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PAN DE AZÚCAR CIUDAD CULTURAL Prof. Alberto Vaccaro |
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O-AZUL- 25.000°K/40.000°K Fuertes líneas de helio ionizado y metales
altamente ionizados. También presentan líneas débiles de hidrógeno.
B- AZUL-
11.000°K/25.000°K. marcadas
líneas de helio neutro (mayor intensidad en B2
y casi nulas en B9). Aumenta la intensidad de las líneas de hidrógeno
entre B7 y B9. Rigel y Vega son de este tipo.
A- AZUL/BLANCO.
7.500°K/11.000°K. Fuertes líneas de
hidrógeno, calcio ionizado y otros elementos ionizados. Débiles líneas de
helio. Pertenecen a este grupo: Sirio, Vega y Deneb.
F- BLANCO. 6.000°K/7.500°K. Las
líneas de hidrógeno, que ya bajaban en A, siguen perdiendo intensidad. Aumentan
las del calcio ionizado y metales neutros. Canopus, Procyón y Polaris son ejemplos de
este grupo.
G- BLANCO/AMARILLO.
5.000°K/6.000°K. importante cantidad de líneas fuertes
de calcio ionizado y otros metales
neutros ionizados. Son más débiles las líneas del hidrógeno. Pertenecen a este
grupo Sol y Capella.
K- NARANJA/ROJO.
3.500°K/5.000°K. Líneas fuertes de metales neutros. Máxima intensidad para
líneas H y K del calcio. Arturo y Aldebarán son de este tipo espectral.
M- ROJO. Inferiores a 3.500°K.
Numerosas líneas fuertes de metales neutros. Bandas moleculares de óxido de
titanio. Antares y Betelgeuse son dos ejemplos de este grupo.
(Fuentes:
"Guía de Campo de las estrellas y los planetas" de Menzel y Pasachoff, y "Las
Estrellas" de G. Vicino.)
Según vimos líneas atrás, las estrellas más calientes, azules, brillan
más, y las menos calientes, rojas, tienen un brillo sensiblemente inferior. Si
ubicamos un número grande de estrellas al azar, en una gráfica que las
relacione por luminosidad o Magnitud
Absoluta (M) y por tipo espectral o temperatura, es lógico que aparezcan en una
diagonal de arriba a la izquierda, abajo a la derecha.

Como se puede ver,
la mayoría de las estrellas se agrupa en la zona prevista, aunque algo sinuosa.
Esas estrellas cumplen con el principio a mayor temperatura, mayor brillo.
Nótese que en el diagrama, las estrellas más brillantes ocupan la parte alta, y
las muy calientes la parte izquierda. Entonces arriba a la izquierda, calientes
y muy luminosas; abajo a la derecha frías y poco brillantes.
No obstante,
aparecen dos grupos a primera vista “extraños”. En una zona comprendida entre
(A, +15) y (A, +10) aparecen estrellas de temperatura alta, pero de poco
brillo, y arriba a la derecha, contrariamente, estrellas relativamente frías
pero de gran luminosidad.
El primer grupo
corresponde a estrellas pequeñas, que aunque emiten mucha luz por centímetro cuadrado, es tan escasa la superficie
radiante que el brillo total es pobre. Son las enanas blancas.
El grupo del
ángulo superior derecho corresponde a estrellas gigantes, que aunque emiten
escasa luz por centímetro cuadrado, la gran superficie hace que el brillo total
sea muy importante.
El diagrama H-R, así se le llama, por Herzsprung y Russell (por sus creadores) sirve al astrónomo
para calcular el diámetro de las estrellas. Tiene además otras utilidades que
veremos más adelante.
Veamos ahora como
se clasifica a las estrellas por sus tamaños:
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ENERGÍA
DEL SOL Y LAS ESTRELLAS
¿Son
las estrellas “bolas de fuego”? La respuesta no es tan simple. Es fantástico saber
que los astrónomos, aún recibiendo sólo un débil rayo
de luz desde aquellos lejanos “soles” han podido investigar (con gran
ingenio) datos como diámetro, masa,
temperatura, edad, constitución química, distancia, movimientos, densidad...
como si los tuviera al alcance de la mano.
