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Pan de Azúcar en Sintonía

 

Escribe Alberto Vaccaro

 

ESCRIBE Wilma P. de Vaccaro

 

FILOSOFANDO

 

ESCRÍBAME

HISTORIA 

La Cueva de Pan de Azúcar 

 

(Reflexiones)

 

 

 

Alberto Vaccaro

 

 

La Búsqueda

 

Revisando un mueble me encontré una vez con papeles amarillos, y entre ellos,  una extraña leyenda:

 

“La cueva de Pan de Azúcar,

no te diré dónde está…

Porque alguna gente llega,

y no puede regresar.

La cueva de Pan de Azúcar,

Ya los cuervos te dirán

Y entre  la tupida rama,

Tiene el Sol su gran altar.

Te pido que no la busques,

es misterio de otra edad,

Y repito, no preguntes,

no te diré dónde está.”

 

La tinta casi sin color, el ajado papel, me llamaron mucho la atención. ¿Habría en Pan de Azúcar una cueva oculta, con desconocido encanto?

¿Se referiría el texto al Cerro, al Arroyo, o a la Ciudad? ¿Sería un mensaje verdadero, o una simple fantasía?  Guardé la hoja entre viejos cuadernos, y decidí dejar el asunto por allí… aunque las horas siguientes me descubrieron, de tanto en tanto, pensando en lo que había leído.

“Cueva”. ¿Acaso algún escondrijo entre las rocas del cerro, que alguien habría descubierto, pero prefería mantener en secreto? Y si la opción era el secreto… ¿Para qué dejar escritos esos extraños versos? Me pareció como uno de esos coqueteos sin mucha explicación, entre lo que sí y lo que no, entre lo posible y lo imposible, entre lo real y lo místico…

¿Por dónde comenzaría a buscar? La ciudad y su entorno son demasiado grandes como para asegurar un resultado rápido a mi curiosidad creciente. Sé que existen vestigios pre colombinos en toda la región, cerros con fogones y tumbas, signos no muy descifrados… ¿Estaría tal cueva relacionada con esas cosas?

¿Qué tipo de cueva sería? Imaginé una gruta, un pozo en la tierra, un escondido lugar entre la tupida vegetación. ¡Para qué  preocuparse! Seguramente era sólo un papel sin importancia, de esas cosas que se escriben porque sí… nada más.

¿Y si se tratase de algo peligroso? El viejo escrito decía cosas raras, como no volver, cuervos, altares al Sol.

¿Metáforas? ¿Claves? Quizás nada… un viejo papel que alguien escribió por capricho.-

Autoconvencido de que el texto hallado era una desvariada fantasía, los años transcurrieron.

Sé que un grupo de amigos que investigan rastros de indios, conocen más cosas de las que dicen.  Algunos cerros esconden vestigios de la religiosidad autóctona, en detalles que no deben ser descubiertos por simples curiosos para que no se destruyan. Hablé con ellos, indirectamente,  sin preguntas concretas… pero nada surgió que me pareciera pista firme.

“Bien pudo tratarse de un altar  al Sol resguardado por arbustos, en algún punto de difícil o improbable acceso”, pensé, sin abandonar por completo la ilusión de develar el misterio.

Pero… ¿dónde? ¿Quién habría escrito aquellas letras y cuánto sabía? Podría también ser la concepción poética de algo real, pero no tan sorprendente a mis ojos, no tan maravilloso para mí, como para aquel ignoto descubridor…

Ya fuera de forma para jugar fútbol de salón, emprendí largas caminatas y paseos en bicicleta. Las dos cosas me gustan sobremanera, por el ejercicio en sí, y por esa recorrida por los paisajes que voy eligiendo distintos. Desde el verano en que comencé con esas prácticas, hallé también un cable a tierra para mis electrizados días de trabajo. La idea volvió. Aquel papel ocre de letras casi borradas apareció de nuevo en mi memoria, y no pude evitar mirar las formas del relieve, los bosques de eucaliptos, los montes autóctonos, las cañaditas y cada roca grande, como un sitio donde comenzar la búsqueda.

Un día me pregunté, mientras dejaba la velocidad del paso a su suerte, quién soy y qué me une a esta tierra. Pensé en un planeta esférico y grande habitado por doquier. ¿Qué hay en esta comarca que me ata, que me hace parte del paisaje? Porque estuve en otros lugares, cercanos y distantes, y en todos me sentí como una visita… con esa inseguridad del recién llegado.

¿Por qué hay una pertenencia entre el hombre y su terruño? ¿Algo ancestral o adquirido? Mi abuelo materno creció y vivió en estos rumbos, pero mi padre vino de Italia y seguramente, si fuera por genética, sentiría atracción  de otras tierras. Es verdad que acudí al llamado de la sangre, a conocer parientes y sitios que mi padre mencionaba, y fue muy emocionante. Pero en mis adentros supe siempre que debía regresar a donde un cerco de quebrados horizontes me aguardaba.

Concluí entonces que está la gente, mis amigos, pero sobre todo mis recuerdos. La casa donde crecí, la escuela, el barrio, mis abuelos, y como si fuera poco, el lugar que escogió mi padre para vivir su sueño americano.

Un pueblo como cualquiera… lo veo desde la colina que subo en mis paseos… aunque está el cerro, ese que la vecindad y la infancia, pintaron indeleble del otro lado de mis ojos.

Y yo estaba allí, caminando el paisaje repetido y renovado cada día, y aquellas letras casi imperceptibles se aparecían en el ajado y añoso papelito… La “Cueva de Pan de Azúcar”. ¿Existe? ¿Qué amalgama de vivencias y sueños conjuga el misterioso texto?

Caminé, miré lejos la piedra a cierta altura, redondeada, y pensé en un pasadizo inexplorado entre los cerros. Si, podía ver el acceso escondido entre selvática maleza, para llegar a una quebrada, casi un valle en miniatura, donde no había huellas de hombres. Se adivinaban rastros de animales, heces y pisadas, hasta el microencanto de un encierro lateral como una boca abierta al cielo.

En el espacio, casi circular y cóncavo, dominaba el verde de las matas por sobre la pétrea serranía. El sol calentaba sin viento los alrededores de una cachimba cristalina, y como un puñado de rocas gastadas, prolijamente encastradas y sostenidas por su peso, una forma no sé si de mesa o de incipiente pared se escondía bajo ramas y hojas.

Detrás, una oscura sombra anunciaba la entrada a una gruta en la piedra, no sé cuán profunda. Seguramente hábitat de murciélagos y oscuridad, es un pasadizo que invita a no ingresar.

El luminoso entorno era un pequeño paraíso que la naturaleza (llámale, si quieres, Dios) alejó de los hombres. Los curiosos rayos del Sol hacían marcas como si se tratase de un gran reloj, y el silencio era profundo, increíble, capaz de aturdir.

En lo alto, buitres, de los que llamamos cuervos, ensayaban sus galas de vuelo y volvían, posiblemente a sus nidos.

¿Qué sería de este lugar, exonerado de su secreto? Entendí que hay lazos entre la sustancia y el alma, porque tal vez todo es alma en estadios distintos, y ese vínculo es la vida, mucho más fuerte, mucho más trascendente de lo que el hombre sabe y espera.

Como debía ser, prometí a mis adentros no decir la ubicación a nadie, para poder salir… y Natura diluyó el camino… para seguir en pie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estatuas de sombra

 

Iba, caminando solo por la senda  aquella, pero lleno de pensamientos.  Estaba repleto de ideas que iban y venían en mi cabeza, como una anestesia para el tiempo y la distancia.

¿Qué cosas son verdaderamente importantes? ¿Cuál es la realidad? ¿Quién establece sus límites precisos? La realidad y la fantasía se confunden en una línea difusa y prejuzgada, más acá o más allá, en la absoluta subjetividad del hombre. ¿Dónde debe buscarse lo importante? ¿Adentro o afuera del individuo? ¿Es importante lo que le parece así a los demás, o lo que a mí me parece importante?

El cielo estaba algo gris de nubes y caminaba, sin sentirlo, o mejor, sí sintiéndolo, pero en esa plenitud de la naturaleza abierta ante mí… abierta conmigo, o más aún,  abiertos los dos en un mismo instante.

Este universo inmenso y la forma como llevaba mi vida parecían cosas diferentes, pero al tiempo, también la misma cosa.

¿Qué pasará en Pan de Azúcar, mi familia, mis amigos, o en el Mundo y el Cosmos, cuando mis átomos abandonen esta estructura que tienen en mí? Mucho, pero nada. La historia de tantas vidas, un recuerdo que se irá diluyendo en la memoria colectiva y un nombre que dirá pocas cosas,  elegidas, reformadas en más o en menos, adaptadas a los cuentos, a las historias, a las necesidades de algún eventual orador.

Sólo recuerdo que miré bien el entorno, antes de buscar entre insospechadas formas vegetales el caminito aquel. Ya  estaba allí, en el silencio del sol  sin vientos… en ese maravilloso lugar que se mantuvo escondido de casi todos los hombres.

Parecían bustos de héroes aquellas sombras, como esculturas de contrastes entre roca y hojas. Jugué entonces a buscarles nombres, sentidos. Mientras había rostros que pertenecerían a algún arcano cacique o sabio personaje de tiempos muy remotos, otros parecían conocidos. Muchos de ellos tal vez, de los fundadores de Pan de Azúcar, de algún sacerdote o maestro, médico y filántropo.

Un comisario, firme y calmo es mudo vigilante,  y  un escritor  parece decir una poesía eterna que no necesita de palabras.

Si estaban ellos, estaría también toda la gente que forjó con sudor el destino de su familia, el peón que trabajó de sol a sol, el profesor que creyó en sus alumnos, el oficinista que recibía amablemente a los ciudadanos, el comerciante más honesto, algún deportista, un brillante jinete, faroleros, aguateros, mecánicos, picapedreros, albañiles, carpinteros, mujeres ignoradas… y aquellos que murieron temprano sin escribir lo principal de su propia historia.

Cada hombre en mi lugar, daría identidades diferentes a los escondidos e inmateriales monumentos. Entendí entonces que los nombres tienen una relativa trascendencia, que caduca en la distancia. No es cuestión de nombres, sino de roles, gestos, esencias, conjugados en miríadas desde el comienzo de este mundo humano, o tal vez, en esa comunión todavía incomprendida del Universo.

Las hojas dejan que la luz cambie las formas y los signos,  mientras el Sol busca el ocaso. El silencio me deja oír voces conocidas, pero pueden latir por allí, infinidad de voces más. El cristal del pozo dejó de reflejar el brillo superlativo que se escondía tras la pared de cerro, y se fue quedando negro. Pronto las estrellas comenzarían  a cubrir el circular espacio en las alturas, y el manantial de agua fresca se nutriría de su titilante destino.

Yo ya estaba cuesta abajo, alejando ramas de mi cara, para salir sin ser notado al camino de regreso.

No dejaba de filosofar. “Estoy aquí”, reflexioné, aunque advertí rápidamente que no, que sólo caminaba, que sólo cambiaba de lugar sin pausa, que trasladaba mi forma y mi masa, mientras los pensamientos, no tan materiales, seguían uniéndome y desuniéndome al Mundo.

¿Qué es lo bueno, y qué es lo malo? Sé ya que mis actitudes deben conformarme a mí antes que a los demás. Entiendo que los elogios inmerecidos no me dan orgullo y las críticas injustas no menguan mi ánimo. Y me reconozco como una pieza de un engranaje infinito, un puñado de energía interactuando  entre los objetos que toco y aquellos que apenas logro ver en lejanías increíbles…  Loco, y también cansado de esta caminata, que me devuelve a mi casa, otra difusa frontera entre el sueño y la verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo Fundamental

 

Hoy tuve un día difícil, con algunas tensiones. Me hice a la caminata con más adrenalina que de costumbre, empujando con bríos cada paso.-

Crucé en el camino un par de caballos sueltos, que pastaban ajenos a todo.  Recordé entonces la inversa proporción entre la felicidad y la conciencia.

Nadie sabrá por mí de estos caminos: Vendré hasta que se conozca lo que escribo. Algunas veces, alguien dice: “Te contaré un secreto” Yo creo que un secreto que se cuenta no es un secreto… Tal vez una confidencia, pero no un secreto.

Llegué, aturdido de ideas, al paraíso aquel, al templo encontrado… porque ¿qué es un templo, sino un observatorio para mirarse por dentro?

Busqué mi roca favorita y me senté a contemplar el todo, resumido en 50 metros de diámetro.

Allí, en el cielo,  está el Sol, enorme globo cuyas reacciones nucleares generan toda nuestra energía… y mucha más que se pierde en el espacio.

La energía y la materia son dos estados diferentes de la misma cosa. El Universo ha estado formado siempre por un equilibrio variable de materia y energía, que en sus interacciones, en sus etapas transitorias, crean globos de tiempo para ambientar la existencia.

Entender que algo existió siempre, es un problema insoluble para nuestra mente pequeña, adaptada a brevísimos ciclos de comienzos y finales. Pero el espacio y su contenido, ese balance fundamental, han existido y existirán infinitamente.

Las más pequeñas cápsulas de energía se ordenan para crear  lo tangible, en organizaciones que aún estamos lejos de conocer con detalles. Las partículas forman nubes, estrellas, planetas… rocas y células, árboles, insectos, pasto, perros, o seres humanos. Estamos todos hechos de lo mismo.

Por eso sostengo a menudo, que todo ser vivo  merece respeto.

Todos somos hermanos de esencia y ocupamos roles diferentes, como ocurre en todo sistema complejo.

Convivir exige saber que no somos algo cuya importancia exceda a la del resto, sino parte, concreta, real y pasajera del Universo. Somos como la onda del mar,  una forma que comienza y termina, va y viene, dibujada en la sustancia indivisa del agua. La onda desaparece, y el agua queda, libre de nuevas formas.

Todo es cambio, y nuestra existencia, apenas un minúsculo segmento.

Miro el entorno… hojas, ramas, rocas, agua, Sol, insectos y buitres, aire y pasto. Todo es esencialmente lo mismo. Nada me diferencia salvo la estructura circunstancial de mi materia.

¿Cómo es posible, entonces, que algunas personas se consideren más importantes, y discriminen a otras? ¿Cómo es posible que haya quien no respete a las demás especies animales o vegetales, a la piedra misma, a las estrellas?

No sé con precisión qué es el alma, pero respondería que una expresión paralela de la energía… Diría que está vinculada a ese algo fundamental de lo que todo está hecho. Si es así, primero fue la energía, y después las partículas, los átomos, las moléculas, las células, los seres complejos, en estructuras tan complicadas que sólo pensarlo me maravilla.

Pronto habrá estrellas dibujadas en la noche. Son tantas que contarlas es una tarea imposible, y se extienden por distancias tan grandes, que nuestra minúscula expresión nos asusta.

Pero vengo más cerca. Este lugar está poblado de vegetación y contar las hojas sería muy largo… cada hoja contiene muchas células y cada célula infinidad de moléculas… y podría viajar al micromundo sin descanso ni final, para sólo multiplicar y multiplicar números sin límite conocido.

La pendiente tiene más objetos esta tarde, más espinas y ramas que aparto como puedo para llegar a la senda de regreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Identidad

 

La tarde gris se ha llevado al cerro y en su lugar una nube informe se agiganta. El paisaje tiene todo el mismo aspecto, húmedo y gris superlativo.

El resto no importa… pero mi horizonte sin el cerro Pan de Azúcar no es el mismo, le falta identidad, sello.

El cerro no es sólo piedra en el portal del pueblo.

Hoy el apereá no sale al borde del camino, como otras veces, ni cruza el enorme lagarto que ví hace días.

Yo soy yo, en el lugar de mis huesos, sin parar, y busco sin dudar el ahuecado sitio de las tardes.

“¿Quién es aquel arbusto frondoso?”

“¿Quién soy?” Me pregunté mientras me amoldaba sobre la losa veteada, sin Sol y sin sombras.

Un profesor en la pausa de sus clases, un periodista fugado de sus temas, un vecino, más, un trozo de esta tierra. Un comunicador.

“¿Quién es el arbusto?” Insistí. Comprendí que tiene muchos roles. Es el conjunto de troncos y ramas que llena un lugar específico en este ambiente que disfruto. Es un ser vivo que recoge energía del Sol para transformar por sus raíces, elementos simples del suelo en sustancia orgánica compleja. Es la sombra que cubre parte de la escena. Es el cobijo de un nido, un adorno del paisaje, el sostén de una mariposa, un oxigenador del aire.-

“¿Quién soy yo?” Volví a preguntarme. Tengo tantos roles, que seguramente no soy uno solo de ellos, sino la suma, el conjunto.

