Alguna vez encarga a Introzzi, casa especializada en
uniformes e impecables confecciones, algunas botas o casaquillas que él considera necesarias y que no le han
proporcionado. También mi mamá y yo
recibimos en ocasiones, fino
calzado que él ha querido obsequiarnos.
El catálogo ofreciendo sus múltiples artículos, llega con frecuencia.
El trabajo lo absorbe. Son pocas las horas que
puede dedicarnos. Sin embargo se ve feliz, a pesar de los problemas inherentes
a su cargo.
Posee tacto e inteligencia para alternar con los
vecinos sencillos como él y los veraneantes que a menudo son políticos,
diplomáticos, o extranjeros refinados y adinerados.
Su conducta está basada en la disciplina, el orden
y la superación. Tiene la caligrafía armoniosa y hermosa de un maestro. Pero no
es innata en él, sino el fruto de la perseverancia con que ha copiado
Constitución y Códigos, tarea ésta, por supuesto voluntaria.
Por estos años ocupa un segundo puesto dada su
edad, pero destaca en un primer plano según
sus dotes privilegiadas.
Su servicio está volcado a la Comunidad, pero
reserva algunos ratos para plantar
rosales en nuestra casa, o para el baño veraniego en los calurosos mediodías,
baño que compartimos juntos, mientras mamá a quien el mar no le cae muy bien,
termina de preparar el almuerzo.
Lo veo saborear blancas y jugosas ciruelas antes de
dedicar quince minutos a una siesta reparadora. Regresa luego a su trabajo
diario.
Con frecuencia cepilla el lustroso pelo de su
caballo, llamado Defensor, al que muchas veces subo con confianza y ayuda. El
período de tiempo en que nos hemos detenido
dista casi veinticinco años desde sus precoces viajes de cinco leguas,
montado, desde el campo paterno al poblado más cercano, gorra en mano, cada vez
que saluda a una persona mayor, responsable de cien recados importantes y con
frescos ocho años de edad. Tal vez ya
pasaron más de quince, desde que naciera su última hermana con la que sus
padres han alcanzado el bonito número de catorce hijos.
Él es el primogénito, nacido en 1905.
Sin dudas ahora pensará muchas cosas acerca de los
años pasados, como lo breve que ha sido su niñez, lo desconocidos que eran los
juguetes comprados, lo raros que resultaban los regalos, lo desconocida que era
la Navidad. ¡Papá Noel aún no había
descendido al Hemisferio. Sur! y.
difícilmente los Reyes Magos se habrían
detenido en casas con tantos niños.
Ahora sabe que existen seis de enero y saca fuerzas de su modesto sueldo para que
yo tenga más de un obsequio en mis zapatos esperanzados. Mi madre, todavía muy joven, recibe siempre
un presente en esa fecha.
Las funciones de padre las cumple con total
eficiencia. Está la sonrisa complacida, el beso cálido, las caricias sencillas
y no demasiado efusivas.
. Se
preocupa por la escuela, por la aplicación, la conducta y la asistencia. Lo veo
oficiando de improvisado enfermero curando las heridas de aquellas severas
quemaduras que sufrí dos años atrás. Manejaba tijeras y gasas, asesorado por el
médico, logrando una curación tan exitosa que no dejó rastro alguno. Estoy
convencida que solamente a él, le habría
permitido yo, curarme, tanto era mi
temor al sufrimiento. Con entereza, él había podido esconder ternura y pena
ante mis llantos y ruegos.
Mi madre
rehuye esos momentos, es más débil y temerosa. Ella se preocupa por mis
trenzas prolijas, mis rodillas pulcras,
por la blanca y almidonada túnica. Cuida mis catarros invernales y a veces
comparte algún juego con mi muñeco preferido.
Cuando cambia cada estación del año, papá suele
acercarse engañador, por las noches o madrugadas, con la cuchara escondida, el
consabido aceite de ricino y un gajo de naranja en la otra mano. Por supuesto
aquella tortura se la ha impuesto primero a sí mismo, es el rito usual en este
tiempo.
Mi padre
marcha sin retrocesos y yo marcharé con él, para narrar su pasaje profundo por la
vida. .
Va al campo. Allí sus botas solamente reposan
vacías, en la calidez de su hogar. Yo he aprendido a quitárselas. Por lo menos
es lo que me ha hecho creer. Me siento hábil y competente hasta cuando caigo sentada con una de ellas
en las manos.
Entre los pastizales no hay elegantes turistas, ni
almuerzos en mesas engalanadas. Faltan
los múltiples cubiertos que con serenidad ha simulado conocer; aquí no se
sirven comidas sofisticadas. Vuelve nuevamente a la roja carne ovina, a los
aromáticos guisados de legumbres, a los frecuentes asados.
Su vida es más tranquila.
El campo
da lugar a la Villa. Es 1943, ahora, cuando nos asentamos en ella. Papá la
encuentra más extensa y mejorada. Ha
iniciado aquí su carrera policial a los
diecisiete años. Ahora regresa con el cargo máximo. Se muestra más severo. Debe
serlo. Hay vecinos colaboradores y gentiles, personas de bien, pero también
está el jugador asiduo que en las noches no duerme y entre alcoholes y cartas
pierde la dignidad, el dinero y la honradez.
Muchos niños no acuden a la escuela por negligencia
de sus padres, por ignorancia de las leyes o porque son pequeños brazos para
trabajos grandes.
Esas realidades no están insertas en los cánones
que maneja ni en el orden que defiende este serio Comisario.
Pide colaboración a los maestros y éstos se la
piden a él; se vincula fuertemente con el Consejo del Niño, convirtiéndose en
el delegado local de esta institución. Toma todas las medidas para que la
situación se revierta. Poco a poco todo va retornando a la normalidad.
El fútbol
es acá una verdadera batalla campal entre locales y visitantes, a menudo,
carolinos. No todas las personas son sensatas y entonces se enfrenta a un pueblo dividido: una mayoría que le
agradece y estimula, una minoría que lo
odia o desafía. Sigue el camino recto, no permite vicios ni tentaciones
peligrosas.
Austero, marca un límite que nadie debe sobrepasar.
Apisona las calles de balasto en su pasaje nocturno e inspectivo En las tardes
domingueras, suele montar su brioso corcel tordillo,”El Comadreja”, conocido
parejero de Las Piedras, que retirado de
las cuadreras le es obsequiado por un
amigo. Ahora es su más celoso colaborador en el control de los deportes.
El Tiempo nunca se detiene. . Pasan uno, dos,
cinco, diez años. Durante ese período siempre ha rehusado las licencias
reglamentarias, seguramente por temor a que su alejamiento momentáneo pudiera
significar una alteración en su planificación.