Las estrellas son esféricas, por lo que lo de “bola” le queda
bien. Pero no hay fuego en ellas. El fuego es el resultado (calor y luz) de una
combustión. La combustión necesita un combustible y un comburente (oxígeno). Si
el Sol o cualquier estrella tuviera el necesario
equilibrio entre combustible y comburente, la combustión sería un proceso muy
veloz que no les permitiría su gran longevidad.
En el interior de las estrellas se genera gran cantidad de
energía, pero sin fuego. Es preciso entender en qué condiciones está la materia
en esos enormes astros. Tomemos como referencia al Sol, y todo lo que en él
estudiemos, podrá aplicarse a las demás estrellas.
El Sol, cuyo diámetro es 109 veces mayor que la Tierra (el volumen
1.306.000 veces el de la Tierra) y una masa casi 330.000 veces mayor. La
densidad es una cuarta parte de la terrestre, porque las estrellas son
gaseosas.
La gran masa del Sol genera una presión gravitatoria que “empuja”
a los gases hacia el centro de la esfera. El gas, al comprimirse, genera una
presión en sentido contrario que equilibra a la primera. La densidad es mucho
mayor a medida que nos acercamos al centro, y la presión también. No debe
extrañar entonces que el núcleo solar los gases se comporten de una forma para
nosotros extraña. Como con la presión aumenta la temperatura, sabemos que el
interior del Sol está muy caliente y que la temperatura en un gas no es otra
cosa que la velocidad con que se mueven las partículas. En esas condiciones los
átomos no son estables... el interior del sol está poblado por núcleos
atómicos, especialmente de hidrógeno (H), que por su simplicidad, es el
elemento más abundante de todo el Universo. (Un átomo de H se forma con un
protón y un electrón; un núcleo de H es sólo un protón).
A esas grandes velocidades (equivalentes a una temperatura de 15
millones de grados) y con la explicación dada por el “Efecto Túnel” (G. Gamow – 1928) puede entenderse que, pese a la repulsión
electrostática o barrera de potencial de los protones, con carga positiva
(partículas de igual signo se repelen) eventualmente los núcleos de hidrógeno
chocan y se fusionan. Ya sea mediante la reacción
protón-protón, en la cual los
hidrógenos simplemente se fusionan entre sí, o mediante el ciclo del carbono, que incluye la participación de otros elementos
(como carbono) en el rol de catalizadores, cuatro núcleos de H se convierten en
un núcleo de helio (He).
Esta conversión de un elemento químico en
otro fue soñada por los alquimistas, en su búsqueda de “oro de laboratorio”.
Hoy sabemos que la única diferencia entre un elemento químico y otro es la
composición del átomo, a partir de las mismas partículas subatómicas pero en
distintas cantidades y proporciones. Crear oro necesitaría una energía sólo
concebible en las “Super Novas” (estrellas que
explotan), pero el helio se “fabrica” en el Sol a partir de 4 núcleos de
hidrógeno.
El asunto es que la suma de la masa invertida es mayor que la
masa resultante. Un hidrógeno tiene una masa de 1,0076 UMA (Unidad de Masa
Atómica). Si multiplicamos 1,0076 por 4, obtenemos 4,0304. Sin embargo, la masa
de un helio es 4,0026 UMA. Es evidente que hubo una pérdida de masa (0,0278
UMA).
¿Qué pasó con esa masa? En l905 apareció la
Teoría de la Relatividad (Albert Einstein), según la cual E=m.c2. E
es energía en ergios, m masa en
gramos y c velocidad de la luz en
cm/seg.
Quiere decir que la masa puede transformarse en
energía. Una pequeña cantidad de materia desaparece y se convierte en poderosa
energía. El fenómeno de la energía nuclear se divide en dos: fusión, y fisión. La Fisión se obtiene con la degradación de elementos
pesados y radiactivos que se dividen en elementos más livianos, y se emplea en
explosivos nucleares y motores de naves o de plantas generadoras de energía
eléctrica (generalmente se usa el uranio 235 o el plutonio). La fusión es la
transformación de núcleos livianos (que chocan y se unen) en núcleos de mayor
peso, con pérdida de masa que se transforma en energía. Se emplea en la bomba
de hidrógeno (bomba H) y se hacen esfuerzos por lograr motores de
funcionamiento continuo, ya que produce menos residuos radiactivos.