Hijo, esposo, hermano, padrino, yerno, vecino, escritor, docente, informati-vista radial, conductor de automóvil, ciclista, cliente, amigo. En cada papel de mi película tengo diferentes discursos y responsabilidades, en cada uno se espera de mi algo distinto, y juego mi personaje elegido en consonancia.

“¿Quién quiero ser?” pregunté, haciendo referencia al conjunto de mis funciones. Quiero ser todo eso, y más, si se diera la ocasión, Pero deseo y me impongo que en cada paso, en cada acción, en la escena que me tenga por un instante, mi gesto resulte bueno para alguien. Si comento, que sea en beneficio de todos o de la justicia. Si enseño, que sea un mensaje rico en el tema específico, pero también rico en valores sociales y espirituales. Si puedo, quisiera ayudar, (que no es siempre sinónimo de dar) aliviar algún problema.

Sembrar semillas buenas, para cosechar frutos buenos.

Vendrá la noche y no debe encontrarme en esta cueva, en este imperio de la paz y la armonía.

Hay un mundo humano que me espera.

Corro, casi, en la pendiente, y me alejo de mis propias huellas para no marcar caminitos en el pasto.

Porque como dije, un secreto es un secreto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Permanencia Remanente

 

¿Qué queda de la gente, cuando ya no está? ¿Qué queda en las cosas, en los lugares?

¿Queda en el sable del héroe algo del héroe? ¿Queda algo del santo en su hábito? ¿Habrá algo de mi padre en un objeto que le perteneció?

Todo es relativo.

En esas cosas iba pensando cuando llegué al destino de mi visita, y el Sol llegaba a las tres cuartas partes de su camino diurno sobre aquella cavidad del cosmos.

“Todo es relativo”, remarqué. Sentado como un pueblerino, pensé en un charrúa en el mismo sitio, tal vez en una postura más acorde. No tengo dudas de que otros seres humanos hayan estado en el  templo de Natura… por lo menos uno: el autor de aquella leyenda del papelito amarillo. Pero seguramente muchos más, a lo largo del tiempo, que se han preocupado como yo de preservar el secreto y el lugar. ¿Queda algo de ellos? ¿Quedará algo de mí cuando no venga más?

En este caso, lo relativo tiene que ver con los sentimientos. Si tengo entre mis manos un objeto que perteneció a un ser querido, habrá poderosa energía en él pero destinada para mí, no para ajenos. Hay ciertas claves, códigos espirituales, que podremos percibir en función del cariño.

No muy lejos de aquí, estuve cierta vez en la vieja casa de los bisabuelos de mi madre. Parecía estar llena de fantasmas que revivían tiempos idos. Yo pude verlos porque era una cuestión de sangre, de familia. Pero he pasado por otras taperas, que nada me muestran. Los fantasmas no están en la casa abandonada y rota, sino en nuestros corazones.

En el mismo lugar se almacena la energía de los objetos de seres queridos, o personas admiradas.

Entonces vuelvo al sable del héroe… Conserva pulsos del titán, si yo los he guardado con fruición.-

Queda algo de la gente cuando ya no está, mientras viven sus seres queridos, sus seguidores, o alguna historia recoja sus nombres a modo de viejas leyendas o mitos.

Después, al menguar la memoria colectiva, toda esencia sucumbe  en el olvido y la inexistencia.

“Vivir se debe la vida de tal suerte…”

Bajé buscando huellas por la ladera pasto y piedra, alguna señal de hombres pretéritos, pero no encontré nada… ni siquiera mis propios recientes pasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo

Hoy no tengo tanta prisa, puedo ir sin apuros a mi sitio preferido. La pobre altitud que procuro, está camuflada en el paisaje y sonrío, porque  sé llegar. Estaré allá pocos minutos, como es habitual, y regresaré tranquilo. Una liebre cruzó distraída la senda y la vi alejarse entre saltos cómicos por la ladera.

Llegué y me ubiqué en la amplia sala abierta, entre arbustos y rocas escondidas en el pasto. 

Venía pensando en el tiempo, en ese factor de crisis en algunos pasajes de mi vida, luchando por llegar en hora a cada compromiso.

He deseado muchas veces aletargar los días  para hacer en ellos todo lo que quiero.  Creo que no es posible, pero no estoy seguro… nada es definitivamente cierto.

En el concepto de espacio-tiempo, debo decir que estoy aquí y ahora. “Aquí” significa en determinado lugar del espacio, graficado en tres dimensiones. “Ahora” es una ubicación determinada de la regla del tiempo. Mi momento se compone de cruzar las cuatro dimensiones en un solo punto.

Puedo viajar en el espacio en todas direcciones y velocidades, ir y venir, torcer, frenar, partir…pero sólo puedo avanzar en el tiempo… avanzar y avanzar.

¡Si se rompieran las reglas de Crono, los sucesos se superpondrían en el mismo espacio! Si pudiera volver atrás, me encontraría conmigo mismo… o habría dejado de ocurrir lo vivido. ¡Eso es! si los relojes retrocedieran, los hechos que queden por delante, aún no habrían sucedido. Perderíamos la conciencia de haberlo experimentado y no percibiríamos ninguna ventaja.

Supongamos que existiera una forma de retroceder, digamos, 30 años. El navegante es una persona de 40 años: ¿Llegará a destino tal como es hoy, o con sus diez años?

Si retrocediéramos treinta años, tendríamos la edad de entonces, y no la actual. De lo contrario, el crononauta se encontraría consigo mismo treinta años antes, y convivirían dos estados temporales de una misma persona, lo que es realmente fantástico, y además,  imposible.-

En base a lo anterior, si yo retrocediera cien años, desaparecería en  el viaje, porque en el mundo de destino no habría nacido. ¿Lograría  además ausentarme del mundo de procedencia?

No. Un auténtico viaje en el tiempo significaría pasar por el espacio  en su estadio correspondiente. Estaríamos simultáneamente en cada  mundo, a la edad de cada año, y sin memoria del futuro. Si yo volviera  a mis veinte años, volvería a vivir aquella época, pero ignorante del futuro y carente de las experiencias que aún no habría vivido.
Si viajara al futuro, me encontraría más viejo, y tendría el límite de  mi propia existencia.

Todos tenemos un período vital, de duración. Antes o después de ese segmento, no existimos.

La máquina del tiempo es una bonita fantasía. Navegar discrecionalmente por esa dimensión es tan raro como ocupar dos distantes lugares del espacio a la vez, pero si pudiéramos hacerlo, no nos serviría de nada. Volveríamos a otro tiempo sin acordarnos del viaje. No podemos recordar cosas que aún no han pasado.

En la gran escala, sólo existe el infinito en las cuatro dimensiones. Los objetos y los eventos, tienen límites.

Aquí, en este pequeño escape de la locura, todo tiene dimensiones finitas, excepto la paz y el silencio.

Levanto levemente el brazo izquierdo, doy un vistazo al reloj, y decido invertir el sentido de mis pasos.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bueno y Malo

 

Rueda la bicicleta por el camino angosto de balasto, mientras entra por mis ojos una recarga completa de paisajes.

Hoy he dado por la radio noticias angustiantes, como casi todos los días: atentados suicidas, homicidios, robos, imprudencias, injurias y difamaciones, torturas, golpes de estado. El Mundo es un cóctel de hechos reprobables en cada lugar donde existen hombres. El resto es armonía,  un equilibrio maravilloso.

Veo en las ramas un hornero. Su conducta esperable es la de su especie. No hay pájaros buenos y malos, sino patrones de comportamiento que se apoyan en instintos y circunstancias.

¿Qué maldad puede tener aquella liebre que retoza adelante en el camino, ignorante de mi presencia?

¿Qué intenciones aviesas podría esconder el apereá temeroso que se apresura a ocultarse entre sombras?

Lo mismo puedo decir de casi todos los animales.

En cambio el hombre… es inconmesurablemente más complejo. Cada individuo es una combinación complicada de variables en infinita gama de grises.

Es más: bueno y malo son  términos tan  relativos que cambian de signo según las culturas y los valores que se adoptan como ideales.

Por eso me animo a decir que no hay seres humanos completamente virtuosos,  ni completamente detestables.

En la escala de valores de cada uno, podríamos hacer varias columnas para clasificar a la gente. En nuestro juicio primaría la subjetiva percepción que nos da la simpatía o el cariño, por eso, las mismas personas aparecerían en columnas distintas en cada cuaderno.

Además, no podemos ver el interior de cada individuo, y toda apreciación sería potencialmente injusta. El comportamiento no es una cualidad sino un síntoma. Todo obedece a una causa.

Cuando analizamos la rectitud de alguien, lo hacemos sin saber exactamente con qué ladrillos fueron levantadas las paredes de su personalidad. Dos gemelos, con gran similitud genética, no se comportarán igual si son criados en medios muy diferentes, porque la forma de ser se modela… el escenario de su vida forma al hombre. Cada experiencia es una lección, cada herida una cicatriz, cada golpe un resabio, un anticuerpo.

Un niño que tiene conductas reprobables, no es el inventor del mal, sino una víctima de su entorno. Los niños crecen y se hacen hombres y mujeres, mientras lejos de desaparecer sus traumas infantiles, aparecen otros, se suman llagas, injusticias, hasta llegar a un camino irreversible, una cadena en la cual se confunden la causa y el efecto: la sociedad lo discrimina porque actúa mal, o actúa mal porque la sociedad lo discrimina. La divergencia entre lo real y lo esperado se hace tan grande, que esa persona estará siempre en la vereda de enfrente. ¿Se trata de alguien absolutamente ligado al mal?

No, seguro que no. Juega en la sociedad el rol que le queda, el que aprendió, pero con el sentimiento de hacerlo por necesidad y culpa de los demás. Está equivocado, claro… ¿Pero quien lo convence después de tantos tropiezos? ¿Quién le dará oportunidad de redimirse? Para él,  robar está bien: Entiende que en el reparto no le dieron lo que le correspondía. Su pronunciado error, no le hace completamente malo.

Además, entre aquellos que consideramos buenas personas, están los que logran dominar sus impulsos negativos, pero los tienen, y están aquellos cuyas malas acciones no se conocen.

Aquí, en este hueco que parece aislarme del universo circundante, estoy solo conmigo. ¿En qué columna tendría que anotarme? Nadie es buen juez de sí mismo, pero sé que no soy perfecto, que cometo o he cometido errores. ¿Por qué pretendería la pulcritud  de mis congéneres?

Regresaba al camino, totalmente concentrado en estas reflexiones, y crucé a tres adolescentes que evidenciaban su drogadicción. Su aspecto descuidado, su forma de hablar, sus pupilas, me daban datos ciertos. Los saludé y continué, porque aunque me gustaría ayudarlos, no sé cómo. No hay discursos o sermones efectivos, ni tratamiento que pueda aplicarse si el adicto no está dispuesto a realizar el esfuerzo.

Cuestioné mi actitud de pasar de largo, pero la justifiqué por una cuestión de oportunidad. Recordé noticias reiteradas de drogodependientes que golpean a su propia madre en procura del dinero para una dosis. Concluí que no son personas malas, sino enfermas, que atraviesan por un instante que no es posible conocer exactamente sin vivirlo en carne propia, pero se me ocurrió que la abstinencia de droga podría compararse con un terrible dolor de muelas, cuando se llega a un punto de locura extremo.

He conocido  jóvenes que logran salir de ese laberinto, porque un día se les encendió la luz de alarma e imploraron por ayuda. Una vez vueltos a sus cabales, resultaron ser muy maduros y con ideas claras.

Aborrezco algunas actitudes: la soberbia, la prepotencia, la irresponsabilidad en el tránsito, la falta de respeto por los bienes públicos o la propiedad ajena, la discriminación y la burla, el racismo, el fanatismo político o religioso. No obstante, no odio a las personas que incurren en tales conductas, porque quizás en otras, estén muy atinados.

Los muchachos que crucé, están sentados ahora en rueda, allá atrás, e intercambian, no alcanzo a ver qué. Sé que ya no estudian, que frecuentan poco su propia casa, y que esperan casi nada del futuro. Admito mi cuota de responsabilidad, como integrante de una sociedad que no afronta los verdaderos problemas.

Felices las aves, las serpientes, las vacas, y todos los animales que disfrutan de una vida simple, sin consumismo, y sobre todo, sin culpas a cuestas ni nada de qué arrepentirse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los Motivos

 

Tarde ventosa… fría para la primavera avanzada. Me abrigo bastante y salgo, porque estaba esperando salir, aunque la tarde no invita.

Camino sin prisa y sin pausa, mientras voy cuestionando el motivo. Por un rato, pareció que dejara de pensar, que iba en blanco. En verdad estaba meditando, pero en un estrato más profundo de mi conciencia, o mejor, estaba buscando. Procuraba entender los motivos.

Debe ser una segunda etapa de insensata pregunta… como aquella de la infancia, que reclamaba siempre un por qué.

¿Por qué voy, otra vez, camino del mismo lugar?

¿Por qué soy este breve pasajero del tiempo, gastando la vida, como la llama quema a la vela, sólo por estar encendida?

No quiero caer en la vieja confusión de buscarle propósitos a las cosas. Sé muy bien que todo tiene causas, un por qué, pero no siempre un “para qué”.

La maravillosa armonía del universo hace que las fichas del puzzle encastren tan bien, que la propia existencia sea un motivo y la ausencia, un problema.

El viento mengua entre las ramas… y se aquieta al llegar a la cueva, imperio del Sol. La piedra teñida de flora, es el refugio ideal. Allí me senté sobre la rígida silla gris, y pregunté motivos…

¿Están las paredes diseñadas para preservar este entorno de arbustos y paz? ¿O es ese cerco rocoso accidental, la causa del desarrollo de esta muestra del paraíso?

¿Están aquellas formas dispuestas para que la luz las recorra como las agujas de un reloj? ¿Fue elegido el lugar del manantial como una fuente de adorno y de vida?

¿Qué función le está asignada a aquella gruta oscura?

¡Qué respuestas podría dar! En realidad, veo lo visible, y nada más. Sin embargo, el hombre pasa la vida averiguando cuál es su rol principal, su misión en el Mundo. Sería triste o decepcionante averiguar que no hay tal misión, y que el destino es simplemente el de pieza del rompecabezas universal.

¿Cómo luchar, sin una bandera? ¿O es estar en la guerra y bogar sólo por seguir vivo, hasta que la vida se acabe?

Miro alrededor. La mariposa es mariposa y el árbol es árbol. El agua refleja el cielo, azulada, pero es agua incolora con aspecto de espejo. La piedra es piedra. Las hojas proyectan cambiantes sombras y dejan pasar luces. El aire es invisible, pero respiro y lo siento en la cara.  Yo, que soy humano, tengo, además, voluntad. Sirvo para llenar el espacio asignado, pero también para elegir acciones y llevarlas a cabo.

Hace tiempo  conozco mi bandera, y lucho por ella. Disfruto éxitos y sufro derrotas, el reconocimiento me alienta y la incomprensión  duele, pero reafirma motivos. Sé quien soy, es agradable cuando los demás también lo saben, pero soy yo quien debe tenerlo muy claro.

…Porque hay otras banderas, y gente que las sigue y defiende…

Me descubro de pronto en plena bajada, por la pendiente escondida, tan tupida la maraña de ramas, que el cielo sólo se adivina.

Vuelvo mejor de lo que iba, porque recordé mis metas.

Apuro el paso, está fría la tarde… ventosa, pero muy colorida.

 

 

 

 

 

 

 

 

La Fuga

 

La primavera tardía comenzaba a embestir con colores el paisaje, y las rudas matas de las orillas del camino, se vestían de flores amarillas.

La espina de cruz agregaba tonos, alguna mariposa decoraba el aire con delicados batidos de alas, y el apereá asomaba nervioso a la sombra de las coronillas.

Yo, paso largo, cumplía con la rutina de ejercicio, a media tarde, y dejaba a ojos y cerebro embriagarse de formas, empaparse de luz,  anestesiarse con tanta vida verde.

En eso un pájaro se detiene en el hilo alto del alambrado y me mira, curioso, mientras me acerco. Espera hasta que estoy a diez metros, y vuela adelante en el camino, para volver a descansar en el alambre. La historia se repite una y otra vez mientras me acerco. El ave cree, sin duda, que lo persigo. Mucho más allá en el sendero, toma otra dirección y se pierde de mi vista.