Marcha ahora hacia un destino diferente. Tres
hectáreas que ha adquirido en los aledaños de la Villa le esperan. Ha .hecho
construir allí su casa para la hora de su retiro, y el mismo llega, por lo
menos así lo considera él.
Con apenas
cuarenta y ocho años y más de treinta y uno de servicios, declina ascensos que
le son ofrecidos. . .
No desea marcharse de esta población; sabe y siente
que aquí cercanos están sus orígenes. No ha olvidado inquietudes, uniforme,
galones, pero ha decidido volcar los años de un futuro que se presume largo a
una vida bucólica y ancestral.
Le ofrecen cargos muy importantes que no acepta.
Nadie sabe si son claudicaciones, nadie juzga el motivo. Como siempre su
decisión es definitiva. No son los fracasos sin duda los que lo empujan, tal
vez sea la certeza del deber cumplido y la satisfacción de la tranquilidad que
deja tras de sí. Tras un homenaje popular, donde se congrega gran parte de la
población, y alguien hace un encendido discurso, deja atrás esa etapa muy
gravitatoria.
Ahora la oficina es su hogar. Integra alguna de las
viejas Comisiones, asesora a vecinos que lo consultan, pero en las madrugadas
ordeña a la vaca que da leche a su familia y a algunos vecinos que vienen a
comprarla.
Cuando el sol entibia las mañanas, monta el caballo
de turno y va a la ahora ciudad a hacer
sus compras y visitas. Pero los equinos envejecen, se enferman, mueren. Ya no
soporta más las pérdidas que le resultan
muy dolorosas y decide no comprar nuevo caballo. En su lugar adquiere una
motoneta.
Por las noches se levanta a controlar si está
encendida la luz (madre artificial), de los rubios pollitos que hoy cría. A
veces son quinientos, otras, mil.
Los días parecen cortos para tanta actividad, pero
no le impiden a ratos vigilar el sueño o
el juego de sus nietos, mientras mi madre o yo cumplimos con nuestros trabajos
de muy pocas horas. Los nietos le han
nacido cerca, casi en su propia casa.
Para el varón, trae el vaso de espumosa y tibia
leche recién ordeñada. Para su hogar o el mío, las mejores hortalizas,
legumbres o frutas de su quinta.
En mis cumpleaños, gusta llamar muy temprano a la
puerta, la gallina más grande y más gorda, caliente y desplumada en una mano,
mientras trae en la otra el regalo que
él mismo gusta elegir, y que como niño ansioso desea ser el primero en
entregar.
Así entre su fe fortalecida, renovada, en aquel
Dios que a veces descuidara, y su amor y preocupación por la familia a la que
da consejos si se los piden, comentarios de su pasado, y ayuda frecuente, va entrando en la ancianidad.
Es la enciclopedia
preferida a la que recurrimos,
hijos, nietos y biznietos. Pueden escapársele algunos conocimientos, pero está
permanentemente actualizado. Ama la lectura. Sus textos preferidos son la
Biblia, los libros de Historia que relee una y otra vez y La Mañana, su
matutino preferido. Tampoco pierde los
informativos radiales. Escudriña hasta las más diminutas noticias, por eso está
al corriente del último hoy, como su
memoria lo ata a los más lejanos ayeres.
Está sereno, tranquilo, a veces parece que ansía la
paz definitiva. Sufre con entereza una
enfermedad que lo aqueja desde hace ya dos años y de la que supone no se
repondrá. Así con lucidez plena llega al umbral de su partida. El sábado ya ha
terminado. En la tarde ha tenido incluso
palabras y sonrisas para mí, para mamá, para mis hijos. Pero transpuestos sus
noventa años no espera como antes a contemplar un nuevo amanecer, ni siquiera a
recibir mi beso postrero. Tomado de la mano de su nieto, con mi madre vecina,
se duerme confiado en el Más allá.
Wilma Pereira de Vaccaro 2004
Era una medianoche perezosa. Las blancas paredes y
el nerviosismo se habían integrado al aire en
los semicallados corredores de la Sala de Maternidad.
Dos puertas se abrieron de pronto. Los relojes
marcaban la hora cero del domingo 5 de
junio.-
Futuros padres intentaban disimular sus ansias con
sonrisas leves, mientras varias abuelas intercambiaban pareceres, entrelazaban
recuerdos, revivían ilusiones. Era el año 1988.- El sábado acababa de morir con
su carga de incertidumbres y de sufrimientos. Las puertas se cerraron
nuevamente tras la madre en ciernes y el
ginecólogo sonriente y optimista.
Cinco
minutos después una lucecilla se
encendió en el pasillo, señalaba la aparición de una nueva vida, y su tono
rosado confirmaba la sospecha de que
esta vez era mujer.
¡Cuántos
ayeres confluían en la genética de esa maravillosa creación! El padre aportaba
un apellido germánico trasmitido a través de tres generaciones, un toque de
americanismo y un fresco aroma de los cedros del Líbano. La madre en cambio un
apellido itálico ingresado directamente por el abuelo y un algo de arraigada
orientalidad por parte de otra abuela cuyos ancestros europeos se pierden en el tiempo.
¿Qué surgiría de esa conjunción de razas?
Seguramente un ser ennoblecido en tan espléndido crisol. Entonces eran apenas
tres kilos distribuidos en cuarenta y ocho centímetros envueltos en tibia
manta.
Atrevido montoncito de carne que osaba lanzar
gritos estridentes en su abrirse a la vida.
La abuela se sentía inmensamente feliz. Lloraba
emocionada. Tenía ya un bellísimo nietecito que aún no alcanzaba los dos años.
Había nacido también bajo los rigores de
junio, un día catorce. Llevaba el mismo origen, miscelánea de razas y de
pueblos en su sangre y era risa fresca y abrazo cariñoso. Pero cuando nació fue
tanta la emoción y tantas las premuras, las inquietudes y los desvelos, que
ella no había tenido tiempo para la
crónica, para la pluma, para el registro.
Había sido
necesario este nuevo soplo de vida para que comprendiera que debía ir contando
los presentes, como antes los pasados.
Ahora
sonríe, espera. Uno de sus árboles ha florecido ya en dos brotes, repitiendo
curiosamente su comienzo como madre. ¡Cuántos recuerdos y añoranzas
reviven en sus brazos estremecidos!
El ayer era casi este hoy que es un poco más ajeno
pero que va perpetuando su leve pasaje
por el siglo que no tardará mucho en desaparecer.