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La aseveración es muy difícil de constatar personalmente. Aunque
pasemos nuestra vida observando noche a noche las mismas estrellas,
probablemente no notaremos cambio alguno en ellas. La evolución de las
estrellas es muy lenta, se mide en miles de millones de años, y salvo la gran
coincidencia de observar la explosión de una “Super
Nova”, los puntitos luminosos de nuestro cielo parecerán permanentes,
invariables.
El estudio de la evolución estelar se hace a partir de la
observación de estrellas en diferentes etapas, enlazadas con un criterio
lógico. Existen elementos que nos permiten comparar la edad de las estrellas,
ordenarlas en una secuencia que incluye sus cambios, y establecer así todo un
ciclo desde su “nacimiento” hasta su “muerte”.
Se sabe así que las estrellas nacen de una nebulosa (enorme volumen de
gas) que se contrae por efecto de la gravedad. No está bien aclarado en todos
los casos que fenómeno motivó que la nebulosa cayera sobre sí misma para
transformarse toda, o parte de ella, en una esfera comprimida.
Una vez que la nebulosa inicia su contracción, se forma una esfera
de gran diámetro (tal vez 1 Año-Luz) todavía muy poco densa, llamada “glóbulo de Bok”.
Dentro de esa esfera, los gases se comprimen más y más hasta que se los permite la fuerza de presión
generada en su interior por la temperatura (movimiento) de las partículas.
Próximo a un equilibrio entre la gravedad y la presión interior, el objeto es
considerado una “protoestrella”.
No todos los “proyectos estelares” cristalizan. Muchas veces la
masa es muy pequeña y permanecen indefinidamente como “casi-estrella”,
categoría en la que suele colocarse al planeta Júpiter. Otras veces, la masa
demasiado grande, no permite la estabilidad requerida.
Cuando la presión y la temperatura generada en el núcleo de la protoestrella desencadenan la “fusión nuclear”, el objeto puede considerarse estrella. La radiación energética generada por el núcleo puede
tardar millones de años en llegar a la fotosfera. Primero se emitirán ondas de
radio, después infrarrojo, y por fin radiaciones visibles. En ese momento el
astrónomo podrá calificar a la estrella como tal. Observatorios infrarrojos en
órbita terrestre, han captado ya emisores en esa longitud de onda, dentro de
nebulosas.
En esta primera etapa, la estrella integra la secuencia principal
del diagrama H-R. De aquí en más, en equilibrio, transcurre su tiempo
transformando hidrógeno en helio (fusión nuclear) con pérdida de masa que va
transformándose en energía conforme a la ecuación E= m.c2 (proceso
explicado anteriormente en el artículo sobre la energía del Sol y las
estrellas) Su permanencia en la secuencia principal dependerá de la masa
inicial. Las estrellas de mayor masa realizan reacciones nucleares con mayor
“voracidad” y agotarán antes su reserva de hidrógeno, mientras que las de masa
menor transitarán la evolución muy lentamente. El Sol tiene una edad estimada
de cinco mil millones de años, y transcurrirá probablemente otro tanto hasta
que agote el hidrógeno de su interior.
De aquí en adelante nos referiremos a la evolución de una estrella
con masa no superior al doble de la masa del Sol.
Entre cinco y siete mil millones de años más adelante, el Sol
carecerá de hidrógeno para fusionar en helio. Al menguar la presión interior,
la gravedad someterá a la estrella comprimiéndola más y más. En esas
condiciones de presión y temperatura, los núcleos de helio comenzarán a
fusionarse en núcleos de carbono. Este segundo tipo de fusión nuclear (reacción triple Alfa) produce mayor
energía que el primero, lo que empuja las capas exteriores hacia fuera. Con una
envoltura grande y fría, se transformará en gigante roja. Como la gravedad “superficial” de cualquier estrella
o planeta está en proporción inversa al cuadrado del radio, el enorme Sol
ejercerá tenue atracción sobre los gases exteriores que probablemente se
alejarán, formando una nebulosa
planetaria. Mientras esa esfera de
gas “expulsado” sigue enfriándose y alejándose, quedará al descubierto un
núcleo brillante y pequeño: una “enana
blanca”. Al ser tan pequeña (posiblemente no más grande que la Tierra) la
estrella se verá a la distancia muy pálida.