¡Pobre pájaro!

En vez de disfrutar del soleado día, sufría sus miedos y trataba de alejarse de mí… sin notar que yo simplemente seguía previsible ruta... Pensé en las veces que los humanos hacemos lo mismo.

Tuve más cuidado que antes con las serpientes, y mirando el sitio de cada paso, avancé entre maleza, ramas y pasto, cada vez más ralo, hasta llegar a la pausa horadada en la colina.

Poca sombra, por lo menos a la altura de mi cabeza, nada de viento, mucha luz y el calor se apropiaban de la concavidad... que tenía sus verdes al máximo, pero había incorporado amarillos rutilantes y rojos imposibles.

Dudé por enésima vez de mi propia presencia, en ese mágico territorio escondido. Alguna nube anémica, descansaba en la cúpula azul pálido… No estaban los  buitres alardeando con su vuelo, y en la losa gris, disimulaba su silueta, un lagarto enorme, gordo y quieto.

Permanecí ese instante inmedible de cada tarde mirando el entorno, el micromundo edénico, ese espacio minúsculo y gigante al mismo tiempo.

Luego retorné, prometiéndome apurar el paso para intensificar el efecto de mi gimnasia.

Traté de mantener sin marcas el acceso, y regresé por el pasto al caminito de balasto y tierra.

No había avanzado más que unos metros, cuando un pájaro volvió a posarse más adelante en el estante superior del cerco. En una larga distancia rectilínea, fue alejándose y esperándome a intervalos, que respondían a mi amenazante proximidad.

¡Pobre pájaro! Volví a pensar. No está mal temer, porque bien podría ser un cazador, o un depredador humano simplemente. Pero una virtual persecución se confirmaba por la mala elección de la retirada, y no por mi propia acción. ¡Cuántas veces los hombres reaccionamos igual! Vemos monstruos que vienen por nosotros y los encontramos en cada esquina. Más que atemorizados, perseguidos por ideas vanas, por irreales conclusiones, conjeturas o aparentes malas intenciones, huimos en la dirección equivocada… y es muy posible que la amenaza, no lo fuera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Dinero

 

Los campos que veo allende el alambrado, no sé de quien son. Para mí son del paisaje, o del planeta. Sé que más allá hay tierras que pertenecen a algunas personas muy poderosas que las fueron comprando, producto de trabajo, visión, y a veces, de pasar sobre otras personas no tan visionarias, afortunadas,  ni astutas.

Muchas veces les digo a mis alumnos que no me gustaría ser millonario, tener excesiva cantidad de dinero. Ellos, al principio, no me entienden y creen que me estoy quedando loco. Algunos hasta se molestan un poco, no sé si porque me ven mentiroso o incoherente. En un mundo donde la gente adora al dinero como a un Dios… ¿Quién no querría poseerlo en las mayores cifras posibles?

Yo les repito que no, que muy lejos estoy de ello.

Me afirmo al comienzo en que fácilmente se demuestra que los ricos no son necesariamente más felices que los pobres. Sobran pruebas. He sabido de millonarios que se suicidan, que enloquecen, o que viven angustiantes soledades  encerrados en su avaricia. No son todos, seguramente, y entre los más poderosos de la economía ha de haber también personas contentas de la vida. Pero el dinero no es la diferencia entre felices e infelices.

Yo no quisiera gastarme mis horas en reunir dinero para tener cada vez más, sin disfrutar de casi nada, porque todo cuesta, y si gasto, no enriquezco.

Yo no quisiera acumular riquezas en propiedades y bancos. ¿Cuánto tendría que sumar para lograr que nadie pasara hambre en este planeta? Seguramente nunca tendría ese descabellado tesoro. Eso quiere decir que mi fortuna me haría infeliz, me aturdirían y atormentarían las culpas, los remordimientos.

Si yo tuviera tanto caudal…   me gastaría el tiempo invirtiendo, procurando seguridad para mi y mi familia, tratando de no ser timado, o de no perder en malos negocios. Habría en ese capital más preocupaciones que seguridades, más culpas que alegrías.

Me han preguntado entonces, qué haría si ganara una importante cifra en loterías o en algún acierto profesional. Siempre respondo que guardaría suficiente como para estar seguro,  como para no estar nervioso a fin de mes en el cumplimiento de mis pagos. El resto lo usaría  para poder ayudar a familiares y amigos, y hasta para hacer alguna obra filantrópica anónima.

Me gustaría viajar, habitar una casa bonita y manejar un auto deportivo. Pero son metas muy de segundo orden en mi vida.

Aprecio más tener la conciencia tranquila, sentirme valorado en mi trabajo y en la sociedad que integro, poder saludarme con la gente sin resquemores, poder llevar la frente alta por doquier. No cambiaría nada de eso por dinero. Valoro más la salud y armonía de mi familia, la seguridad que da una pareja amada, caminar por el campo o mirar un partido de fútbol sin desviar la atención.

Muchas cosas no se compran… se ganan. Muchas otras sí se compran, pero son superfluas, prescindibles, y nunca dan tanta felicidad o alegría como las verdaderamente trascendentes para el hombre.

El valor no es lo mismo que el precio. Algo puede no tener precio, pero valor enorme.

Hay bienes que valen sólo un antojo, aunque el precio sea elevado.

Son los sueños los que más valen. La esperanza de mejorar cada día. La ilusión de ser amado. La expectativa de un ascenso, la satisfacción por un trabajo realizado con esmero.

Tener más sueños después de cada meta, ayudar a todos o a alguien, como para no estar debiendo cuentas a la vida…ni a la conciencia;  tener amigos, afectos, respeto. Esas cosas valen.

Y el dinero necesario para no sufrir por él.

Nada más.

Pero cada uno tiene sus objetivos, y debo respetar a quienes viven por los que yo desdeño. Son parte del mundo, del muy diverso mundo que habitamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Libertad

 

  “Tranquilo, no te apures”,  me dije. La transpiración corría sobre el rostro, y el calor parecía insoportable. Había resuelto salir de caminata, de todos modos, por cumplir con regularidad  mis propósitos.-

Soy libre de hacerlo o no hacerlo, pero elegí dirigirme a mi ruta diaria. Libre… me quedé pensando en esa palabra. ¿Soy libre? ¿Cuál es el verdadero y profundo significado de ese término? ¿Es alguien libre completamente al elegir? ¿Lo soy yo?.

La caminata prometía ser placentera pese a las condiciones de elevada temperatura y  fortísimo sol. Me gusta más cuando llevo en mente ideas para ordenar, conceptos en los que bucear, como si discutiera con mi propio interior.

Libre… recordé por un instante aquella triste y potente canción de Nino Bravo.

Toda independencia tiene límites, estructuras en las que apoyarse, espacios ajenos que preservar, principios que cumplir. 

Nunca se es absolutamente autónomo como para decidir abiertamente. Por eso puedo llegar a una bifurcación del camino, y decidir ir a la izquierda o a la derecha… pero están las opciones ya establecidas.

No puedo emanciparme de las reglas sociales, de las leyes, de los valores éticos, de lo que se espera de mi, de lo que necesitan los amigos o familiares, de lo que creo que está bien… y mucho menos de las leyes físicas, de la materia y del espacio.

La libertad es, entonces, la capacidad de tomar pequeñas decisiones dentro de los marcos que regulan nuestra vida.

Es seguro que yo soy el producto de mis elecciones pasadas y de otras variables que son más del entorno que mías. Soy lo que soy, con algún margen para cambios.

Instalado en mi atalaya, me siento donde deseo estar.

¿Es libre el árbol? No puede dejar de ser árbol, ni salir de sus raíces, ni evitar mecerse por el viento.

¿Es libre el pájaro porque vuela? Tiene misiones asignadas, que cumple rigurosamente, como construir  y mantener su nido,  y alimentar a sus pichones.

¿Son  libres la mariposa, el buitre, la serpiente, el apereá? ¿O simplemente cumplen las órdenes de su instinto…?

Vuelvo a aquel ejemplo de un puzzle universal, en el cual cada actor es una pieza que encaja perfectamente… y queda encerrada por las otras. ¿Libres de qué?

Pero en definitiva, la duda es si soy yo amo  de mí mismo. Creo que si. Puedo votar, caminar por aquí o por allá, hablar o quedar callado… y puedo también derribar mis estructuras desde la base,  aunque elija cada día mantenerlas o reforzarlas, seguirlas construyendo como el trazado de una ruta que tal vez limite mis maniobras, pero encauza mis pasos.

En ejercicio irresponsable de autonomía, algunos de mis alumnos dejan de estudiar sin terminar el año. Ese albedrío será portador de escasas libertades, momentáneas y pasajeras. La ignorancia es inversamente proporcional a la independencia.

La persona que estudia y puede acreditarlo, está en condiciones de elegir un trabajo acorde a sus gustos. Quien por el contrario opta por no estudiar, debe contentarse con ocupaciones que las personas más capacitadas no aceptan.

El estudiante desertor es candidato a esclavo de la falta de oportunidades, la desocupación y el subempleo.

En definitiva, la libertad, limitada a decisiones posibles dentro de una estructura preacordada por la sociedad, es un ideal que perseguimos y un valor que obtenemos sólo parcialmente.

Pero soy libre de creerme libre, caminar con el sol de frente y una brisa suave sobre el rostro, alejarme de mi destino elegido, y regresar, apurando el paso, a mi morada.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los Miedos

De tanto ir por mis huellas al secreto enclave serrano, una idea comenzó a girar en mi cabeza: visitarlo de noche. Se me ocurrió que la belleza del entorno soleado, podría multiplicarse a cielo abierto en tan apartado mirador, cuando el brillo tembloroso de las estrellas contrastara con la gran oscuridad.

Sin duda sería un paseo hermoso… pero tendría que ir solo y vencer mis miedos.

La noche guarda muchos de mis temores: a lo desconocido, a lo invisible en las tinieblas, a las serpientes y arañas… Miedo a los miedos.

Se dio una noche de noviembre, sin nubes y sin Luna, avanzada la primavera austral.-

Caminaba mirando poco los detalles del camino, convertido en una cinta insinuada en penumbras. Iba, simplemente, por la ruta tan conocida que podía seguirla a ciegas. Mucho más atraía mi atención el gigante Orión, que desplegaba su vestido de estrellas hacia Oriente.

¿Estaría yo de verdad en ese punto espacio temporal?  Lo dudé seriamente, pero estaba allí.

Un silencio decorado por ruidos melodiosos del bosque se presentaba a mis oídos, y resultaba tan familiar como los recuerdos de la casa paterna.

Crucé el alambrado en el lugar de siempre y fui tocando las ramas para guiarme en la escarpada pendiente. En esas condiciones, demoré más que otras veces en llegar al altar de mis meditaciones.

Si era pronunciada la oscuridad en el camino, mucho más lo era donde una pared de piedras y vegetación aislaba la luz distante, hasta la más superlativa negrura.

En lo alto, el firmamento aportaba su mejor gala de astros. Mis ojos advirtieron la gran profundidad del universo  y su imponente dimensión fue causa de sorpresa y emoción.

No sé si miedo, pero me sentí minúsculo ante el maravilloso espectáculo. Me senté en la losa, tibia todavía, mientras el aire se tornaba fresco.

¡Cuántas estrellas! Y en la altura sideral recorrí la silueta del gran cazador. El semidiós eternizaba su tiempo en escena de caza, que compartía con el Toro, dos perros, una liebre...

Sonreí… por las imágenes que concebían hombres de un pasado lejano, por las leyendas plasmadas en el cielo… pero al mismo tiempo admiré las bellísimas e imponentes figuras.

Cada punto titilante, un sol que calienta un lejano sistema de planetas. Distantes también en el tiempo, las estrellas aparecen ante mis ojos con antiquísimos mensajes de luz.

¿Cuántos seres inteligentes, poblarían el profundo espacio que trato de alcanzar con la mirada?

¿Qué ignotos dramas se desarrollan en aquellos escenarios?

¿Qué leyes físicas se esconden todavía? ¿Qué secretos guardan la materia y la energía en la poco explícita apariencia?

Las preguntas seguían surgiendo, inspiradas por el misterioso encanto de la bóveda celeste.

Respiré hondo, y traté de ver formas umbrías en el entorno. Apenas esbozos, dibujos incompletos.

Fue en ese momento que vi moverse sombras, en el más recóndito silencio. Eran dos, o tal vez tres siluetas, que vagaban en la noche, sin color. Parecían indios viejos y cansados, caminando lento por las rocas hacia la surgiente. Movían la cabeza como si hablaran e inspeccionaran el paisaje, pero no demostraron notar mi presencia.

Luego volvieron a escalar por la curvada pared y se sentaron en piedras altas. No eran personas, sino ausencia. Perfiles recortados que faltaban del paisaje. Muestras de una raza que ya no se ve pasar por esta tierra. Eran fantasmas, pero en la concepción que yo le doy a esa palabra. No eran almas en pena, ni espíritus cautivos, ni personas muertas. Eran sí fantasmas, los que viven en mí, los que me hablan de hombres que antes que yo, habitaron el mismo espacio terrestre.

Traté de instalarme algunos siglos antes, algún milenio… y al levantar la vista al firmamento me pregunté qué formas veían entre estrellas.

¡Quién lo sabe!

Volví a dudar que fuera yo quien estaba allí, meditando en la oscuridad. ¿Dónde estaban mis miedos? ¿Miedo a qué? Descubrí que ya no me asustaban como antes algunas situaciones. Me alegré por ello, y comencé el retorno.

Traspasada la muralla de cerros las luces de Pan de Azúcar comenzaron a verse con intensidad, al tiempo que la apariencia de la bóveda celeste se devaluaba.

Mientras dirigía la vista a la altura de los astros, un fuerte brillo apareció sorpresivamente, viajó muy veloz por los caminos del cielo y se desintegró en mil pedazos… ante mi atenta mirada. Fue una muy completa historia, una obra de teatro,  en el curso de tres o cuatro segundos… Tiempo suficiente para que la imagen se mantuviera en mis retinas hasta después de estar en mi casa, a punto de dormir.

La Verdad se Construye

 

La bicicleta se va un poco de prisa en la pendiente y la dejo ir, para aprovechar el descanso en el pedaleo y el aire fresco en la cara. Pasaré  la máquina por sobre el alambrado y la dejaré oculta entre arbustos, para llegar a pie hasta el hueco entre cerros no muy altos.

Trepo la cuesta y llego, aspiro la paz infinita del entorno y mis nerviosas sensaciones del día descargan a tierra su electricidad.

Allá, detrás del muro de piedra, está el hoyo en la roca, del que sólo conozco la negrísima silueta. Es curiosa su ubicación, que parece elegida para que nunca le de la luz del Sol. Si me paro en el centro del espacio circular, la boca oscura queda al Norte, y ni aún en los largos días cercanos al solsticio de Capricornio, su entrada se ilumina. La he mirado al pasar, como algo sin mucha importancia, y me he dedicado al resto del entorno. Prefiero imaginar su interior con murciélagos, humedad  y alimañas… aunque es inevitable que algún día procure ingresar para investigar. No será hoy.  Estoy pensando en otras cosas. Estoy pensando en “la verdad”. ¿Existe la verdad?.

Esa pregunta me la hago muy a menudo: cuando me planteo mi propia presencia en algún lugar, cuando intento juzgar  a las personas, si aplico leyes físicas, o leo historias que alguien escribió con aparente gran autoridad.

¿Existe LA verdad? ¿Una sola, e indiscutible?. Creo que no.  Existen verdades parciales, puntos de vista, modelos aplicados… y también la posibilidad de cambiar el ángulo, aplicar otros modelos, tomar en cuenta otras referencias.

La historia recoge numerosísimos casos de “verdades absolutas” que un día dejaron de serlo: La Tierra plana y centro del Universo, la caída más veloz de los cuerpos pesados, la generación espontánea, y tantos otros.

Podríamos analizar lo antedicho y asegurar que esas cosas nunca fueron verdad, pero caeríamos en un error: era una verdad para las personas que así lo creían, y dejó de serlo ante determinadas circunstancias posteriores, relacionadas con el cambio del pensamiento.

Creo que la verdad se construye. Podrá tener mayor o menor relación con factores reales, con el aditivo de concepciones subjetivas, modelos, gustos personales…

Cito ejemplos: una persona querida en el barrio es una “buena persona”. Tal afirmación puede aparecer fundamentada por las más débiles e inconsistentes razones, mucho más basadas en cariño que en juicios concretos… Pero si todo el vecindario considera que se trata de alguien bueno, lo es, porque es el paradigma elegido para construir la verdad.