El abuelo llega presuroso al primer aviso, viene a
ver a la nenita, pero muy especialmente a la hija que ha florecido
prodigiosamente cual si fuera primavera.
Se encuentra satisfecho de que el destino ofreciera la primera cuna a la
pequeña en el hermoso Hospital Italiano de Montevideo. Allí, inscripciones en
su idioma natal, y una arquitectura conocida,
le hacen sentir como si el alumbramiento se hubiera producido en Italia.
Para otro, eso no significaría mucho,
pero para él, nostálgico perenne aquel momento lo compensa de muchas
claudicaciones y de tanta añoranza.
Dos años
después, un diecisiete de mayo un nuevo niño completa el terceto de nietos que
les aporta la hija. Por motivos de salud, los abuelos están lejos. La alegría
les llega por una llamada telefónica que efectúa su hijo, feliz tío, en la madrugada de Uruguay. Están
ajenos en estas horas, pero a su regreso
viven en el primer saludo la sorpresa
del parecido entre el nuevo y robusto nieto con el abuelo. El rostro muestra la
misma boca y mejillas pero especialmente los ojos que parecen alargarse
buscando lejanías. Es ya 1990 y el trébol perfumado da un toque de frescura a
la feliz familia, que se siente renacer en cada una de las hojas.
Extraña
y emotiva historia de Bruneslav
Alessandrovich.
Datos recogidos por mi esposo, de quien “Don Bruno
fue
amigo y frecuente confidente.
Esa
tarde se sentía particularmente deprimido. El otoño le provocaba cierta
melancolía. Tal vez debía organizar un asadito. Mañana hablaría con Alberto o
Eduardo para que reunieran a la barra. Sin dudas eso lo reanimaría.
No se
había sentido muy bien últimamente. ¡Esa
presión que a veces se disparaba!-Miró por la ventana. ¿Cuánto hacía que
conocía la ciudad? Posiblemente cerca de
cuarenta años, desde la época en que trabajaba en la Constructora de los
Reolón. Cierto que después se había ido
para Colonia y en Tarariras tuvo una empresa propia. Pero un día no hubo más
casas para edificar.
Después tuvo aquella oportunidad de establecerse en Pan de Azúcar con una filial de almacenes
de renombre. ¡Habían sido días buenos
aquellos, con la colaboración de la esposa laboriosa! Marchaba entonces con frecuencia a Colonia y regresaba
con quesos bien escogidos y más
solicitados.
Sus hijas,
las mellizas, ya habían crecido.
Un día
la cadena comercial desaparece y queda
al frente de un negocio propio. Entonces
la esposa debió trabajar más. Él, sin saber por qué, había llegado a una etapa
de la vida en la que se le amontonaron todas las frustraciones, las rebeldías y
los fracasos.
Se sentía vacío, y con frecuencia trepaba a la
camioneta y marchaba a compartir recuerdos
con algún amigo, o asados como el que hoy deseaba.
Hacía muchos años que había llegado a América.
¿Cuántos?-pensó.-Llegó en 1948. Argentina había sido la entrada. Al terminar la
guerra estaba en Roma y los norteamericanos que ocupaban Italia lo habían hecho
prisionero. Su nacionalidad, polaco, más
que a castigo los motivó a dolor. En
realidad había sido apenas una víctima de aquel pandemonium que acaba al fin.
Le dieron dos opciones, repatriarse a su país arrasado y paupérrimo o aceptar la visa de una de las
pocas naciones dispuestas a acoger a ex -soldados del ejército alemán. Eligió
Argentina.
Para entonces ya se había casado. De allí,
familiares de la esposa que vivían en
Uruguay, lograron traerlos.
Todo eso lo recordaba ahora, aunque con cierta
fatiga, pero antes… ¿Qué había pasado? ¿Cómo se había metido en esa guerra que
ni siquiera había intuído?
Asomaban sus inquietos catorce años. ¡¿Cómo
olvidarlo?! Hasta entonces andaba libre por las calles de Grandzen, su ciudad.
También integraba una pequeña banda musical y hasta vestía un lindo uniforme.
La madre y la hermana tenían mucho en que ocuparse para sobrevivir en un país
frecuentemente deseado por los vecinos. Al padre lo había perdido cinco años
atrás.
Polonia, rica en subsuelo y sitio estratégico era
el punto de mira de ambiciones ajenas.
Por eso,
aquel ensombrecido setiembre de 1939, cuando vio avanzar a un ejército altanero
precedido de una marcial y bellísima banda no tuvo miedo. Nadie lo había
advertido de ellos. Su ingenuidad niña no lo hizo desconfiar de su presencia.
Quedaron allí un tiempo y él se acercaba a menudo a oír los ensayos de la
Banda. Los soldados no lo trataban mal. Eran unos jóvenes apenas mayores que
él. Alguna vez lo invitaron a compartir su comida. Pero lo más importante era que le permitían
acercarse a observar aquellos bronces relucientes. Se sentía fuerte, algo sabía
ya de música, posiblemente pudiera sacar sonidos gratos si se lo permitieran.
No supo entonces que su Patria en pocos días había
quedado dividida en dos. Tras la entrada de aquellos soldados que tomaron la
parte occidental, los rusos avanzaron por el Oriente.
Ni siquiera advirtió que la Banda no ejecutaba la
Polonesa Heroica de Chopín. Tal vez era de Wagner esa marcha. Igualmente la
encontraba hermosa.
Así, cuando el regimiento y su banda marcharon
hacia nuevos destinos, un adolescente rubio y eslavo estaba entre los músicos.
Las sonrosadas mejillas se inflaban mientras boca y
pulmones buscaban armoniosos sonidos.
Ahora, hoy, no recuerda si les pidió que lo
llevaran o ellos se lo ofrecieron. Claro que aún gastaba sus catorce años. No
pensó en la familia que dejaba o supuso que no llorarían su partida. Al fin,
sería una boca menos que alimentar en
aquella tierra con huelgas y tantos conflictos internos.
Chopín y su rebeldía, se habían ido mucho antes que
él naciera y el yugo posterior casi no se insinuaba todavía.
Pero los días pasaron veloces igual que atravesaban las fronteras.
La adolescencia iba quedando atrás desgarrada junto a sus sueños.
Tarde comprendió que las guerras no requieren
siempre de fanfarrias, se necesitan soldados y debió serlo, por una causa ajena
y contraria a los intereses de su patria. El torbellino lo incluyó en las
tropas aparentemente insensibles que avanzaban siempre. Alguna
vez lloró. Nadie lo supo. Fueron más las veces que con amargura apretó
los puños y se tragó aquellos sollozos que pedían libertad.