En el caso del Sol, ese será posiblemente el final. Si nos fijamos
en la evolución de una estrella binaria, al llegar a esta etapa, la de mayor
masa, que envejece más rápido, es enana blanca y su compañera aún no. Podría
pasar entonces que la enana blanca “succionara” gravitacionalmente masa a la
otra componente del sistema. Cuando esa materia colisiona con la superficie de
la estrella, puede producir fusión nuclear en un fenómeno tan luminoso que la
enana blanca, casi invisible, puede verse en el cielo muy brillante. El
transitorio fenómeno se conoce como “estrella
nova” ya que en algún momento se
pensó en recién nacidas, estrellas nuevas.
En las estrellas de gran masa, superior a dos veces la masa solar,
luego de ingresar en la etapa de gigante puede seguir dilatándose hasta
convertirse en supergigante.
Allí puede producirse una gran explosión que devaste casi completamente a la
estrella, convertida en polvo residual... una nebulosa de elementos pesados.
El fenómeno de la explosión produce un brillo superlativo conocido como supernova. Tan brillante puede llegar a ser, que compita con su
galaxia. En 1987, observadores de Uruguay pudimos ver una impresionante
supernova en la “Nube Mayor de Magallanes”. Fue sobre el comienzo de las clases
de ese año, por lo que mis alumnos y yo tuvimos ocasión de disfrutar el
espectáculo que en realidad ocurrió hace más de 170.000 años, pero llegó en
diferido tras recorrer la luz una distancia mayor a 170.000 A.L..
En la explosión de una supernova, se produce energía suficiente
para fusionar núcleos pesados y crear elementos de peso atómico superior al
hierro. Es, por lo que se sabe, la única oportunidad para esos elementos, ya
que en las etapas regulares de la estrella sólo se llega al hierro. Es
asombroso pensar que el oro de nuestros anillos, la plata de una cadenita, y
numerosos elementos presentes en el cuerpo humano, tuvieron su origen en la
explosión de una supernova que posiblemente desencadenó la contracción de una
nebulosa y el nacimiento del Sistema
Solar.
Tras la supernova, parte de la estrella puede sobrevivir. En ese
caso su centro se comprimiría en extremo y colapsaría hasta convertirse en una esfera muy pequeña.
Imaginemos la masa del Sol en menos de 20 kilómetros de diámetro. Con su
materia convertida toda en neutrones o en quarks (partículas constitutivas de
los neutrones), es una estrella de
neutrones. Escasos de tamaño y de
brillo, estos objetos difícilmente pueden verse, aunque emiten ondas de radio
fuertes que sí suelen captarse. Las estrellas de neutrones rotan velozmente,
por la “conservación del momento angular” (al reducir su diámetro, la velocidad
lineal de sus partículas más externas tiende a mantenerse, ahora más cerca del
centro, lo que se traduce en mayor velocidad angular). Se estima que en
promedio giran a razón de una revolución por segundo. Desde la Tierra se
perciben “pulsos” de radioondas, lo que motivó otro nombre para estas
estrellas: púlsar.
En algunos casos, la estrella de neutrones es binaria, y al
ocurrirle lo mismo que a las enanas blancas
“novas”, emiten rayos X que pueden captarse desde telescopios especiales
para esas radiaciones, en observatorios orbitales.
Si la masa supera las 4 masas solares, el colapso gravitatorio
continúa empequeñeciendo a la estrella indefinidamente. Como fue dicho, la
gravedad superficial está en proporción inversa al cuadrado del radio. Si una
esfera mantiene su masa y reduce su radio a la mitad, aumentará su gravedad
superficial cuatro veces. Si el radio se divide por 100, la gravedad aumentará
10.000 veces. Es comprensible entonces que con 4 masas solares y pocos
kilómetros de diámetro, la estrella será capaz de atrapar su propia luz.
Pequeña y oscura, se ha transformado en un agujero
negro. Los agujeros negros no son entonces otra cosa que estrellas viejas,
extraordinariamente densas (se desconoce exactamente el estado de la materia en
colapso gravitacional) invisibles, detectables como campos gravitatorios o en
el caso de estrellas dobles, por emisiones de rayos X.
¿Hasta qué límite se colapsa la materia? La estrella puede
adquirir el tamaño de una pelota de fútbol, o una de ping-pong, o el diámetro de
la cabeza de un alfiler... o infinitamente pequeño. Pero existe otro tipo de
agujero negro de tamaño gigante, de miles de millones de kilómetros de
diámetro, con una masa equivalente a la de mil millones de estrellas. (ver Quásars)

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