Cada sociedad, con sus costumbres y valores, crea una verdad aplicable en sus propias coordenadas, pero a veces no en otras. No se evalúan de la misma forma las acciones de personas en culturas diferentes, donde existen muy distintos principios religiosos y éticos. ¿Cuál de esas culturas tiene y aplica la verdad? Ninguna, o todas… porque son verdades diferentes. Hay más de una verdad, y por tanto, no es única ni absoluta.

¿Qué es auténtico? ¿Qué es real?

¿Es real un espejismo? Sí, lo es. Lo irreal es el oasis que ve el caminante en el desierto.

¿Tiene la ciencia la verdad? Porque vale la pena recordar que esa palabra es la diferencia entre Ciencia y Filosofía. La filosofía es la búsqueda de la verdad, sin alcanzarla. Pero la ciencia cree llegar a verdades que con el tiempo se transforman en errores y son reemplazadas por otras supuestas verdades. Las grandes leyes son castillos sobre cimientos de teorías, y se demuestran en determinadas circunstancias, al aplicar modelos creados para ello.

Nada es absoluto, si la verdad última existe está muy bien escondida, y mientras tanto, recuerdo que Descartes propuso “todo merece ser puesto en duda”.

Los personajes de los cuentos o novelas, los sueños que tuve y tengo, los caminos que elijo y los que descarto, los mitos y leyendas populares, la historia que aparece distinta de escritor a escritor, mi propia vida, son realidades construidas… relativas, discutibles, provisorias, como la gran mayoría de las verdades que conozco.

¿Tengo una percepción correcta y total de la realidad? Es indudable que no. Mis sentidos me acercan algunas cualidades de los objetos, aquellas que puedo percibir, pero dejan una gran cantidad de información sin atender. El entorno llega a mí parcialmente.

¿Es verdad lo que veo? Puede serlo, pero no es cien por ciento seguro. Veo cosas que no existen y muchas cosas que sí existen, no pueden verse.

¿Puedo ver una onda de radio, o un pensamiento? Sin embargo veo la forma esférica del cielo o la carretera mojada, adelante en el camino, un día caluroso.

¿Sé qué piensa y siente cada persona con la que trato?

¿Cuántas cosas del entorno son lo que creo? Porque en general, sé de ellas a través del estudio de textos escritos por otras personas, y no por mi propia investigación.-

¿Es verdad mi verdad? Esa que voy construyendo al paso de los años, esa que voy modificando al estacionar mi pensamiento como el vino añejo, al recibir los golpes de la experiencia… ¿Es verdad mi verdad? Sí, lo es, por ahora. Lo es, para mí y tal vez para otras personas. Pero no es única ni absoluta, es una versión apenas, un punto de vista, un modelo aplicado, una construcción perfectible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos Mundos

En el camino por el que vas, hay dos mundos: uno que es tuyo y otro que no has de tocar.

Eso me dice la vida, la experiencia cotidiana.

No es lo que siento, porque quisiera a veces meterme en cada problema  y ayudar a cada persona… Pero no puedo, no me es posible.

…Como si parte del universo estuviera detrás de una vidriera, para que lo veamos al pasar, pero sin tener contacto directo. Es una relación elástica, abierta, en la cual  los objetos de un mundo pueden mudarse al otro.

Cuando estudiaba en Montevideo sentí que la gente pasaba sin verme, como si fuera yo un intrascendente objeto del paisaje. Fue, quizás, lo que más me hizo extrañar a mi Pueblo.

No puedo solucionar la vida del mendigo que me pide una moneda… le doy la moneda y sigo mi camino,  sin comprender siquiera si él aceptaría que le arreglen la vida.

Quisiera albergar a todos los niños descalzos y a los perros desamparados de la calle… pero no puedo. Seré apenas transitorio alivio.

Frecuentemente descubro entre mis alumnos, a adolescentes con serios problemas, a veces afectivos, a veces de situaciones de pobreza y escasa alimentación. No sería aconsejable entrometerse en su vida, en esas cosas que calla con pudor. Presto, entonces, mis oídos, con técnicas de acercamiento, para que me cuente lo que necesite contar, pero sin ir más allá, sin forzarlo con preguntas. Algunos me piden ayuda, pocos. La mayoría esconde su realidad y prefiere que los demás lo crean feliz y contento. Advierto que están en ese mundo ajeno e inviolable.

Muchas veces, movido por mi conciencia, he cruzado la línea. He avisado a las autoridades de alguna situación de violencia doméstica, porque lo creí justo,  aún sabiendo que ni siquiera la víctima me lo agradecería si lo supiera.-

Una vez encontré a un cachorrito atado directo del collar a un alambrado, sin posibilidades de moverse. Pese a que estaba en una propiedad privada, ingresé y lo solté. No me hubiera perdonado mi conciencia si paso al otro día y lo encuentro muerto.

Son sólo ejemplos, he hecho muchas cosas de ese tipo… pero en la mayoría de los casos aprendí a seguir de largo, a convencerme de que lo que veía estaba en el otro mundo, ese que no admite mis intervenciones.

He visto a una serpiente a punto de cazar un pequeño sapo. ¿Debo intervenir? -Me pregunté-. Sentí tentación de hacerlo, pero sería tomar partido en una lucha por la supervivencia, regulada por la propia naturaleza y su equilibrio.

Mucho más injusta y cruel es la relación del hombre con las vacas, los pollos, las ovejas, y tantos otros animales condenados al consumo humano.

Y no voy por los caminos abriendo porteras para salvar al ganado. He tenido si, la tentación de ser vegetariano… aunque no lo logro.

Digamos que todo se resume en que dejé de involucrarme, o me involucro menos, en situaciones que no puedo solucionar, aquellas en las ni siquiera debo intervenir. Prefiero dedicar mi empeño a las otras, las que están en mi mismo ámbito, las que puedo aliviar o sanar.

Las otras… abundan en la televisión y los diarios, entristecen, duelen. Hacen que tomemos nota de la injusticia en toda su dimensión. Nos cargan de culpa el corazón… pero están del otro lado de la línea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cariño

 

Cuando elegí, casi casualmente,  mi profesión docente, no lo pensé de ese modo. Me gustó enseñar desde el comienzo y en eso descubrí mi vocación. Pero con el paso de los años, algo me llenó mucho más que la pobre remuneración de un profesor: la muy especial relación con los alumnos.

Caminar por la calle y recibir el abrazo de algunos ex alumnos, que cruzan de vereda a vereda para saludarme, es una retribución infinitamente más importante que el dinero.

Lo recordé, porque mientras remaba con mi paso, viento en contra, me crucé con dos alumnos, compañeros de clase, que como yo se entregaban al ejercicio en busca de mejorar la silueta. Él y ella se detuvieron con entusiasmo a saludarme y charlamos brevemente.

Me fui sonriendo y contento, como si una inyección de energía se hubiese descargado en mi sangre.

En los minutos siguientes, pasaron por mi mente imágenes de tantas generaciones de estudiantes, con los que logré también cierto nivel de amistad y cariño.

A muchos los encuentro de vez en cuando, y me alegro cuando tengo noticias de sus progresos y felicidad.

Ellos me quieren, y yo los quiero… basta con saberlo. No hace falta contratos ni comprobaciones cotidianas. La sola conciencia de ese mutuo cariño es para mí, un motivo permanente de orgullo, de seguridad, de confianza en mi trabajo, en el mundo que no sólo habito. Esa es una de las claves: no me siento simplemente un habitante del planeta, sino alguien que actúa en él, y en algunas personas. Mis alumnos aprenden los conocimientos científicos que les transmito, a razonar un poquito mejor, a observar, y hasta algunos valores morales que trato de sembrar cuando se da la ocasión.

Esa relación del aula y del pasillo del Liceo, dejará encendida una llama de afecto que mantendrá a mi corazón lejos del frío de la indiferencia.

Casi sin darme cuenta, absorto en mis recientes pensamientos, llegué a la losa que me sirve de asiento. Respiré hondo y estiré ligamentos por minutos, mientras el alma se cargaba de la paz verde de aquel paraíso escondido.

Imaginé un aula en ese lugar. Los alumnos ubicados en círculos como en un pequeño estadio o un teatro grande y abierto, atentos a mis palabras. Los rostros conocidos se contaban por miles y yo debía darles una clase distinta, más allá de los programas ya explorados.

¡Habría hablado de tantas cosas! Pero sin dudas no terminaría la charla sin decirles cuanto les quiero, cuanto significan para mí.

Es un sueño impracticable, porque no debo revelar la existencia de este lugar. Porque además, esta es en verdad un aula, pero a la que yo vengo a aprender y no a enseñar… vengo a escuchar, y no a hablar… A explorarme por dentro.

Estaba cansado, pero me descubrí otra vez  con una sonrisa en los labios, y una feliz emoción. Desanduve el camino con bríos renovados, mientras fugaces fotos de grupos de alumnos iban proyectándose en el paisaje.

 

 

 

 

 

El camino y yo

 

Caminito que apuntas a los cerros

y giras sin aviso al fondo verde…

Cruzas los rieles de oxidado hierro

y me muestras el cielo en la pendiente.

 

Calle de balasto entre coronillas,

chircas, molles y la espina de cruz,

que me llevas cada tarde a la orilla

de aquella tapera, llena de luz.

 

Abierta, ya sin puertas ni ventanas,

la casa gris de un sueño que ha vencido,

dejó escapar recuerdos y palabras

y se llenó de pájaros y nidos.

 

Camino ondulado de rectas breves,

asoma el apereá entre las sombras,

nervioso, desconfiado, se aparece,

y  resguarda veloz entre las hojas.

 

Caminito que sin fronteras unes

los pagos y corrales de mi tierra,

campos verdes y cielos muy azules,

verano otoño invierno y primavera.

 

Tú corres entre arbustos y alambrados

con  aromas de estiércol y ladrillos,

y dejas oír el canto del arado,

del viento, los mugidos y los trinos.

 

Yo dejo que me lleves en tu encanto,

y  tientes con opciones mi aventura.

Llena mis pulmones tu aire de campo

y en ti descargo toda mi locura.

 

Me mostraste de mi pueblo paisajes,

lados y ángulos, que antes no conocía.

me llevaste por praderas y valles,

cañadas y bosques,  y mil colinas.

 

Pero lo que más valoro, camino

sin nombre que atraviesas el terruño,

es que muestres en cada recorrido

estampas de mi alma, mi propio rumbo.

 

Nacen sueños, ideas que se ordenan,

me cruzo cada tanto con recuerdos,

desecho por vanas, algunas penas,

y alegro con colores mis momentos.

 

Senda angosta, marcada de herraduras,

lluvias, y ruedas anchas de camiones,

me acercaste a liebres y lechuzas,

lagartos, serpientes y cazadores.

 

Voy de nuevo a tu encuentro cada tarde,

A regar con sudor tus laberintos…

A buscar detalles en tu paisaje,

y encontrarme otra vez, conmigo mismo.

 

 

 

 

 

Hace mil años

 

Estaba lloviendo intensamente, y decidí no salir a mi paseo de ejercicio. A pie o en bicicleta, resultaría muy molesto el barro, más que el agua. Me senté frente a la computadora y en un programa de imágenes satelitales, busqué entre los cerros que rodean a Pan de Azúcar, el ahuecado espacio donde está la cueva. La verdad es que la resolución de los cuadros no resultó suficiente para distinguir el mágico lugar. Muy conocedor ya de la zona, pude ubicar el sitio preciso, que aparecía en la pantalla como una sombra entre piedras grises.

Felizmente, muchas manchas similares pueden verse en el repetido paisaje, lo que hará bastante difícil que el secreto se devele.

La pantalla me mostraba una perspectiva distinta de lo que diariamente aprecio desde tierra: la ciudad es un punto pequeño entre grandes extensiones de campo y serranías. Poco ha cambiado con el paso de los años, casi diría que mil años atrás era muy similar. Bastaría excluir de la imagen el caserío, calles y rutas, y zonas verdes que sé corresponden a extensas forestaciones de eucaliptos. Lo demás, rocosos cerros, pastizales, montes de sierra y de arroyo, los cauces de agua, son los mismos de entonces.

Los antiguos habitantes de esta región no eran muchos, y sus desplazamientos no tan largos como después de la aparición del caballo.

Según algunos historiadores, esta parte del planeta era habitada por una etnia  dividida en dos colectividades: los Chanás y los Charrúas. Es muy difícil saber exactamente qué zona ocupaba cada una de ellas antes de la llegada de los españoles, y sobre los restos encontrados, hay mucho más de especulación que de certeza.

Datos publicados sobre aborígenes de las costas uruguayas, se refieren a cueros vacunos para vestimentas y tolderías, lanzas con puntas de metal, marchas a caballo, y otros elementos aparecidos recién hace menos de quinientos años.

Dejo entonces correr la imaginación, y aparecen en escena habitantes humanos de un tiempo ya inexistente.

Hombres y  mujeres con ligeros y escuetos atavíos, principalmente formados por plumas de ñandú, caminan lento entre chircas y coronillas.

Tienen el cabello lacio y renegrido,  piel cobriza oscura, y adornan su cabeza con vinchas y plumas. En el rostro de los varones no crece la barba, y la mirada es seria, adusta.

De pronto un joven alto y fuerte revolea sus boleadoras y las arroja con potencia para enredar las patas del ñandú. El ave corredora cae y es de inmediato atrapada por otros integrantes de la tribu. La captura les proporciona alimento,  pero además  plumas y piel para vestirse.

Con rocas que transportan con cuidado, y caben justo en el hueco de las manos, encienden  hojas secas y palitos colocados en una estructura cónica con el vértice hacia arriba.  Es una reunión social en torno del fogón. Sin cubiertos, comen arrancando con los dientes, pedazos de la carne que sostienen directamente con las manos.

Mañana habrá que cazar de nuevo, quizás ñandúes, o tal vez perdices, nutrias o carpinchos. Algunas veces el alimento está compuesto por peces, que cazan con lanzas en el agua cristalina del arroyo o la laguna, y por la recolección de mburucuyá, arazá, pitanga y butiá.

Los veo en su propia tierra y en su tiempo, y me pregunto: ¿habría historias de amor entre aquellos cazadores y las mujeres sin maquillaje? ¿Era sólo una vida de trabajo por la supervivencia? ¿Qué reglas ancestrales regían para formar las parejas? ¿Tendrían sueños? Si los tenían, seguramente, eran distintos a los nuestros. Trato de comprender… ¿Soñarían buenas temporadas de caza? ¿Qué sus hijos se transformaran en valientes guerreros adultos o en prolíferas madres? ¿Soñarían con ser respetados y ascender en la sociedad que integraban hasta llegar al rango de cacique? No lo sé. Sin duda que su escala de valores no era exactamente igual a la nuestra, no conocían el consumismo de estas épocas, ni esperaban cansados las vacaciones anuales.

¿Habría delincuentes en aquel mundo sin propiedad privada?

¿Se conocían parejas jóvenes, que evitaban el destino asignado por sus familias y huían de la tribu para vivir su amor?

¿Qué creencias religiosas tenían?

No tengo respuestas. Sólo los veo caminar en la colina, cargados, en busca de un nuevo lugar de residencia temporal. Llegan y arman sus habitaciones con varas verdes, que curvan para que sus extremos queden enterrados, y rellenan el techo-pared con hojas y barro.

Es una imagen semitransparente y silenciosa, perteneciente a ignotas coordenadas temporales, que se diluye cuando los rayos del sol vuelven a encender los colores del paisaje.

 

 

 

El Amor

 

Sol y calor,  repechos modestos pero hartamente repetidos. Sostengo con fuerza el manillar y  pedaleo, plato chico y piñón grande, para subir sin demasiado esfuerzo la pendiente.

Paso una bajada corta, un tramo plano, y de pronto estoy en pleno ascenso de una colina. El declive será ahora más pronunciado y largo, por lo que me apeo  de la bicicleta y troto en el descenso.

Aprovecho para seguir a pie un par de kilómetros, bebo agua, y miro un casal de pajarillos que parecen contentos… hacen una pausa y siguen su vuelo. ¿Se aman? A su manera, supongo que sí. Está el nido, los pichones, el destino común.

¿Existe el amor?

No tengo dudas, existe.

Mientras reafirmo mis convicciones, dejo la bicicleta entre tupido follaje, y busco entre  arbustos y ramas que llegan al piso, el acceso a la humilde cima donde se esconde el reducto paradisíaco, aislado del paisaje.