Se hizo hombre cuando vio al primer muerto o se
acercó al herido. Su carácter no era agresivo, no estaba formado para ello. Sin
embargo pasó por África conduciendo tanque pesado. Roma marcó el fin
de su errático camino. Después fue América y Uruguay.
………………………………………………………………………………………………….Largos,
largos años tuvo clavada en el alma una dolorosa espina ¡La madre, lejana e
inaccesible! Es verdad que había restablecido contacto con su familia; que
mandaba naranjas coloridas, más valoradas allá que lujosas joyas. Hubiera
deseado volver como partió, niño inocente y rubio y encerrarse en brazos
dinámicos y protectores.
El milagro, la posibilidad del regreso se produjo
cuando menos lo esperaba. Alguien lo vinculó a un carguero que partiría curiosamente
perfumado de citrus con destino a Rótterdam.
Pero en medio de las esperanzas llega el dolor.
Pierde a la compañera. Tardíamente comprende cuán necesaria era ella en su vida
y en su hogar. Agobiado, piensa renunciar al viaje, pero las hijas lo animan y
finalmente con un cargo ficticio de Inspector de carga aborda la nave. Realiza
a veces trabajos de mozo de cubierta intentando ser útil, eso le granjea
simpatías entre la tripulación. Ya en puerto toma un avión y desciende en su
Polonia natal. ¡Cuántos años a cuestas llevaba su madre! Ya no lo esperaba, había perdido esperanzas y
lo que es peor expectativas. La hermana tampoco era la jovencita de sus
recuerdos. Fue cálido el encuentro pero desde el principio marcado para ser
breve.
Encontró allí sus raíces, pero las sintió ajenas.
Unos años
después, tuvo otra oportunidad y visitó nuevamente a la familia y a la patria.
Un día el correo le trajo la noticia, la madre se
había marchado agobiada por las luchas de una vida de sacrificios y
privaciones. Rompe así definitivamente los lazos con su tierra.
Al fin se
rehace. Camina por las calles de la ciudad de adopción. Trabaja. Hace compras.
Saluda amistosamente a los conocidos que
cruza. Ahora las hijas son adultas e independientes.
…Piensa otra vez en el asado de camaradería. De
pronto, aquellos múltiples recuerdos le pesan demasiado, como su emoción. Una
carga muy grande que lo abruma finalmente.
Necesita
descansar…y se va adormeciendo sin
prisa.
Desde
lejos. desde adentro, van naciendo los
acordes de un Nocturno de Chopín.
Era el primero de enero de un año ya olvidado. Tal
vez los cuarenta agonizaban.
Lejos de mostrar euforia, como todos los primeros
de año me sentía molesta.
Esa fiesta familiar, me había parecido siempre
carente de toda significación.
Mi alma se
henchía por las Navidades y se mostraba expectante los 6 de enero.
El inicio de cada año, sin embargo me resultaba
agobiante. Algo que podría suprimirse sin que nadie sufriera por ello. Indicaba
la acumulación de muchas fiestas, de demasiadas comidas. Consideraba entonces,
como hoy, que engañándose a sí mismos, todos aparecían fatigados, muchos
ebrios, con alegría efímera y prestada. Con gusto, habría yo borrado esa fecha
de los almanaques.
¡Cosa curiosa! Tampoco los domingos me deparaban
mucho entusiasmo. No por que iniciaban una nueva semana, sino por esa soledad impuesta y aburrida.
En fin, volviendo a aquel nacer de año, la
situación no era muy distinta. Papá había sugerido pasar un día diferente,
íntimo, solamente nuestra mínima familia, junto a la costa del arroyo.
Mi madre,
proveniente del campo, no mucho había disfrutado de él. Pocas veces había
escapado de la monotonía de la casa algo severa
donde había transcurrido su niñez y adolescencia.
Su salud era algo frágil y odiaba sentarse sobre el
pasto y almorzar sin la mesa acostumbrada. Parecía más una chica de ciudad.
Esta vez accedió a la sugerencia y así, ya algo avanzada la mañana, los tres
marchábamos algo pesadamente por senderos sinuosos, casi trillos, que morían
junto al agua.
Yo,
adolescente entonces, ponía el toque entusiasta ante la inusual aventura.
Llegados a la arena blanca y desprolija, me
atrajeron prontamente las invitantes aguas y pronto estaba sumergida en ellas.
Traté de nadar algo, pero aún cuando me pareció flotar, mis dotes no eran nada
destacadas y avanzaba apenas algún metro. Un sauce me prestó ramas y cabellera
para detenerme y respirar segura. En realidad comenzaba a agradecer la idea de
mi padre.
El campo en que estábamos pertenecía a Don
Bernardo Sierra quien lo
arrendaba a la Comisaría para que pusieran a pastar los caballos y alguna vaca.
Por eso era un sitio privado. Solamente algunas
lavanderas habían logrado permiso
para lavar en la playita. Por supuesto, éste no era un día laborable, así que éramos dueños absolutos del lugar.
Papá había
encendido un fueguito gaucho, donde había puesto a asar el costillar de cordero
que había llevado. De todo lo demás se había ocupado mamá.
Con algo de pena dejé las agradables aguas cuando
el aroma del asado me indicó que estaba pronto. La comida fue sencilla y
amable. Después mientras mis padres intentaban una siesta no muy cómoda, tirados en algunas mantas,
recorrí las cercanías sin alejarme mucho. Disfruté de alguna pequeña y
cantarina cascada, del trino de algún pájaro que desafiaba el calor bastante
intenso y me sentí más cómoda lejos del bullicio de otros años.
Por la tarde, los tres practicamos un poco el tiro
al blanco en unas latitas encontradas por allí y colocadas en la horquilla que
formaban las ramas de un árbol. Contra lo pensado, ni mamá ni yo sentimos temor
con el ejercicio de tiro y hasta desempeñamos un buen papel, acercándonos
bastante al objetivo.
Antes que
llegara el anochecer con insectos molestos y la humedad que podía provocar
aquella minúscula selva virgen, iniciamos el regreso. Habíamos cumplido con el
deseo de que ese fuera un día diferente.
¡Qué historia más trivial! Pensarán los lectores.