¿Será la concavidad el cráter de un antiquísimo volcán? ¿O tal vez, la huella profunda del impacto de un meteorito?

No sé, es algo digno de un estudio serio. Pero es, está allí… para que yo lo visite y recargue mi alma de paz superlativa. Respiro hondo y me saturo de aromas vegetales.

La losa está demasiado caliente, por lo que permanezco de pie. El amor. Esa es la clave del Mundo, el motor de todo. Lo bueno y lo malo son expresiones de una mezcla antojadiza de amor y desamor.

Existe. Es absolutamente indudable… Con la virulencia de un terremoto o la calma de los jardines. Idealizado o maduro.

Los adolescentes se sumergen en él, lo hacen motivo exclusivo de su vida, y al primer desengaño lo niegan.

Las personas adultas van perdiendo la pasión aquella que les quitaba el aire y el sueño, y dudan. Pero el cariño va mucho más allá de pasiones e incendios.

Como los polos de dos imanes, es causa de atracción o de repulsión, de ansiedad o desconsuelo, de alegría y de dolor, de incertidumbre y de ciega confianza.

Quien jamás estuvo enamorado, quizás lo ignore.

Quien lo vive locamente, sabe de sensaciones incontrolables.

Quien haya pasado por una mala experiencia, lo aborrece y niega.

Pero el amor es algo mucho más amplio: hace que el obrero se sacrifique por llevar el sustento a su familia, hace que el niño vea como héroes a sus padres, que el maestro atienda a sus alumnos más allá de la clase, que ayudemos al vecino… Llamémoslo con cualquiera de las palabras que le pertenecen: amor, cariño, afecto, pasión, apego,  ternura, amistad, simpatía…

Considerémoslo en estas acepciones: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. “Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo”…

El desamor, la enemistad, odiar y aborrecer, son pruebas de la existencia del amor.

Nuestra vida transcurre en un terruño, pueblo o ciudad, en una patria, una familia, un grupo de amigos, un club deportivo, y tantos otros destinos de nuestro mejor sentimiento.

Algunas guerras nacen por conveniencias o ambiciones, que se anteponen al sentido humano y humanitario de la vida. Otras son un largo legado de rencores. Su cambio de signo, su indiferencia, o su culto abierto, son características propias del amor.

El Sol sigue calentando la tarde, las rocas, y esta estancia maravillosa en la casa de Natura.

Retorno lento por la ladera y veo una familia de apereá, juntos a la sobra de un arbusto. Lejos, comienzo a ver la ciudad: cada casa un recinto familiar, y el gran conjunto, una muestra de la necesaria convivencia entre los hombres.

Tinta de casi todas las historias, el amor mueve el Mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peor que la Muerte

 

El viento me da en la cara y pedaleo lento. Pienso en bajarme y andar a pie para reducir la resistencia que opone el aire.

Un hombre joven parece reparar su moto… lo saludo y sigo. Metros adelante, una trampa para pájaros está casi escondida en los arbustos de la orilla del camino. Adentro un ave agita sus alas, prisionera. Se irá en jaula para padecer en ella hasta el fin

Era preferible la muerte.

Quizás buscaba alimento para llevar al nido, y cayó en el engaño. Los polluelos y su pareja quedarán desamparados. Pero él, emblema de la libertad, ha dejado de volar sobre los campos.

Su injusta e innecesaria prisión, alimentará el dolor por lo perdido, por lo amado… y en su inmensa tristeza soportará pedidos de trinos, y palabras ridículamente tiernas, cómica y trágicamente tiernas.

Menos cruel hubiese sido la muerte.

El cazador, sin ver más lejos que las pobres monedas que recibirá a cambio, se irá contento con su presa.

Subí de nuevo a la bicicleta, y ya no pedaleaba con entusiasmo, sino con  indignación.

 

 

 

 

 

 

La Gruta 1

 

Antes de salir, busqué en un mueble mi mejor linterna, la guardé en la cartuchera de la bicicleta, y comencé mi pedaleo de las tardes.

“Quizás hoy lo haga…” me dije, y me hice al caminito angosto de balasto. Hace ya un tiempo que voy al mismo lugar y no me he atrevido a ingresar en aquella caverna que se dibuja en la piedra como una sombra, como una puerta renegrida.

¿Qué habrá en su interior? ¿Algún secreto? ¿Algún peligro? Tal vez sólo escondrijo de murciélagos y alimañas. ¿Será un túnel profundo o apenas una pequeña gruta?

Seguí mi paseo, sin prisa, pero con una ansiedad especial. Crucé el cerco de alambre, escondí mi máquina azul entre el follaje, y llevé la linterna en mi mano diestra, cerrito arriba.

Allí estaba el ahuecado paraíso castigado por  el Sol, un valle circular en miniatura poblado de matas. Al fondo el manantial, y escondido entre verdes, un ara de piedras. Detrás estaba, tallado  en la roca, el oscuro pasadizo que no he tenido el valor de explorar.

Bajé, pausadamente, por la irregular escalera, cuidándome bien de las serpientes. Me detuve ante la fuente de agua y desde allí la abarrancada pared me pareció mucho más elevada.

Un murmullo entre las ramas me hizo ver a un pajarito saltando de uno a otro apoyo, y un aroma de hojas fermentadas se hacía sentir.

Puse atención en aquella estructura muy antigua, y no vi ningún peligro… ¿Sería ese el lugar de sacrificios o ceremonias religiosas? Quizás tendría que verlo un arqueólogo,  pero es imposible, no debo revelar la existencia de este sitio. Será una de mis dudas. Di la vuelta y me paré mirando al frente, como un sacerdote ante los fieles. Reforcé entonces mi hipótesis de un altar.

Giré, y quedé frente a la cueva. Ni aún de cerca, a unos tres metros, podía ver nada del interior de ese escondite. Me aproximé y encendí la linterna. Unos pocos metros hacia adentro había una pared rocosa y húmeda, pero hacia la izquierda continuaba el túnel. Bastó dirigir hacia allí la luz para que volaran decenas de murciélagos que pasaron sobre mi cabeza. Algunos me tocaron con sus alas en su loca carrera. Me detuve para que retornara el silencio y agudizar así mi oído.

Alumbré hacia la oquedad y pocos metros adelante había una curva a la derecha, y un pasadizo  que parecía largo. Estaba muy húmedo, y corría por el piso desparejo una minúscula cañada. Caminé con precaución extrema y alumbré paredes y techo de la galería cilíndrica de unos tres metros de diámetro. Descubrí brillos metálicos entre la roca, y más murciélagos rozaron mi sombrero. Pasaron unos minutos de caminata, y advertí que  el corredor se bifurcaba. Me detuve y razoné que se trataba de un factor de riesgo, ya que si existían varios senderos podría perderme. Para no dudar, tomé el túnel de la izquierda y seguí. Caminaba pensando en que en cualquier momento me detendría y volvería sobre mis pasos… pero me tentaba seguir un poco más.

Medianamente lejos, se escuchaba ruido a agua… como una canilla abierta. Debo admitir que me sentía algo temeroso en ese ambiente tan oscuro, en el que todo sonido tenía sus ecos. Algunas sombras parecían moverse, pero juzgué que seguramente se debía al vaivén de la linterna en mi mano y mi propio desplazamiento. Recordé que era de día, que no hay que creer en peligros sobrenaturales, y que sólo debía cuidarme de alimañas.

Absorto en mis pensamientos, no advertí hasta que lo tuve a un metro, a un murciélago cuya sombra se veía imponente en la pared de piedra. Debí detenerme a recuperar el aire.

Tras algunas curvas moderadas, apareció una tenue luz al fondo. ¿Otra salida?  Podía ser también que hubiese una curvatura que me trajera al punto de partida por aquella otra galería que no seguí. Decidí avanzar para averiguarlo. No era la misma boca, sino una abertura casi obstruida por vegetación. Intenté ver entre las hojas, y descubrí  una pendiente pronunciada hasta un bosque de eucaliptos. ¿Cómo sería el paisaje original, antes de la forestación?

Las dudas eran muchas: ¿Estaría en los túneles de una mina abandonada?  Si así fuera, tendría que haber montones altos de piedra de descarte… que no se veían, aunque es posible que el tiempo los haya disimulado entre pasto y árboles, o estén en otra boca no visitada aún.

Me pareció más sensato regresar por el mismo camino, y así lo hice. No vi otros animales en toda la excursión y llegué  al pétreo altar. Ya era hora de regresar, y había quedado una galería y sus posibles ramificaciones por explorar.

Sentí ganas de contárselo a alguien, de preguntar o de pedir ayuda para sacar conclusiones. Pero todo eso estaba prohibido, así que cargué al hombro mis dudas y secreto, mojé mi cara con agua de cachimba, y trepé la escalera despareja para dejar atrás esta aventura.

Mi bicicleta me aguardaba entre sombras, crucé el alambrado, y reinicié el pedaleo hasta mi casa.

No sólo descubrí túneles por dentro del pequeño cerro, sino en mi interior, o en la mente de los hombres: es lindo saber, pero para que sea plenamente satisfactorio se requiere compartir…  Como quien compra un auto, hace un viaje, u obtiene un premio, y se apresura a contarlo a sus amigos.

Yo calmo esa sed ante el teclado de la computadora, en estas letras… que no sé si alguien leerá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Gruta 2

 

Había tenido una experiencia fuerte al entrar en un oscuro laberinto, y descubrir lo que quizás fuera una mina abandonada. Según medité,  entré por un respiradero, o fin casual de una galería que en busca de vetas, encontró la luz. La salida que hallé tras una caminata a la lúgubre luz de la linterna, debía ser también respiradero, o una puerta que se abrió desde el interior, a golpe de pico. Todo eso llevaba a que tendría que haber otra entrada, la principal, aquella por la que comenzó la búsqueda y la extracción de los minerales. Estaba convencido de que era una mina… la pared labrada rústicamente, el piso mojado, y los brillos metálicos en la roca. No era una caverna rupestre, ni un secreto pasadizo.

Si en verdad se trataba de un yacimiento que dejó de explotarse, muchas personas habrían estado allí largas horas diarias… durante meses o años. Eso significa que el paraíso escondido que descubrí hace un tiempo, y que visito casi a diario, fue conocido por otras personas. Es posible que esa gente estuviera en general más preocupada por sus hallazgos metálicos que por bellos paisajes, y que no hayan percibido el encanto que yo tanto aprecio.

Por falta de rentabilidad muchos yacimientos son abandonados y la naturaleza los va escondiendo.

Sea como sea, crecía en mí la ansiedad de visitar de nuevo aquel túnel, y explorar la bifurcación a la derecha que descarté en la primera recorrida.

Recordé llevar la linterna, verifiqué la carga de las pilas, y por si acaso puse dos más en el bolsillo. El viaje en bicicleta fue distinto, sin reparar en el camino ni en el entorno de campos y cerros. Pensaba en la cueva, en sus sorpresas, en el ruido a canilla abierta, los quirópteros, o quien sabe qué otra sorpresa podría encontrar. ¿Qué tipo de animales podría tener un hábitat así? ¿Serpientes? Me propuse tener cuidado.

Me descubrí bajando hacia la cachimba, y preguntándome si era cierto que estaba allí. Con el perdón de Descartes, sí, estaba allí. Dudé sobre la trascendencia de mi aventura… sólo, y sin que nadie supiera dónde estaba, cualquier accidente podría ser grave. No tendría que relatar la experiencia a familiares y amigos, pero era seguro que si no continuaba con mi empresa, quedaría sin respuestas un capítulo de mi vida.

Después de todo, hay más peligro en las calles y rutas que en un laberinto tenebroso. Faro en mano, combatí la oscuridad mientras caminaba caverna adentro. Ya no me sorprendieron los murciélagos, que se sentían invadidos por la luz y volaban torpemente. Agaché la cabeza un par de veces y percibí el roce de sus alas, y un sonido muy agudo rebotando entre la piedra.

Cuando llegué al ramal que nacía a la derecha, dirigí hacia allí la linterna. No hace falta que les cuente el batir de negras alas sobre y contra mi cuerpo… y seguí. Ahora el rumor de agua en caída era más intenso y en lo alto, la galería tenía un escalón, típico en la búsqueda de vetas. Desde allí nacía un orificio que aparentemente terminaba a uno o dos metros de profundidad.

Sentí mojados mis pies. Enfoqué la linterna a mi próximo paso, y estaba  transitando una cañada de veinte centímetros de profundidad. Podría resbalar, así que traté de equilibrar mi postura y ver muy bien por donde iba.  Poco más adelante, el techo rocoso era permeable, y una especie de lluvia llegaba al suelo. Se habían formado estalactitas y estalagmitas, y poco más allá, era un chorro permanente no muy copioso, pero que se escuchaba como un estruendo en el gran silencio de la gruta.

Sin duda, hacía por lo menos décadas que nadie pasaba por aquel lugar. En un desnivel del fondo tropecé, y me di un golpe leve en el brazo izquierdo, mientras sostenía con esmero la lámpara. ¿Hasta dónde iría esta galería? El cerro que la contiene no es tan grande, aunque es posible que esta senda corra a lo largo… No sé cuántos minutos pasaron, pero apareció una luz allá al fondo.

El conducto que recorría perdió la oscuridad absoluta y me animé a ver brillos metálicos, quizás oro, en vetas bastante pobres. Al fin llegué. La vegetación escondía el paisaje casi por completo, y comprendí que seguramente desde la distancia no podría verse la oquedad en el cerro. Salí, como pude, y me raspé piernas y brazos con las espinas. Un pasaje entre coronillas sobre una mísera cañada me permitió llegar al campo abierto. Allí sí había montones de pedruscos, rieles hundidos en la tierra y el pasto, que asomaban muy de cuando en cuando. 

Hierros oxidados, piletas, un semidestruido horno, fueron objetos que encontré escondidos entre árboles y pastizales.-

Sobre rocas desparejas, me paralizó la presencia desafiante de un ofidio, de un metro de largo, pero muy grueso. Creo que se trataba de una crucera, exageradamente robusta. Pensé en lo grave que podría ser una mordedura en ese lugar alejado y escondido… y decidí regresar por el mismo camino.

Las ramas y espinas volvieron a arañar mis brazos y piernas pero apuré el paso. Llevaba erizada la piel y el susto me hacía ver sombras sospechosas por doquier.

El retorno me pareció mucho más largo, aunque caminaba de prisa, casi corriendo. Hasta los murciélagos me sobresaltaron  esta vez. Al fin atravesé la frontera de las tinieblas, y me alegró ver la luz, y el paisaje conocido.

Respiré hondo, descansé un instante, pero seguí observando con cuidado el entorno como si hubiera una serpiente en cada roca, en cada sombra.

Ascendí desde la cachimba al borde alto del teatro natural, en el que fui actor nuevamente.

En el follaje se esconde la boca umbría, y del otro lado del pequeño cerro, la entrada de la mina, algunos de sus vestigios y aquel reptil hermoso y a la vez horrible.-

Los campos tienen dueños, y al menos algún peón rural debe conocer parte de mis descubrimientos.

Más tarde, ya en mi casa, ingresé en la computadora al programa de imágenes satelitales, y traté de encontrar cada punto. Está mi camino, el cerro, pero apenas una mancha gris en  el recóndito paraíso, y nada, ninguna forma que me deje descubrir las otras dos bocas ni los rastros de una mina abandonada.

 

 

 

 

 

 

 

La Vida

 

Sin viento, en la calma exagerada del circo de cerros, los más débiles sonidos se hacían audibles. La vegetación exhibía verdes castigados por el Sol,  y un hedor a hojas mustias se adueñaba del aire.

Ajena a todo, una colorida mariposa atravesó, con rumbo titubeante, el espacioso escenario, hasta posarse en una rama de coronilla. Inconsciente de su brevísimo destino, parecía malgastar sus horas sin acciones trascendentes.

Es más, me pareció feliz. Su misión era ser mariposa, y lo estaba cumpliendo perfectamente, sin angustias ni prisas.

Mientras la miraba mover con delicadeza sus alas, pensé que su existencia es un segmento mínimo en la recta del tiempo,  la confluencia de todas las dimensiones, un maravilloso instante.

Los humanos nos tomamos la vida con otras exigencias. Pretendemos aproximarnos a la eternidad, y la preocupación por la muerte no nos permite disfrutar hasta el último instante.

En derredor, una enorme y pétrea vasija, se muestra tapizada de  seres orgánicos diversos. Todos ellos, del pasto a la coronilla, de la mariposa al buitre, de la lombriz a la serpiente, del cascarudo al lagarto, todos, acotados en el tiempo.