En realidad lo es. Pero tiene algo para rescatar. La playita sigue estando hoy,
casi como ayer, un poco embellecida. Ya
no es privada Forma parte del atractivo
Parque Zorrilla de San Martín de nuestra
ciudad. Tal vez hasta el sauce aún perdure,
pero han brotado por doquier, puentecitos, fogones, baños y parrillas. Turistas
llegan con frecuencia en estaciones
templadas. La flora autóctona se ha enriquecido con nuevas y raras especies
traídas de lugares exóticos. El trillo es un camino transitado mil veces por
todo tipo de vehículos, Se abre generoso en múltiples brazos que guían a
distintos rincones. Un escenario
flotante lució durante cierto tiempo hasta que un furioso temporal hizo que las aguas lo cubrieran. Cada tanto se descubre y vuelve a aparecer, por supuesto cada vez más deteriorado. El suelo se ha rellenado muchas veces, pero las
crecientes cada tanto impiden el acceso a los diversos sitios. Muy cerca hay un
hermoso complejo deportivo. Cancha de fútbol con gradas. Estadio cerrado
con una amplia piscina que da servicio a toda la zona. Un parque de
diversiones con coloridos juegos, que vándalos destruyeron alguna vez, pero que
hoy han sido restaurados o remplazados por otros igualmente atrayentes. En los últimos años,
se han organizado atrayentes festivales
de cantos y espectáculos gauchescos, que
engalanan al parque algún fin de semana
estival.
El campo ya
no es tal, la Ruta Panamericana que se
dirige a Brasil y a través de él a todo el Continente, lo separa de la ciudad.
Hasta un puente alto, techa la carretera y ofrece un opcional pasaje que más
que cómodo puede resultar curioso, para el trepar de niños y jóvenes y hasta para una persona
mayor como yo, que no desea olvidar el ayer…
por Wilma
Pereira de Vaccaro
El hombre vuelto hacia el pizarrón escribía con trazo firme que
demostraba su profesionalismo. Sentada en la primera fila, yo, lo observaba con
cierta sorpresa. En mis nueve años de edad, era la primera vez que tenía un
maestro varón. Lo encontraba alto, corpulento, un poco atemorizante. Sin
embargo, a medida que la clase avanzaba, a pesar de sus palabras
indispensables, advertía su ágil accionar para brindar enseñanzas claras. Su
aparente hosquedad volvíase en cualquier momento comprensiva indulgencia.
Rápidamente sentí la guía segura y experimentada.
Hacía pocos meses que mi familia residía en la Villa por lo
que la escuela y los educadores eran poco conocidos por mí. Algunos
compañeros familiarizados con el medio lo llamaban “El maestro Coco”. ¡Un apodo
tan infantil para su aspecto severo! Yo ya sabía que se llamaba
Álvaro Figueredo. En otras escuelas del Departamento ya había conocido a su
hermano Ricardo Tell que era el Inspector de Primaria.
Este curso se desarrollaba con mucha normalidad. Más
todavía con gran claridad y solvencia. Casi diría que los temas iban pasando
con bastante prisa. Algún mes después pidió licencia y vino una maestra
suplente. Su esposa, Amalia, maestra en la misma escuela, también se ausentó.
Eso corroboraba mi sospecha de que el maestro estaba enfermo, seguramente de
algo delicado ya que necesitaba especial atención.
Un poco después supe de su rara enfermedad. Solía
atacarlo con cierta frecuencia. Se llamaba “Inspiración” Cuando la crisis
llegaba debía refugiarse entre sus incontables libros dando rienda
suelta a su magnífica creatividad. La compañera debía crear el clima
adecuado para que concretara con éxito su gestión.
Pasada la acuciante molestia, retornaba como si nada hubiera
pasado y continuaba con sus lecciones. La disciplina de la clase era muy buena.
Si algún escolar gracioso intentaba pasarse de listo, rápidamente advertía la
acertadísima puntería que hacía que la tiza chocara casi rozando al pícaro. Por
supuesto, el silencio y la atención volvían de inmediato. Continuábamos con la
lectura, la gramática, la aritmética…
Un día soleado decidió darnos una clase al aire libre. Para
eso eligió el fondo del patio
de varones y allí formamos corro bajo la sombra de un árbol coposo. Ya
instalados, nos invitó a narrar algún cuento concebido en ese mismo momento. No
recuerdo cuántos alumnos intervinimos, pero me oí a mí misma narrar aventuras de
enamorados, de viajes y de aviones. ¿De dónde me nacía ese desparpajo y esas
ideas extrañas que con el tiempo parecieron una premonición? Nunca
lo supe. Mis frescos diez años no sabían de rubores ni de timidez. La
sonrisa del docente significó para mí una aprobación y me sentí contenta.
Todo aquello ocurría en1944, en un tercer año de la Escuela N° 6,
que por otra parte, era la única escuela de la hoy ciudad.
Como dato curioso, creo oportuno contar que en aquella década
además de Álvaro y Amalia, otros Figueredo daban clase en el mismo centro de
enseñanza. Eran ellos
Ricardo Leonel (el Chino) quien también fuera mi
maestro posteriormente, su hermano Darío ( Paco) y la esposa de éste. Los
mencionados eran hijos del inspector y por lo tanto sobrinos de Álvaro.
A medida que pasaban los años tenía menos contacto con
aquel maestro .al que tanto admiraba.
Amalia, a veces, me confiaba algún poema para que recitara
en la escuela o en la plaza. Siempre me había gustado recitar, mi
memoria era muy buena y me sentí muy cómoda diciendo al viento la
epopeya de la Patria convertida en una floración suprema.
El maestro jamás intervenía, parecía tímido, modesto, o
celoso de su obra, sumamente reservado.
Ya mayor, supe por pluma de su esposa que era él mismo quien me elegía
para que declamara sus poesías.
Pasó el tiempo. Los años escolares se iban sucediendo
con velocidad para mí que amaba la escuela. Llegó la adolescencia y con ella el
liceo. Pasaron también los primeros cursos. No fue hasta otro tercer año cuando
nos encontramos otra vez. Ahora era el profesor que dictaba clases
amenísimas. Era un verdadero catedrático El análisis de las obras que
constituían los programas de tercer y cuarto año era minucioso, claro y
atractivo. Deformábamos la letra no muy buena de por sí, para escribir todos
los juicios que vertía. Así conocimos a Homero, Sófocles, Virgilio,
Dante, La Biblia, El Cantar del Cid, El Quijote, Shakespeare,
Ibsen , Heine, Byron, Bécquer y los Modernistas.
Lamentablemente no sabíamos taquigrafía y la tecnología no nos
permitía todavía poseer grabadores.
Por aquellos años se tributó al poeta un bellísimo
homenaje en el Centro Progreso, único local apropiado en aquel tiempo para
fines culturales. El acto se jerarquizó con la presencia de varios poetas y
artistas en general, entre las que destaco la presencia de Esther de Cáceres
y de la soprano pandeazuquense Virginia Castro. Creo que se quería
festejar el premio que se le había otorgado al poeta por su Himno a
Varela, ya que escolares y liceales fuimos preparados para entonarlo. Al
finalizar el acto, Álvaro recibió un hermoso anillo de oro con un ónice que
aludía al bellísimo texto del poema.
……Había dejado de ser yo aquella estudiante más soñadora
que aplicada en que me había convertido en los últimos años. Era ya una joven
señora con un hijo de casi dos años cuando se produjo nuestro último encuentro.
Älvaro y Amalia, mi hijo y yo viajábamos en el mismo ómnibus. Nosotros
íbamos hasta el balneario a disfrutar de la playa, ellos un poco más lejos
hasta Punta Colorada. Allí pasaban gran tiempo de sus vidas porque era el
refugio oportuno donde se encontraban ambos con su musa.
Recordando acaso mi niñez, el maestro miró
con curiosidad a mi niño, bastante crecido para su edad. Cambiamos algunas
amables palabras de saludo, los dos nos sonrieron con afecto. De pronto a él le
nació una caricia y posó su mano sobre la cabeza de mi pequeño.
Tal vez un año después de ese fugaz encuentro oí al profesor decir
un bellísimo discurso dedicado a su ciudad. La voz era firme y emotiva.
La multitud conmovida aplaudió su lírico mensaje.
Cada vez que desde la amplia ventana de
mi casa miro al cerro majestuoso que me regala su silenciosa
imagen y me habla de su pasado remoto y desconocido, repito como el
maestro:”El cerro permanece, mojón de nuestra historia, numen de la ciudad. “
Mientras, mi hijo, no sé si al influjo de aquella
para él desconocida caricia, canta con peculiar frecuencia los poemas del
poeta. Evoca su existencia y valora su obra. Sus épocas apenas coincidieron,
pero sin conocer al hombre, sus virtudes o sus debilidades echa al éter,
a menudo fragmentos del fruto de aquella espléndida inspiración.
-
Wilma Pereira de Vaccaro
Debía escribir la solapa de una novela aún no
escrita, mejor dicho ni siquiera imaginada
Esto me atrajo de inmediato. Fue fácil crear un escritor. Bastaba apenas
situarlo en una región y tiempo determinado. Lo demás fluiría solo, así empecé
a garabatear mientras mi mente iba relacionando cosas y personas, cambios,
conflictos y sucesos históricos. Primero debería busca un título apropiado. El
mar debía estar presente como referencia ya que había sido uno de mis primeros
amores. Después aparecería un velero antiguo con su toque de ensoñación. No
importaba si goleta, galeón o carabela. Recuerdo que me había distinguido cuando adolescente copiando
de un pequeño diccionario el dibujo de un antiguo velero al que le puse todos los tonos del azul de mis ilusiones.
Una linda lámina lograda no sé cómo dadas mis pocas dotes de dibujante. Con una calificación alta había sido
seleccionada para adornar una sala del liceo en una exposición transitoria de
una semana. Así que mar y velas estaban asociadas en mi alma desde lejos.
Bergantín me pareció más sonoro, solo faltaba algún adjetivo para que el título fuera
sugestivo y rápidamente encontré uno. Así nació “El bergantín dormido” ¡Cuánto podía
encerrar un nombre con esa carga de reminiscencias y misterio!
Cumplido este mínimo acto era menester
mencionar una casa editora, la
fecha de escrito el libro, y
enseguida los datos del novelista.
Tampoco tardé demasiado. Como es habitual en mí, escribo casi al correr de la pluma, o el
presionar del teclado. Sin dudas eso influye en que mi prosa o poesía por
espontáneas y apresuradas pierdan calidad.
El escritor sería italiano, aunque la obra llegara hasta nosotros en una
esmerada traducción. Italia aún desde la distancia había jugado un
papel preponderante en mi vida y deseaba incluirla. .
La obra tendría un importante énfasis histórico y
me pareció muy cómodo y cercano imaginar que la trama estuviera vinculada
a Niza, cuna de Garibaldi, “El héroe de
los dos Mundos”
Así que
iluminada por mis simpatías sólo
tuve que revisar algo de la historia de esa región para que el ficticio
escritor tuviera motivos para escribir
la ya mencionada novela.
Poco rato después la solapa era una realidad.
Estuve cierto tiempo contenta con el logro, más aun cuando todo estuvo engalanado con la
estampa de una airosa embarcación
impulsada por vientos propicios.
Lo que sucedió después fue más extraño. Me enamoré
de lo que había creado.
La tapa me sonreía irónica como avisándome que sólo
era un engaño artero, árbol definitivamente sin frutos.
Fue allí que
cedí a la tentación de agregarle hojas con un sencillo argumento en el
cual historia y romance
estuvieran ligados. La época ya había sido seleccionada.
Así lo hice, pero no estuve demasiado satisfecha y
las hojas durmieron cierto tiempo en la carpeta donde guardo mis rimas, apuntes
y divagaciones.
De nuevo sentí el deseo de darle más interés e
incorporé un personaje real y cercano, la persona que leería el libro, alguien a quien conocí y
amé, alguien que ya no está, mi madre.
Logré ir enlazando las diferentes vidas, hasta
convertir aquel estéril palabrerío en algo con sentido. Gasté en ello
largos ratos de mis tardes. Hice que
convergieran todas las historias hasta crear un nudo central que podría
deshacerse en finales diferentes.
Todos pudieron ser, pero no fueron. Las novelas requieren paciencia,
habilidad, tiempo. Yo soy avara a veces
con este último. No deseo derramarlo en emprendimientos que puedan ser insensatos
e inútiles.
Por eso dejé atrás aquel rebuscado argumento que se
había vuelto demasiado improbable y rescaté
la narración inicial, pequeña, intrascendente, solamente para dar momentánea vida a quienes
registré en aquella tapa nacida en un
arrebato de peregrina creatividad.
Franco Vanín


![]()
Editorial Continental
Solapa
Novela histórica con cierta fantasía
en cuanto a los personajes,
lograda con un estilo claro y
accesible.
La trama se desarrolla en el Condado
de Niza, cuna de Garibaldi ,un poco
antes que pasase al dominio francés,
luego del Tratado de Turín.
Un apasionado romance, intrigas e in-
certidumbre en un momento especial-
mente conflictivo, un toque de suspenso
y un final imprevisible, hacen muy
atractivo
el relato.
Vanín, nacido en Génova fue un profundo
conocedor de la costa de la Ribera del
Poniente-
Vivió la época de transición.