Aún la roca se formó alguna vez, y nada asegura que será roca para siempre.

Agregado en esa escena, estaba también yo, un visitante apenas. Sólo haber nacido y tener conciencia de ello, es un gran milagro.

Moriré, sin duda, cuando llegue el momento… pero fenecer no es una tragedia, sino una etapa imprescindible del ciclo vital.

La perpetuidad es un sueño de los hombres, pero un contrasentido, en un universo donde lo único constante es el cambio.-

Eso soy, parte de la gran cadena de transformaciones, un estado transitorio de la materia, un próximo integrante del pasado.

Me veo como aquella irisada mariposa, ocupando mis días en acciones que no son demasiado importantes, pero que disfruto de verdad. Después de todo, mi misión es ser yo, y eso hago.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Migrar

 

Una sombra veloz me forzó a levantar la vista. Una golondrina sobrevoló el encierro de granito, y se perdió más allá de la muralla. Yo descansaba las piernas y llenaba mis entrañas de refrescante paz. Observé al pájaro aletear hasta alejarse, y pensé en las enormes distancias que recorre en sus migraciones.

¿De dónde eres, Golondrina? ¿Perteneces a un terruño o tu patria es la ruta extensa de verano a primavera? ¿Son los mismos individuos que regresan cada año?

No estoy seguro si no se apegan a un lugar, o tienen sus sitios preferidos en cada escala de su viaje.

Emigrar es, en mi familia, una palabra dolorosa…

En las sombras que miraba sin ver,  se recreaban imágenes de mi infancia. Nítidamente aparecía mi padre, de sobremesa, con los ojos hundidos en el humo de cigarrillo, que retorcía sus formas hasta el techo. Silencios largos e inviolables. Yo sé que regresaba por minutos a su Italia lejana, y corría junto a los puentes del canal, por entonces de agua cristalina. Él volvía callado a su ciudad natal, y escuchaba alarmas de la guerra, risas de amigos, voces familiares… demasiado tarde ya para el retorno.

Tuvo su familia, esposa,  hijos y nietos, encontró una patria adoptiva, pero llevó hasta el último día una nostalgia incurable en la mirada… que no quiso transferir.

En el cementerio de Pan de Azúcar están sepultados mi padre, uno de sus hermanos, y mi abuelo paterno que murió durante una visita.

La historia es intrincada. Otro de mis tíos, el primero en venir al Uruguay, regresó un día con esposa e hijos. Mi primo, que fue mi mejor amigo en la infancia, y de algún modo lo sigue siendo pese al tiempo y los kilómetros, añora desde Italia estas tierras. En él se invierte el destino de mi padre.

Cuánto daría él por estar aquí, conmigo, en este magnífico remanso. Lo veo con su cámara fotográfica capturando figuras de aves o de liebres, y llenado como yo, el alma, de la savia fundamental de esta comarca.

Sombras… son sombras nada más, las que contemplo, siluetas de coronillas y chircas. De los actores de mi película, sólo estoy yo y el santuario de Natura. Sólo está el paisaje del que me siento parte, y mis recuerdos y emociones. Incipientes lágrimas nublan mis ojos. Cuántos hombres y mujeres de este mundo, buscan ventura en lejanos horizontes… y comprenderán con profunda exactitud estas palabras.

Desarraigo… doloroso mal.

No sé qué rumbo tomó la golondrina. En mi casa paterna anidaban en los aleros, y retornaban  en cada primavera. Antes de sentirse el otoño, se marchaban con sus polluelos, y me gustaba creer que eran siempre la misma pareja, aquerenciada entre nosotros.

 

 

 

 

 

 

Camino del Jabalí

 

Voy, absorto en el paisaje, recorriendo el caminito angosto de balasto, flanqueado por tupido cerco de coronillas. Siempre me llamó la atención la oscuridad de las galerías que se forman al pie de estos árboles, ideales para guaridas de animales.

En algunos tramos, la vegetación se torna sucia, desprolija, y forma parte de ese paisaje cotidiano que está por fuera de mis pasos.

De pronto, me sorprende un ruido a centímetros de mi cuerpo, entre el follaje tupido… algo así como el movimiento de un pesado animal. Esta experiencia se ha repetido varias veces, pero no logro ver el sombrío interior del pasadizo entre las ramas.

Las especies vegetales se mezclan: coronillas, espina de cruz, molle, chircas, y hasta con algún brote de eucalipto. De cuando en cuando aparece un par de palmeras, y por lo bajo, malezas y flores.

Sigo mi paseo, pero pensando en cuál podría ser la causa de ese sonido a ramas  y hojas agitadas… ¿Podrían ser jabalíes? He escuchado muchos cuentos sobre la caza de esos animales no autóctonos, pero expandidos en exceso sobre el territorio nacional, al punto que fueron declarados plaga nacional en 1982.

Sin duda los cerdos salvajes pueblan estos campos, aunque no es fácil verlos, porque en zonas de presencia humana adoptan hábitos nocturnos. Una vez vi a un grupo de cazadores exhibir sobre un auto a un ejemplar adulto de casi doscientos kilogramos, con largos colmillos inferiores y pelo castaño y negro.

Productores agrícolas se han quejado de destrozos en cultivos, presumiblemente atribuibles a estas bestias que tienen dieta omnívora, es decir, comen de todo. También escuché la indignación de ganaderos que perdieron corderos, quizás por la acción de piaras que transitan quilómetros cada noche, y se esconden de la luz durante el día.

¿Estarán algunos de ellos resguardados en estos pasadizos? Trato de verlos, pero me es imposible. Llevo en la mente la imagen conocida, que es bastante distinta a la de los primeros jabalíes traídos de Europa allá por 1928… es que en estas tierras se han cruzado con cerdos domésticos, con lo que aumentaron el tamaño y se volvieron más prolíficos.

Sé que pueden estar por aquí, esperando la noche. No tengo la intención de perseguirlos y menos cazarlos, pero sí la curiosidad de saber si son ellos quienes se mueven a veces y me sobresaltan en mis caminatas.

Iba con esos pensamientos revoloteando en la cabeza, cuando se reiteró una brusca retirada.  No pude identificar el origen, pero vi barro pisoteado y huellas de pezuñas, que bien pudieron ser de ciervos o de jabalíes. Uno de los troncos tenía barro, como si un suido se hubiese refregado contra él… ¿Estaré imaginando demasiado? Muy cerca hay una especie de estanque entre juncos y pastos altos… el escenario es el adecuado.

Seguí el paseo, inquieto, y mirando de reojo las galerías que acompañaban al sendero. Descubrí las orejas de una liebre, mientras un apereá corría a su escondite. Los pájaros se posaban tranquilos en el alambrado, y todo parecía en calma.

Otra vez, escuché quebrarse ramas… me detuve casi sin respirar e intenté ver entre las hojas. Entonces, apareció ante mí una tranquila oveja que se asomaba para verme.

No me contentó el hallazgo… no creí que siempre fueran ovinos quienes me sorprendieran al moverse.

Ya me enteraré, pensé, y seguí mi rumbo sin notar nada entre los troncos de los árboles de las dos orillas.-

Desde la entrada de la cueva miré la maraña en infinidad de tonos de verde, y pensé en la rica vida que alberga. Quizás también jabalíes estuvieran por allí, habitantes salvajes, que la imprudencia del hombre había incorporado a la fauna… y como todo cambio al ecosistema, produjo efectos negativos.

Intenté imaginar el ondulado territorio, como fue antes de la conquista. Traté de suprimir columnas y cables, casas, alambrados y caminos. Aún así había muchos cambios: Eucaliptos, liebres, vacas, ovejas, caballos, plantíos.

Regresaba por la pendiente pedregosa, entre hojas y espinas, y no podía dejar de buscar algo más. Retomé la ruta de cercos frondosos, mientras el sol se enamoraba del horizonte sobre la Sierra de Las Ánimas.

Estaba ausente de todo lo cercano, cuando me paralizó un sonoro movimiento a mis espaldas. Atiné a girar y vi agitarse con rudeza las ramas,  mientras una forma marrón indefinida se desplazaba en la espesura, alejándose de mí.

¡Es un jabalí! Me dije emocionado, intenté ver más lejos, pero como si hubiese desaparecido en un acto de magia, todo era paz en derredor. Sólo mi corazón se sentía agitado, y mis piernas cansadas.

Aún aturdido, retomé mis pasos. ¿Fue realmente un cerdo salvaje? Siendo totalmente objetivo, no podía asegurarlo, nunca distinguí sus formas… pero yo estaba convencido de haberme encontrado con lo que esperaba.

Si lo fue, no era para nada agresivo, sino que invadido en su descanso, optó por alejarse y confundirse en los matorrales.

Es seguro que habría otros ejemplares en las umbrías galerías, pero no tenía apuro por descubrirlos. Por esta vez, era ampliamente suficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atalaya

 

Los caminos que se unen y separan en medio de la fronda, forman dibujos que no alcanzo a comprender. Las curvas me hacen perder referencias y no alcanzo a tener en mi mente, un mapa definido.

La visión particular de los paisajes a veces no coincide con la globalidad. Por eso he pensado en tomar cierta perspectiva: cerca del acceso a la cueva hay una roca alta desde la cual creo que podría unificar el panorama. Durante varios días he pasado frente al atalaya, estudiando cómo acceder a su parte superior.

Finalmente salí de mi casa con binoculares colgados al cuello, y recorrí la distancia viendo crecer en el horizonte la modesta altitud.

Paso rápido y vigoroso, llegué a la pendiente que escalo con baquía, hasta el paso que da al encierro circular. Entonces, desvié a la izquierda mi dirección, y busqué una despareja escalera para llegar al mirador elegido.

Raspadas las rodillas, y con algún rasguño por las espinas, llegué a destino.

Descansé un instante, llené de aire limpio mis pulmones, y comencé a buscar puntos conocidos en el territorio.

Al fondo estaba el cerro Pan de Azúcar, gris azulado, acariciado por nubes. En la ondulada superficie se apreciaba blanco el caserío, los tanques de agua, el campanario de la Iglesia. Una fumarola gris llegaba torciéndose al cielo, desde la fábrica de cemento en Km 110, y la Sierra de las Ánimas limitaba el paisaje occidental.

Entre muy tupidos montes, el arroyo clamaba por la laguna y un enjambre de rutas exhibía multicolores autos y camiones por aquí y por allá.

Más cerca, estaba el techo de viveros que siempre veía de otro ángulo, la casa de los Denis en el barranco y en lo alto la canchita donde pasábamos largas tardes de parodias futboleras.

Aquella calle que cruza sesgada el campo, es la pista de carreras de caballos de Asencio, y no muy lejos, una pequeña catarata que suele ser muy visitada, junto a las ruinas de un viejo molino.

A la vera del camino, pero también allí cerca, estaba el deteriorado local de una escuelita rural abandonada, la de Pago de las Pajas, de la que mucho he escuchado.

Lo demás, una rugosidad caprichosa de colinas y cerros, cultivos, vacas, ovejas y caballos, islas de coronillas, y una exagerada extensión de bosques de eucaliptos.

¡Qué pena, tantos árboles sembrados en el campo que no los tuvo siempre…! Las formas de la comarca han cambiado como si un irresponsable pintor hubiese pasado su pincel sin tino sobre la tela.

Escarpadas serranías, tapizadas con una homogénea forestación. Me molesta, porque entiendo que el equilibrio ecológico se rompe cuando innovamos con especies no autóctonas. El saldo entre beneficios y perjuicios no viene al caso.

Hay muchas taperas… familias que se ausentaron de este medio rural, quizás en busca de mejores horizontes, quizás sólo llevadas por el tiempo.

Ya hace un largo rato que observo desde la roca sobresaliente del pequeño cerro, y lo mejor es que he compuesto el puzle de paisajes para entender más mi terruño…

Cuando iba descendiendo miré atrás, al atalaya, conquistado por mi curiosidad,  para sumar experiencias. Insistí en mirarlo cuando estaba llegando a mi casa, y las imágenes descubiertas se repitieron en un instante.

 

 

 

Estar bien

 

No siempre llego a la cueva. Muchas veces  sigo camino para explorar cada alternativa, cada cruce. Es en realidad una red de senderos, de balasto algunos, huellas en el pasto otros, que recorren el arrugado tapiz de mi terruño.

Entonces, levanto la vista hacia donde sé que está el templo circo escondido, pero no me acerco, y sin cruzar siquiera el alambrado, busco distancias mayores para conocer mejor la comarca. Investigo. Conozco por experiencia propia, al tiempo de realizar mis ejercicios. Voy creando mis teorías: “si voy por este tramo hacia el Este, saldré en la ruta nacional a tal altura” o “por esta dirección pasaré cerca de la casa aquella, que aprecié desde la carretera”. Así fue que estuve en la portera de una casona rural que visité de niño con mis padres y hermana, pasé frente a la tapera donde vivieron los bisabuelos de mi madre, Andrés, y mi abuela. Por una opción más al Oeste, crucé un cerro y llegué a la ciudad por la estación, y cuando quise ir más lejos, me hice al recorrido que pasaba por una gran forestación, atravesaba un tendido de alta tensión, y orillaba las viviendas abandonadas y yermas que observaba con algo de tristeza.

Me hallaba esta vez, buscando una conexión entre caminos que intuía, pero no sabía si en verdad existen. La oportunidad era propicia porque el viento estaba en contra, y al regresar cansado, lo tendría a favor.

Dejé la ruta de asfalto, y poco después de pedalear por el balasto  un poco blando por recientes lluvias, vi con cierto humor, a una liebre que sin duda huía de un jinete que iba adelante, pero no se había percatado de mi presencia y corría directo hacia mí. Asustada, imprimía velocidad a su carrera, hasta que advirtió mi marcha en sentido contrario, frenó bruscamente, y se zambulló en la breña del costado.

Yo seguí, sonriendo por el episodio, pero esforzándome un poco más que de costumbre porque el barro frenaba bastante a las ruedas anchas de la bicicleta. Pasé por los recovecos de siempre, curvas y pendientes, y fui aprovechando la baja velocidad para escudriñar bajo la fronda de coronillas.

¡Cuántos escondrijos con vocación de madrigueras! Pero ninguno tanto como una extensión de una cuadra, no más, que ocultaba un humilde cauce de agua. El contador de la bicicleta marcaba unos doce, casi trece kilómetros desde mi casa. En frente, se destacaba una extensa superficie sólo poblada de altas chircas.

Me detuve, porque valía la pena. Esforcé la vista para curiosear en las rastreras galerías, donde pude descubrir la cañada sinuosa, poco amiga de la luz. Agua, barro, privacidad… me hicieron recordar el casi seguro escenario de jabalíes.

Monté de nuevo en mi biciclo,  y avancé para confirmar mis sospechas. Pasé por el mismo arroyuelo, en el lugar donde debajo de una planchada de hormigón, cruzaba al campo del otro lado. En un duro repecho, encontré a una “coral” de cuarenta centímetros, amarilla y negra, que me miraba amenazante a metros de mi tránsito. Seguí, y antes de completar los quince kilómetros, apareció a la derecha el paso que buscaba, el que seguramente pasa cerca de una zona que exploré días atrás. Dejé la comprobación para otro paseo, y al completar la distancia auto impuesta, comencé el regreso.

No había hecho más de tres kilómetros cuando al pasar el cambio para afrontar una subida, la cadena se trancó y el desviador de cambios trasero se metió entre los rayos. Logré retirar la pieza de la rueda, pero no que volviera a funcionar… quedé sin transmisión, es decir, sin pedaleo.

Como estaba haciendo ejercicio, no tomé a mal el incidente. Faltaban doce kilómetros para estar otra vez en casa, y podía aprovechar las bajadas. Con la bicicleta tomada con la mano derecha del soporte del manillar, comencé a caminar. Algunos tábanos cargosos me fastidiaron en ciertos pasajes, y traté de alejarlos, sin detenerme. En uno de los muy simples puentes, estaba pescando con su familia un ex alumno, que intentó reparar la máquina, pero no contaba con las herramientas apropiadas.

Las desventuras tienen sus lados positivos. Primero, que no fue algo grave, no me accidenté siquiera. Me sentía fuerte como para regresar a pie, encontré gente que me quiso ayudar, pese a los anuncios no estaba lloviendo, tenía el viento a favor, y logré superar el trance con resto físico y entereza anímica. En verdad lo bueno era mucho más que lo malo, y sumaba una anécdota para contar.

Además, pude repasar palmo a palmo la pluralidad de cercos verdes y oscuros pasadizos, los ángulos entre direcciones secantes, y su relación con el paisaje cargado de cerros.

Es seguro que si me hubiera enojado con la rotura, el paseo se habría arruinado.

Dejé la bicicleta en el taller, y vi que al poniente, el Sol me guiñaba su único ojo, en complicidad con una nube.

 

 

 

 

Otoño

 

Antes de salir, no pude evitar mirar el almanaque… están por comenzar las clases. La tarde estaba gris y el camino húmedo, el cielo terminaba en la cresta de los cerros y el Sol, no era parte del paisaje.

“Están por comenzar las clases”, me dije, mirando el angosto sendero que tenía por delante. Es curioso, podré hacer el mismo recorrido muchas veces, pero cada paseo es completamente distinto, contiene experiencias nuevas, sensaciones únicas. La combinación de estados de ánimo, pensamientos que ocupan mi cabeza, el tiempo atmosférico, y las sorpresas de cada tarde, son un caleidoscopio que jamás repite su presentación de colores y figuras.

¡Están por comenzar las clases…!  y cierta expectativa ha vuelto a crecer en mí. Una nueva generación de estudiantes llegará al aula, y ya quiero conocerlos. Pero también querría seguir como en verano con mis largas caminatas cada día. ¿Quién soy yo? ¿El ocasional explorador de corredores rurales, o el docente que busca caminos para llegar a cada alumno? Sin dudas, el segundo. Un profesor que repone energía en vacaciones, y trata de enriquecer su propio equipaje de conceptos para comprender mejor el universo, y a los adolescentes.

Será otro año, como tantos. Algunos jovencitos me dirán que sus padres fueron mis alumnos, otros que me escuchan por la radio. Yo intentaré conocerlos pronto, los hallaré parecidos a sus hermanos, y trataré de hacer más placentera y fértil su tarea de aprender.

Es mi vida. Mucho más traumático me será el día del retiro. No quiero ni pensar en eso. Prefiero ver mis pasos transformando futuros en pasados, dejando atrás los metros del camino,  sin vocación de llegar a ninguna parte, porque la felicidad no es alcanzar la meta, sino avanzar.

No habrá dos años iguales en el Liceo. Una colección completa de experiencias me está aguardando, algún fracaso me enseñará más que los libros, y si llega una alegría, renovará mis fuerzas.

Faltan pocos días, y estaré en el aula, con ellos. Pero no es hoy todavía. Las curvas van quedando atrás y un eco de cerros se diluye en la lejanía.

Quedó lejos el cerco que crucé, y por la nada singular pendiente me aproximé a la esquina de las calles Paz y Silencio. Me detuve a descansar unos minutos, y a saturar de vitales verdes mis pupilas. El espacio circular me pareció un mercado. Aquel árbol, vende sombra fresca. El manantial, agua cristalina. El altar de piedra vende misterios de una época ignota, y la gruta ofrece entradas para una aventura inolvidable. La losa gris cede un lugar para el sosiego, y el entorno todo, vende sueños y pensamientos originales.

Todo está en comercio, al precio de invertir en horas de la vida.

Cerré y abrí los ojos, y el mercado se convirtió en Universidad. Las hojas enseñan a transmutar formas de energía. La fuente es la muestra del ciclo más importante, de un mundo biológicamente apto y activo. La mesada de piedra,  da lecciones sobre lo poco que sabemos de algunas cosas. La galería oscura educa sobre los miedos. El encierro de savia y roca entre los cerros, instruye sobre la naturaleza común de cada punto del Universo.

Todo está dicho en un mensaje de voces infinitas, que flotan en el aire y en la luz.

Pestañé de nuevo, y la Universidad se transformó en un Teatro. Los actores representaban sin moverse, las escenas y personajes que yo quisiera ver.

Todo es teatro, el Cosmos lo es. Un gigantesco escenario en el cual cada astro, cada ser vivo, es un actor, y nosotros,  protagonistas de la obra de nuestra vida.

¡Basta!  Es tiempo de volver. Desando entonces, mi derrotero por el declive, cruzo el alambrado, y miro lejos la distancia que me falta recorrer.

¿Qué les diré a los nuevos alumnos el primer día? Porque están por comenzar las clases.

Unos metros más allá, está la portera del otoño, y entraré por ella, para disfrutar sus hermosos amarillos, y las mañanas pintadas de rocío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sueño

 

Sueño a veces, con que en este maravilloso mundo que tengo a la vista, no exista el hambre y la miseria.  Al ver la amalgama de colores del paisaje, la comunión incomprendida de la materia y la energía, la trascendencia inocultable del Sol sobre la vida… pienso que no existen las guerras, y que no puede el hombre matar al hombre, por posesiones que de nada servirán, llegado el día.

Sueño con que la mente olvide ambiciones tontas, celos vanos, personalismos inconducentes, fanatismos irracionales, odios injustificables.

Me pregunto hasta qué punto el hombre es el animal más inteligente… cuando aprecio el equilibrio de la naturaleza salvaje: Matar para comer, comer para vivir, vivir para perpetuar la especie.

Sueño con una humanidad solidaria, en la que cada uno ocupe su espacio y deje espacio para los demás. En la que nadie se aproveche del prójimo,  explotando obreros para enriquecer sin límites, ni dejándose ayudar cómodamente, sin procurar por sí el sustento.

Sueño… sueño. Mientras tanto, sigo transportando mis ojos y mi alma, por las curvaturas de las lomas y  las vías de balasto.

Creo que no sería justo que todas las personas tuvieran el mismo sueldo… porque tendría que ser mayor el de aquel que se esfuerza más por un tiempo superior.

La capacidad intelectual o física de las personas, tendría que ser un argumento para obtener el empleo preferido, no para ganar decenas, cientos, o miles de veces más que otros.

La responsabilidad sobre otras personas, merecería un complemento, una paga extra, pero nunca mayor que un segundo sueldo.

Después, si la persona es austera, ahorra, y eso le permite reunir una cifra que le de tranquilidad para el futuro, es otra cosa. Cada uno puede jugar las cartas como quiera, pero debe tener esa libertad… y las cartas.

Sueños... Todos los jóvenes quisimos cambiar al Mundo. Yo, ya no tan joven, quisiera hacerlo todavía. Sin renunciar a todos los adelantos que disfruto y valoro, hay algunos cambios que me gustaría echar atrás.

Reforzar la familia, que los padres e hijos tuvieran tiempo para charlar y conocerse cada día, porque las personas cambian. No por haberlo alumbrado ni amamantado, se conoce a un ser humano por toda la vida.

¿Por qué salir de fiesta tan frecuentemente y tantas horas? ¿Por qué dejar la casa a las dos o a las tres de la madrugada, para volver ya entrado el día, mientras los progenitores ignoran por completo dónde están y qué hacen?

¿Son costumbres? Las costumbres las hacemos los individuos que formamos la sociedad. Cada uno de nosotros, por acción o por omisión. No es culpa de los demás, del Mundo, del tiempo nuevo.

En realidad, tendría que haber comenzado por el final. Sueño con que aquellos chicos auto marginados de la esquina de la plaza, dejen de necesitar esas sustancias para sobrellevar la vida. Pero cuando pienso en cuál es la causa, para intentar revertir lo que veo, me doy cuenta de que no es una enfermedad simplemente, sino un síntoma de una sociedad enferma de todos los virus que mencioné desde el comienzo.

Es un cóctel: falta de espacios, oportunidades y expectativas, deterioro del vínculo familiar, corrosión de modelos a imitar, ausencia de proyecto de vida, desencaje y pérdida de categorización de valores. Hay más, el “no me meto”, el “a mí qué me importa”, el “ya son grandecitos para cuidarse”. O el grave “no le falta nada, le doy todo el dinero y comodidades que necesita”.

Pero no todos los factores son externos, porque los jóvenes que aludo, carecen, también,  de voluntad para incluirse positivamente entre los congéneres, para no esperar soluciones de los demás, para autovalorarse y desarrollar una conducta que provoque orgullo, y no vergüenza.

Yo los saludé en la esquina de la plaza cuando salía en mi paseo, y me miraron disconformes… porque lo están, pero más que conmigo, con su propio rumbo que no atinan a torcer.

Este es otro ambiente, Sol y cerros, vegetación y fauna. Los animales que encuentro en el camino, no necesitan drogas, ni más posesiones que una cueva o un nido y la propia descendencia.

Yo transpiro en el repecho, pero arrastro lastres mayores que mi peso. El Universo es simple y la complejidad no es otra cosa que la armoniosa unión de partes simples.

¿Podría caminar feliz si creyera estar perdido entre los rumbos del campo? No. Me hace feliz el paisaje, el aire limpio, el entorno equilibrado, la paz, pero más que nada, la seguridad de saber dónde estoy y a dónde voy. Como aquel pájaro que lleva una lombriz en el pico, y sin duda, se dirige al nido.

 

 

Cuando el almanaque  no existía

 

¿Quién puede recorrer estas tierras, y no sentir el alma del amerindio, vagando como una sombra, impregnada entre cerros? Es un latido que se percibe en el aire, un hálito vigente en la savia de los árboles y el trino de los pájaros; una voz gutural apagada que recorre las colinas como un eco callado.

Una música dormida, una flecha disuelta en el viento, un silencio de sepulcros y un largo lamento… Piedras donde hubo sueños, y algún fogón se esconde.

¿Quién puede asumir la propiedad arcana  de los  campos que marcan los alambrados?

Es mi terruño, nací en él, y lo siento mío… Pero hay no sé qué rastros de pasados, que no tuvieron oportunidad de convertirse siquiera en recuerdos.

¿Sabe alguien quiénes eran aquellos hombres y mujeres... qué sentían, cómo pensaban, qué creencias tenían?

Es fácil especular, cuando no vendrá ningún testigo a marcarnos los errores.

Este angosto tapiz de grava, me lleva sin ver aún el punto de las serranías que me convoca.  Un buitre alardea con su vuelo de planeador, y aguza la vista entre tanto verde.

El sol, las cañadas, las curvas del relieve… son el mismo escenario que conocieron aquellos que ya no están.

¡Que ya no están… pero están!, incorpóreos y esenciales, como una luz que ya no depende de la lámpara.

Después vinieron otros pobladores… que hicieron del paisaje su universo. Montaban sus caballos, conducían sus carretas, con un huerto mínimo al fondo y animales que cuidar en la pradera.-

Abundan las taperas, paredes agrietadas, techos vencidos, un aljibe con brocal alto, y una pileta en el zanjón. Los ranchos no dejaron huellas, porque volvieron a convertirse en tierra.

Hoy, una maraña de caminos me permite acercarme a cualquier lugar de la región. Altas columnas, cables, bosques importados, son las marcas de un tiempo nuevo  que se levanta sobre el pasado.

Camiones por carretas, motos por caballos, tractores por bueyes… todo cambia.

Pero en las mismas colinas alumbradas por el Sol durante milenios, hoy crecen casas nuevas. 

En antiguos chircales, se levantan ricos sembradíos. Más allá de todo, la espesura existe. Campos con apariencia virgen, sin huellas; porteras de madera y alambre, algún tramo firme de viejas mangas,  rocas redondeadas en las cimas, un jinete baqueano vestido con bombachas, boina,  puñal, y cinto con hebilla de plata.

¿Quién puede andar más acá del horizonte, y no emocionarse con lo que ve? ¿Quién pasa ajeno al desvarío de los tiempos? ¿Quién se contenta con percibir lo que los ojos pueden?

Hace mil años un hombre recorría estos rumbos, y alimentaba su espíritu con sencillas realidades. Llevaba una mochila de sueños y cariño por los campos que pisaba.

La brisa susurraba en su oído, y cada ser, era un hermano.

Yo he visto su sombra, mientras doy nueva letra a su misma historia.

 

Pan de Azúcar

 

Te veo hermosa, Pan de Azúcar, desde esta perspectiva. Tú eres un castillo y los cerros, paredes de piedra, que te protegen de los vientos. Tu portal y escudo de armas, es la eminente montaña de granito y su cruz que se yergue al cielo.

 Caserío blanco y calles anchas, una araña de rutas,  el arroyo, y un destino de poesía que has impregnado en mi alma.

Te veo, desde la altura moderada que visito. Busco mi casa, y mi infancia en el Barrio La Viviana. Allá, donde pasa la cañada, hubo una posta de diligencias para cambiar caballos y refrescar viajeros.. En ese solar vivió una vez una señora que llamaban La Viviana, y cerca del agua aparecían tenedores de bronce y herraduras oxidadas. Sí, sólo mirando en aquella dirección, puedo ver las castañetas en el anzuelo y los campitos de tardes futboleras.

El abasto, el parque Zorrilla, la Piscina, el Albion, los tanques de OSE,  el campanario de la Iglesia, el hospital, la plaza… Cada imagen una cuenta del collar que adorna mis recuerdos.

Desde aquí los veo. El galpón de AFE y la vía, por la que sólo corre el fantasma del tren, de la Estación al 110. El granero que desapareció durante un temporal, las escuelas, y el querido Colegio San José.

El cementerio, los complejos de viviendas, y la Vieja Bodega. ¡Cómo no existir artistas en mi pueblo! …Si el horizonte es una tela conjugada en óleo y acuarelas.

Rojo, como los ladrillos que lo materializan, está el Liceo, casa que ha tenido ya tres emplazamientos, y forma parte fundamental de mi sustancia.

Te veo activa, Pan de Azúcar, como un desfile permanente  de personas en variadas empresas. Maestros, profesores, poetas, cantores, futbolistas, aviadores, corredores de autos, basquetbolistas, artesanos, pintores, jinetes, nadadores, estudiantes, trabajadores…

Allá está el barrio de los negros ya casi sin negros, pero con un rumor de lonjas que flota siempre sobre la calle.

La cancha de Fontes,   el Molino Schiavonne, la cancha de bochas, los rosales de la plaza y los murales.

Todo se mezcla en almanaques que no entienden de sentimientos, mientras yo, desde un estadio de piedra y verde perdido en las serranías, dejo que mi corazón se apodere del paisaje.

Pan de Azúcar de aguateros, silbato de policías, faroleros, diligencias y calles polvorientas de balasto, que vas quedando en el pasado, pero nunca en el olvido.

Pan de Azúcar moderno, en la misma colina.

Tú eres la ciudad modesta, de casas bajas, que no cambio por Londres ni París, por Venecia ni Nueva York, porque todo lo que me atañe está en tus calles, en tus veredas, en tu gente, en tu historia, y en este entorno de campos ondulados, donde tiene raíces muy hondas el árbol de mi vida.

 

 

 

 

 

 

Cruz del Sur

 

La cruz del Sur… Es más que una constelación. Más que esos cuatro vértices mal cuadrados.

Aguja que da vueltas al reloj del firmamento, brújula colgada en las alturas, apología de las profundidades del espacio.

Lentejuelas del negro vestido de la noche, guiñadas de colores al navegante, destellante dibujo sideral.

¿Quién dijo que es una cruz? Pudo ser una flecha, un barrilete, una señal universal.

Yo he pasado muchas noches observando su figura, el cofre de joyas, el saco de carbón, sus estrellas múltiples.

Desde mi infancia la veía muy cerca de la cruz del Cerro Pan de Azúcar, y pensaba que bastaría tomar la perspectiva correcta, en el momento justo, para que coincidieran.

Pero esta noche la veo desde mi observatorio secreto, preservado de luces. El cielo está tan limpio y oscuro que descubro estrellas apenas perceptibles.

El cerro se aleja a la derecha y la cruz imaginada se pondrá perpendicular al horizonte, para señalarme el Sur.

Pintura dilecta del paisaje del cielo, fue observada desde tiempos remotos en el hemisferio austral. Los incas la veían también como una cruz, o como una escalera, aunque la llamaban “Chakana”, en lengua quechua, pero… ¿Por qué el imperio de los andes rendiría culto a una cruz, ignorante del cristianismo?

¡Hay tantas cosas que no sabemos!

Esa insignia de líneas cruzadas, fue observada también en estas tierras… mucho antes de la invasión post colombina. Para ellos tenía una forma más familiar: la Huella del Ñandú, a la que llamaban  “ÑandúGuasú Pyporé”. Igual que pasa con el resto de las constelaciones, su forma y nombre está asociado a una leyenda. Se trata del Abuelo Avestruz - Berá - Ñandú Guasú, quien “cierta vez, en tiempos muy remotos, volvió a caminar por el Cielo y dejó allí la huella de su pie. La marca es un conjunto de puntos luminosos que todavía hoy se pueden ver donde sus uñas hirieron el líquido cristal del firmamento.” “ El Abuelo Ñandú había dejado su huella para advertir a los seres humanos originarios de la pradera que algún día andarían tan errantes y perseguidos como él mismo y su descendencia…”

Las profecías  existen, y muchas veces se cumplen. No se trata de poderes superiores, sino de la facultad de analizar el presente y proyectar el futuro en base a prospectiva de las tendencias. La sabiduría, no siempre es proporcional a los estudios formales. Llega a veces por acumulación de experiencias, y por capacidad de lectura de la realidad.