La obra tiene un auspicioso prólogo, escrito
por el doctor en Letras Mario Acquaviva,
catedrático de la Universidad de
Cerdeña.
Debemos recordar que la provincia de
Niza
y su capital homónima habían sido
territorio
de esa isla hasta 1860.
La presente es la quinta edición de la
obra, agotadas
prontamente las precedentes.
Traducción al Español -Profesor Julio
Vasti.
Franco Vanín(1845-1916) escribió varias
novelas
de interés y mucha difusión, entre las que
destacan:
La muchacha de ojos color del
tiempo-1866
Velero en llamas-1867
Venganza tras la calma-1871
Buscando las costas ligures-1873
Publicó
además interesantes ensayos históricos
Editorial Continental 1895
El bergantín dormido
La joven había ayudado a su abuela en los
quehaceres domésticos habituales.
No eran muy pesados éstos, asear los dormitorios,
planchar alguna ropa.
Nada que estropeara la piel de porcelana de sus
manos o de su cutis de muñeca
Ahora tenía un rato para caminar por la ladera del
cerro, oír las avecillas o mirar las flores del campo…
Era tanto el cuidado que ponían para que aquel
pimpollo que apenas comenzaba a abrir, no ajara pronto sus pétalos, que ni
siquiera podía abusar demasiado de los benéficos rayos del Sol.
Entonces se refugiaba en el monte de eucaliptos,
vecino a la casa y sentada en la vieja carreta solía leer alguna revista
preferida.
Hoy, sin embargo, un libro pequeño y algo gastado
por trajines o uso era su acompañante.
En seguida le
atrajo No sabía cómo había llegado a la casa. Lo encontró tras un
armario, caído de canto
Seguramente lo había dejado olvidado alguno de los
huéspedes que venían de la ciudad. En la casa, salvo ella, sus dos abuelos eran
dos ancianos iletrados a pesar de que
vivían holgadamente. Eran fruto de otra época donde las escuelas estaban
alejadas y eran solamente para los muchachos de los centros poblados.
Los abuelos, sin embargo, habían tenido cuidado en
traer a una familiar bastante instruida
para que la niña aprendiera a leer y se educara formalmente.
Tal vez, la infinita soledad de aquellos campos
hizo el milagro, pues ella se convirtió de pronto en una lectora bastante ávida
y competente. Pero las publicaciones que
estaban a su alcance no pasaban de Las Cancioneras con letras de tangos de
Gardel o de Magaldi. que eran los
cantantes que hacían furor. Las revistas Leoplán y Caras y Caretas, que apenas
mostraba algún chimento rioplatense y
quizás alguna especie de tímida novelita
sentimental.
Pero este librito ajado, le pareció un pequeño tesoro. Apenas por la
ilustración de la tapa había comprendido que se trataba de una embarcación, y
el pensarla dormida lo máximo de la fantasía.
Tal vez ella no conocía al mar personalmente, o lo
había visto apenas de paso. La suya era una jaula dorada y cómoda, pero jaula
al fin.
El libro jugueteaba en sus manos o a la inversa sus
redondeados dedos lo acariciaban como a una posesión especialísima. Adivinaba ya aventuras, quizás amores, cosas
de las que estaba muy poco interiorizada. En la contratapa figuraban nombres de
lugares que resonaban poco en sus oídos Lugares tal vez cercanos a la tierra de
Ramón Franco, el aviador aquel, que
llegara con el Plus Ultra y de quien se enamoró prontamente. Incluso los
apellidos tenían otra sonoridad, solamente había uno que había oído nombrar en la casa, Garibaldi.
Por supuesto había sido casi al pasar. Sus abuelos de esos temas preferían no
hablar, porque él aferrado a sus raíces de divisa blanca, no soportaba aquel
estridente coloradismo de la esposa, que si no en palabras, se traducía en la
persistente compra de telas rojas como banderas, para elegir los vestidos de la
nieta. Tanta insistencia, había logrado que la muchacha callada pero algo
rebelde, prefiriese los tonos pastel,
especialmente ajenos a cualquier ideología.
Aparte del título de la obrita, todo lo demás era
desconocido y decidió en sus ratos de recreo ver qué escondía aquel velero
dormido.
El velero se hamacaba ya cercano a
las Columnas de Hércules, como tratando
evadirse del Mediterráneo, Sin
dudas corrientes y vientos habían oficiado -como timonel. “La Estrella”, goleta que partiera de Malta con una carga de tejidos y refinados encajes, la había avistado a unas
trescientas millas del estrecho, en la madrugada de un octubre, pasada ya la
mitad del ochocientos. Las voces y señales no tuvieron respuesta y
el capitán dio la orden de acercarse con cautela. El segundo oficial y tres marineros bajaron un lanchón y se
dispusieron a efectuar un abordaje de reconocimiento Una somera inspección
apenas reveló que estaba completamente
vacío. Llevaba como bandera unos flecos deshilachados e identificables Un escudo tallado en un costado y algunos
objetos del decorado interior parecían
indicar que procedía de Niza.
El hecho de que no encontraran
muertos a bordo descartaba dos posibilidades.
La primera que hubiera estado en
cuarentena a causa de una de las peligrosas epidemias que amenazaban con cierta
frecuencia, lo que les produjo alivio,
la segunda, que hubiera sido atacado por los terribles piratas que
asolaban por doquier.
Tampoco parecía víctima de violento ataque. Lo único cierto era que la nave iba sin
derrotero, completamente a la deriva, mecida por suaves olas y estremecida por furiosas
tempestades. Era casi un milagro que todavía estuviera erguida. Tal vez alguna
ensenada la hubiera protegido por cierto tiempo antes que volviera a
enfrentarse al mar y sus amenazas
Las incontables estaciones la habían deteriorado bastante, si bien no
tanto como para abatirla
El robo tampoco se advertía, ya que adornos valiosos y mercancía fina estaba
aún en su interior. La sorpresa que ocasionó su hallazgo fue tan grande que el enigma invitó a exámenes exhaustivos.
No hallaron brújula ni carta de
navegación. Después de cierto tiempo uno de los marinos que recorría minuciosamente camarotes y rincones encontró
caída la foto de una candorosa joven de traje largo a la usanza de
mediados del novecientos, con un lindo sombrerito de donde escapaban los cabellos muy rubios. Al recogerla vio que en
el reverso tenía una inscripción ya casi ilegible: “A Gian Paolo con todo amor,
Lidia.”