Creo que más que intuición o premoniciones, la profecía de la leyenda contenía un mensaje inteligente.

En la noche estrellada sin luna, aquí en un mirador de la serranía, se percibe la ausencia de aquellos primigenios pobladores. En lo alto, la huella del ñandú, los recuerda.

Las cosas no son lo que son, sino lo que vemos en ellas.

La bóveda casi negra, luce saturada de puntitos titilantes. Son variados los brillos y los colores, las formas que podemos imaginar… y las que pretéritos hombres pensaron para crear constelaciones. Pero entre miríadas, destacan aquellas estrellas… saeta de luces ordenadas, que no deja de mostrarnos el camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colores

 

Pintura…  todo es pintura. La realidad existe pero permanece oculta, se muestra parcialmente, se disfraza.

Es el boceto de una tela maravillosa lo que vemos, no la verdadera presencia de los objetos. Una obra de arte que creamos al mirar, que coloreamos de acuerdo a nuestras emociones, que soñamos mientras admiramos… y tendrá tonalidades propias, porque nuestra percepción del Mundo es subjetiva.

Tú dirás: “Aquello es un cerro y es cerro para todos, sus formas son como son” . Yo aceptaré tus palabras, y agregaré: “Pondremos los ojos en lo mismo, pero tendremos visiones diferentes”. La silueta se me antojará distinta y los contrastes me dirán cómo está mi alma, cual si fuese un espejo introspectivo. 

Yo recorro mis caminos,  con una paleta de acuarelas en la mano, para encontrar los colores que voy creando al contemplar. Los grises cambian en una gama infinita, los rojos se encienden y se apagan, los verdes suben o bajan de tono, los azules se vuelven más o menos intensos… los ocres y amarillos despiertan y se adormecen, en una combinatoria interminable.

Diseño el camino cuando salgo,  siembro pigmentos en el campo, en la serranía,  y más allá, donde el cielo se toca con la tierra.

 

 

 

 

 

Sonidos

 

No sé cómo suena cada melodía, o si todo es una sola composición compleja. Yo camino a  veces en medio del silencio, aunque abunden ruidos por el campo. Ambiento ocasionalmente  mis paseos con música y palabras almacenados en mi alma, y dejo atrás los murmullos monótonos que pueblan el aire.

Si hago esfuerzo, puedo distinguir trinos y mugidos, rumor de brisas, resoplo de caballos, el vigoroso quejido del tractor, o hasta mis propios pasos. Pero absorto en mis temas, exploro el sendero, ajeno a todo lo habitual. Sólo un fuerte estampido o un sonido extraño, podrían regresarme a la vigilia plena.

Anestesia de colores, inyecta el paisaje a mis sentidos. Los pensamientos me sustraen del Mundo, me llevan lejos, en pos de palabras, definiciones o respuestas. 

Va mi cuerpo aplanando balasto y metros, pero el alma se levanta a las alturas celestiales, planea sobre el bosque y el arroyo, se pierde en laberintos de tiempos idos, y reaparece mezclada con las formas del relieve.

Los sonidos cruzan direcciones, provienen de todos lados, pero existen sólo para quien los escucha.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pumas

 

Piedra gris, taperas silenciosas en las lomas, curvas y pendientes en el balasto que cruje al pasar la bicicleta. No apuro el pedaleo, no tengo prisa, no voy a ninguna parte… exploro, tan solo, mientras cumplo mi ejercicio. El sol recorta claroscuros en las rocas, y una sensación aguda de soledad crece en mi interior. Conocí esas emociones adolescente, por las calles llenas y vacías de Montevideo. Recuerdo que afirmaba el paso en las aceras, mientras las demás personas transitaban otro mundo, superpuesto y distante.

Mi mente se pobló de imágenes quinceañeras por un instante, pero regresé a la tarde fresca de la persistente serranía.

Lejos de toda urbe, el paisaje se hacía igualmente triste, melancólico. Casas abandonadas cuyos accesos ya fueron borrados por el pasto y el tiempo.

Piedra gris, hierba rala, chircas, montes de coronilla, y un silencio tan atroz, que el giro de la rueda sobre  pedregullo resultaba un estruendo.

Buscaba rutas nuevas, para rodear la zona de la cueva, y tratar de pasar cerca de aquella salida de una vieja mina que visité una vez.

Me detuve en el repecho y me dispuse a seguir a pie algunos metros, para estirar las piernas y aliviar el esfuerzo. Recurrí a la caramañola para saciar la sed, y me sorprendió una imagen impensada: un puma tomaba sol sobre la rocosa explanada antes de un pequeño cerro. Una grieta triangular y oscura parecía ser la madriguera, y el felino estaba tranquilo, en la actitud de una siesta tras abundante almuerzo. No pude saber el sexo, pero lo imaginé macho.

No sentí temor, sólo sorpresa. Recordé que un entendido, me contó una vez que los pumas no suelen ser agresivos con el ser humano. Él los criaba en su casa con mamadera, y una vez me permitió alzar un cachorro en brazos, para tomarme una fotografía. Pero sí me extrañó esa presencia, porque tenía entendido que ya no había pumas salvajes en Uruguay. Dudé de lo que estaba viendo, pero era cierto. No había confusión posible. Era serio, musculoso y gris, quizás con una débil coloración rojiza, y sólo había más colores en su cara. Me quedé muy quieto unos minutos para verlo, mientras pensaba qué hacer… ¿Debía denunciar lo que había descubierto? Si lo hacía, lo atraparían para encerrarlo en un zoológico, o quizá lo mataría algún cazador. Si callaba, el carnívoro león americano podría matar ovejas o terneros para alimentarse, aunque no necesariamente, porque en su dieta figuran roedores, reptiles, insectos, aves, y otros animales salvajes del campo.  Resolví no intervenir, como si jamás hubiese pasado por ese lugar.

Subí con cuidado a la bicicleta, pero el puma percibió el movimiento, y se levantó para entrar, sin mucha prisa, por la sombra recortada en el peñasco.

 

 

 

 

 

 

 

 

Amanecer

 

Había estado muchas tardes  y una noche en la cueva, pero nunca un amanecer, para contemplar al Sol cuando cobra altura entre los cerros… y antes de cerrar este ciclo, debía hacerlo.

Me levanté muy temprano, desayuné, busqué gorra, radio, y subí a la bicicleta. La luz crepuscular me dejaba ver nítido el camino y recortadas en sombras las curvas del relieve. Fui pensando muchas cosas, como la necesidad de modificar mi recorrido cuando publique estos relatos. Crucé el alambrado y dejé la bicicleta donde siempre. No había aparecido aún el Sol, y yo ya me acomodaba sobre la losa gris, que estaba fría y húmeda de rocío. El fondo del tazón de piedra estaba oscuro todavía, y el espejo de agua se confundía con la roca circundante. Ya no se veían estrellas, sino apenas Venus hacia Oriente, como una luz que presagiaba el comienzo del día.

El resplandor del Naciente aumentaba su intensidad, y resolví descender hasta el ara de piedra. Supuse que si estaba vinculado con el Sol, lo descubriría en este momento.

La claridad se hacía completa, pero desde mi punto de observación vería salir al astro rey un poco más tarde, cuando cruzase la quebrada línea del contorno de la pared.

De pronto, un rayo intenso irrumpió en el espacio elegido, y se posó sobre el altar… El contraste hizo ver marcas tapadas por el moho en esa línea. Pasé mis dedos por el resto de la mesa, y percibí al tacto huellas que parecían aludir al movimiento aparente anual del Sol en el horizonte. ¿Una especie de calendario? ¿Una guía para las estaciones o para la adoración del Sol? No lo sé. No logro ponerme en la cabeza de aquellos pretéritos observadores. Pero estoy seguro ahora que la mesa de piedra está relacionada con nuestra fuente de luz y energía.

Sólo un instante duró la magia… luego el disco completo del Sol se vio rutilante y el desnivel se llenó de luz y sombras.

¡Son largas las sombras en la mañana, aún proyectadas por objetos pequeños! Los árboles parecían despertar y la entrada de la gruta seguía muy oscura. Dudé otra vez de las coordenadas espacio temporales que me contenían en ese momento, y noté un minúsculo banco de niebla temblando sobre el pozo.

El lugar me produjo sentimientos mezclados… asombro ante la belleza natural, hacia la Creación Divina, hacia la conjugación perfecta de vida y ambiente. Cierta inseguridad o ligero temor, paz por el equilibrio permanente, curiosidad, dudas… y un disparador de mi imaginación. No muy lejos, mi ciudad, mi casa, pero me sentí más en el impersonal universo, en parte nada especial del todo, y en una reserva de entorno virgen, inalterado por el hombre.

Vi árboles, insectos, rocas, aves, cielo… pero supe que había ido más que nada a verme por dentro, a bucear en mis profundidades ignotas, a meditar, a buscarme a mí mismo.

Alrededor el árbol seguía siendo árbol y la piedra piedra. Ninguna ambición humana había transformado esa identidad del paisaje. La galería que allí comienza tuvo un tiempo de mineros y explosivos, picos y sudor, que milagrosamente, no alcanzaron a invadir ese pequeño edén.

Yo fui el intruso, pero he bañado mi alma con el néctar de  aromas y colores que ofrece la bóveda invertida. Bebí el silencio. Recargué mi cofre de preguntas… porque de eso se trata. Encontré un mojón. Ningún paisaje sería intrascendente en el futuro. Desde entonces, algo en mí ha cambiado.

Lo que no cambiará, es ese compromiso implícito del secreto…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CUEVA DE PAN DE AZÚCAR

 

Voy corriendo mi camino, calle arriba, en medio de la gente, con mi bandera al hombro y el sueño siempre vivo.

Saludo a los vecinos, alguna charla breve, y sigo porque debo llegar en hora.

Entre tantos, están los que me quieren, los que me ayudan, y los otros.

Todos forman parte de esta jungla en que me muevo, de este mundo bipolar, difícil de entender, y del atractivo desafío que percibo al despertar.

Hace años aprendí a ser quien soy, y llevo mi papel por distintos escenarios.

Sé también, que no es inútil mi esfuerzo cotidiano.

Voy cargando mi cansancio por las noches, de regreso a casa, y me apropio del deber cumplido.

Muchas cosas van conmigo… experiencias, recuerdos, los seres queridos, mis heridas, mis logros más preciados.

… Y la cueva, aquella, en un lugar ignoto entre los cerros que adornan el paisaje de mi alma.-

Va conmigo la gruta de la vieja mina, el vuelo magnánimo del buitre, la losa gris del breve descanso, el encierro de piedras y coronillas, la conciencia del secreto, el altar y la cachimba.

Va conmigo el sinuoso caminito de balasto, que me ofrece opciones mucho más acá del horizonte.

Y las tardes de aventura, solo conmigo, para conocerme mejor.

 

 

 

 

 

 

La Búsqueda                                                                                03

Estatuas de Sombra                      08

Lo Fundamental                      11

La Identidad                            14

La Permanencia Remanente                    16

El Tiempo                               18

Bueno y Malo                              21

Los Motivos                            25

La Fuga                                                                                       27

El Dinero                           29

La Libertad                                                                                      32

Los Miedos                             35

La Verdad se Construye                    38

Dos Mundos                           42

El Cariño                                45

El Camino y Yo                      47

Hace Mil Años                       49

El Amor                            52

Peor que la Muerte                       55

La Gruta (1)                            56

La Gruta (2)                            60

La Vida                              64

Migrar                               66

Camino del Jabalí                         68

Atalaya                              72

Estar Bien                               74

Otoño                                77

Sueño                                80

Cuando el Almanaque no existía            83

Pan de Azúcar                              85

Cruz del Sur                            87

Colores                              89

Sonidos                             90

Pumas                                91

Amanecer                               93

La Cueva de Pan de Azúcar                    96

 

8° Intendente Municipal. Ante la muerte de Martiniano Chiossi, asume hasta finalizar el período

Roque A. Masetti

1942 - 1945

9° Intendente Municipal. Renuncia antes de finalizar el período para postularse nuevamente a Intendente

Armando Pérez Luace

1945 - 1946

10° Intendente Municipal. Ante la renuncia de Roque Masetti, asume hasta finalizar el período

Roque A. Masetti

1946 - 1950

11° Intendente Municipal. Entre septiembre de 1946 y febrero de 1947 el cargo fue ocupado por su compañero de fórmula municipal, Gilberto Acosta Arteta.1

Ernesto F. Paravis

1950 - 1954

12° Intendente Municipal.

Consejo Departamental

1954 - 1957

Presidente: Martín S. Marzano. Vice-Presidente: Armando Pérez Luace. Titulares: Ricardo Costa, Victoriano R. Suárez, Francisco Salazar, Eduardo Becco, Juan Carlos Anfusso y Ramón Gómez Tizze.

Consejo Departamental

1957 - 1958

Ante la renuncia de Martín Marzano, Héctor Jaurena queda al frente del Consejo de Administración.

Consejo Departamental

1958 - 1962

Presidente: Francisco Salazar. Vice-Presidente: Analdo Orce. Titulares: Adalberto González, Martín F. Marzano, Roque A. Masetti y Jacinto Rodríguez.

Consejo Departamental

1962 - 1966

Presidente: Pedro Tamón (PC). Vice-Presidente: Gilberto Acosta Arteta (PC). Titulares: Celia Rossi del Alcántara (PC), Arturo Collazo (PN) y Hugo Pérez Miraglia (PN)

Gilberto Acosta Arteta

Partido Colorado

1966 - 1970

13° Intendente Municipal. Renuncia antes de finalizar el período para postularse nuevamente a Intendente

Casimiro Tejera Delgado

Partido Colorado

1970 - 1971

14° Intendente Municipal. Ante la renuncia de Gilberto Acosta Arteta, asume hasta finalizar el período

Gilberto Acosta Arteta

Partido Colorado

1971 - 1973

15° Intendente Municipal. Removido del cargo por la dictadura cívico-militar. Posteriormente encarcelado en mayo de 1974

José María Siqueira

1973 - 1976

Intendente interventor

Juan César Curutchet

1976 - 1980

Intendente interventor

Fernán Amado

1980 - 1982

Intendente interventor

Miguel Angel Aparicio

1982 - 1984

Intendente interventor

Benito Stern

Partido Colorado

1984 - 1989

16° Intendente Municipal. Renuncia antes de finalizar el período para postularse nuevamente a Intendente

Daoiz Jaurena Cuervo

Partido Colorado

1989 - 1990

17° Intendente Municipal. Ante la renuncia de Benito Stern, asume hasta finalizar el período

Domingo Burgueño

Partido Nacional

1990 - 1994

18° Intendente Municipal. Renuncia antes de finalizar el cargo para postularse nuevamente a Intendente

Francisco Mesa Borrallo

Partido Nacional

1994 - 1995

19° Intendente Municipal. Ante la renuncia de Domingo Burgueño, asume hasta finalizar el período

Domingo Burgueño

Partido Nacional

1995 - 1998

20° Intendente Municipal. Fallece en el cargo

Camilo Tortorella

Partido Nacional

1998 - 2000

21° Intendente Municipal. Ante el fallecimiento de Domingo Burgueño, asume hasta finalizar el período

Enrique Antía

Partido Nacional

2000 - 2005

22° Intendente Municipal. Renuncia antes de finalizar el cargo para postularse nuevamente a Intendente

Luis Eduardo Pereira

Partido Nacional

2005

23° Intendente Municipal. Ante la renuncia de Enrique Antía, asume hasta finalizar el período

Óscar de los Santos

Frente Amplio

2005 - 2010

24° Intendente Municipal

Gustavo Salaberry

Frente Amplio

2010

25° Intendente Municipal Ante la renuncia de Óscar de los Santos, asume hasta finalizar el período

Óscar de los Santos

Frente Amplio

2010 - 2014

26° Intendente Departamental

Susana Hernández

Frente Amplio

2014 - 2015

27° Intendente Departamental Ante la renuncia de Óscar de los Santos, asume hasta finalizar el período

2015 - 2020

28° Intendente Departamental