Seguramente era de la novia o esposa del capitán o de algún
joven teniente de a bordo. Imposible saber algo más. Pero a pesar de esos
detalles tan pequeños que motivaban
a conjeturas solamente, parecía que
todo se reduciría a ese pequeño hallazgo. Permanecieron muchas horas buscando
otros indicios, aunque eso retrasase su arribo a puerto. Su dedicación los
favoreció un rato después, ya que otro
marino tropezó con un sobre rosado, como aquellos delicados y de aroma florido en qué solían escribir las damas de otros
tiempos. Claro que ahora estaba impregnado del olor salitroso del mar que era
el único que conservaba el barco. Dentro del mismo una pequeña cartita decía:
“No puedo permanecer en la ciudad y menos en
mi casa. La soledad sería terrible sin ti. Eduardo me ha permitido subir
a bordo, sin que tú lo advirtieras. Le
aseguré que solamente deseaba
dejarte un recuerdo personal en el camarote. Ignora que no he de
descender bajo término alguno, es más me esconderé para sorprendente cuando estemos más lejos de nuestras costas.
Te ama Lidia.”
La búsqueda continuó cada vez más
ansiosa. Al fin, sacudido por el zarandeo apareció el cuaderno de bitácora. Las
últimas palabras escritas con pulso tembloroso y aparente prisa eran el último
informe del sin dudas joven capitán.”el segundo a bordo, Eduardo a quien
consideraba casi un hermano ha traicionado a nuestro Condado. Debió ordenar
aminorar la marcha para que el marqués de
Valbianco, hombre de muchos recursos y además con simpatías muy notorias
hacia Francia, lograra darnos alcance La
tripulación no debe haber sospechado
nada, dada la confianza que sabían
depositaba en el Teniente. Ajeno al
conflicto que se desataba en cubierta, yo estaba absorto buscando en el mapa las rutas más
convenientes, para que nuestro viaje fuera exitoso. Era una misión bastante
peligrosa la que me habían confiado; se
anunciaba ya la probable anexión a Francia y se hablaba de un tratado que firmaría
nuestro mismo rey.
En un intento de preservar para Cerdeña valiosas pertenencias del Condado
de Niza, deberíamos mantenernos alejados
de la costa evitando un encuentro fortuito con alguna
nave francesa hasta poder dirigirnos a Cagliari. El navío luce airoso la bandera sarda y desde
la distancia seríamos poco identificables.
Preocupado por todo esto no advertí nada extraño hasta que sentí
gritos enfurecidos e imperiosos. Salí de prisa y comencé a ascender. La
sorpresa casi me paralizó Un grupo de
soldados extranjeros estaba obligando al
trasbordo a la desprevenida tripulación.
El hecho de que se actuara desconociendo mi autoridad, se debió al carácter
altanero del Marqués y a los problemas personales que nos enfrentaban. Mi intención fue actuar de inmediato, pero
comprendí que ya nada podía hacer
si el hecho temido se hubiera
consumado. Desde abajo alcancé a oír entre el escándalo de órdenes y amenazas,
el nombre de Lidia. ¡Así que Eduardo también la había traicionado a ella,
y enterado, su furioso padre quería
llevarla consigo!
Poco antes yo había leído el mensaje de mi
enamorada y sabía que estaba en el navío,
Vergonzosamente me escondí, y
quizás todos, persuadidos que ambos habíamos fugado de la nave, terminaron por
marcharse.
No sé si he deshonrado a mi patria porque ignoro si soy un rebelde o
un miembro de su armada, pero hoy mi actitud ha sido lamentablemente
cobarde, en ese instante sólo atiné a
proteger a la mujer que amo. Todavía no la he encontrado, pero siento que
está muy cerca.
Nuestra marina ha cumplido destacados papeles en las infinitas batallas
que ha debido enfrentar a lo largo de múltiples transiciones, y es mi máximo
orgullo pertenecer a ella. No es la primera vez que me enfrento a luchas
peligrosas, pero hoy estoy vencido sin siquiera haber podido enfrentar al
enemigo. Ni una orden he dado para
proteger a mi tripulación.
Deseo encontrar a mi prometida y
sellar nuestro compromiso ante Dios, el cielo y este mar que hoy ha dejado de
ser mi paraíso para transformarse en nuestro exilio. Un exilio terrible y definitivo.
No será esta la espléndida noche de amor con que soñáramos y el bergantín
se convertirá en nuestro mausoleo.
Imposible continuar sin mis compañeros de navegación. Por lo menos aparentaré la hidalguía de haber
perecido junto a él. ¡Que Dios nos ayude! A esto pueden llevar las ansias de conquista, y los desgraciados
cambios de nacionalidad que permiten o acuerdan nuestros gobernantes”
Leída esta especie de despedida no
quedaba más que buscar y buscar los
cuerpos de los enamorados. Pero el
registro era arduo y parecía infructuoso. El bote debía regresar a la
goleta y transmitir al capitán lo que
habían averiguado La desilusión
se pintaba en los rostros apenados. Conmovido con la historia su
superior les permitió volver, esta vez con dos marineros nuevos. Volvieron a
subir y bajar la escalera y revisar
pasillos y camarotes. Cuando fracasada la búsqueda pensaban abandonar la trágica nave, un gran cofre disimulado por polvo y
telas llamó la atención de alguien.
Descorrieron la desagradable cortina buscando la cerradura. A pesar de no tener
candado ni llave, era muy difícil abrir aquel inmenso baúl, no solamente por
los años sino por la humedad que allí
reinaba. Buscaron cualquier instrumento para ayudarse en el intento, hasta que
encontraron una lanza quebrada que les ayudó a levantar la pesada tapa. El presentimiento era ahora
una certeza Allí estaban juntos para siempre los cuerpos de los amantes.
Jamás se sabrá si el capitán encontró ya sin vida a Lidia y decidió
compartir con ella aquel improvisado ataúd, hipótesis más probable, o si se
abrigaron en él luego de haber perdido toda esperanza de sobrevivir.
Tampoco Gian Paolo podría sospechar que la
fortaleza del pequeño navío cubierto en parte por aquel sudario de velas
desgarradas que le daban un aspecto
fantasmal lograra alejarlos para siempre
y unidos, de las costas lígures donde el amor difícilmente podría vencer a
desmedidas e infelices ambiciones.
…………………………………………………………………………………………
La muchacha enjugó el llanto que le había producido
la lectura y dijo para sí
Es una historia de aventuras y amor, tal como yo
esperaba. El final fue muy triste, pero al fin
conocieron el amor. Todos lo describen como algo maravilloso,
aunque como en este caso haya terminado
cruelmente.
Sacudió sus oscuros cabellos y poco
después marchó cantando hacia la casa. Sus quince años no le permitían pesares
duraderos.
W.P.V.
1/6/2009
FIN